ESTOCOLMO/BERLÍN.- No ayudan a todos los pacientes pero pueden salvar a personas que de otra forma apenas tendrían posibilidades: las inmunoterapias son la nueva esperanza en la lucha contra el cáncer.

"Antes había tres columnas en la terapia contra el cáncer: operación, radioterapia y quimioterapia. Ahora tenemos una cuarta columna, la inmunoterapia", resumió en una ocasión el inmunólogo estadounidense James P. Allison, que hoy fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina junto al japonés Tasuku Honjo.

Actualmente la inmunoterapia se utiliza en casos de melanomas (cáncer de piel), pero también contra algunos tumores de pulmón, riñón, vejiga o en casos de linfomas, cuando resulta afectado el sistema linfático.

Al contrario que la quimioterapia o la radioterapia, la inmunoterapia no ataca directamente el tumor. En lugar de eso, estimula el sistema inmunológico del paciente para que luche contra el cáncer.

La idea parte del siglo XIX: alrededor de 1860 el cirujano alemán Wilhelm Busch observó cómo el tumor que sufría una paciente remitía tras una infección. Décadas después, en torno a 1890, el cirujano estadounidense William Coley inyectó bacterias muertas en tumores. El tratamiento provocó fiebre y ayudó a algunos pacientes.

Pero la quimioterapia dejó en un segundo plano a la inmunoterapia hasta los años 80 del siglo XX. Actualmente se comprenden en su mayor parte los mecanismos activados con los ensayos de Coley: algunas de las sustancias de las bacterias en el tumpor pueden estimular el sistema inmunitario del cuerpo humano para que ataque el cáncer.

Los inmunólogos Honjo y Allison tuvieron una contribución fundamental para descubrir cómo se puede utilizar el complicado sistema inmunológico de forma dirigida.

De manera independiente, ambos desarrollaron en los años 90 las bases de la denominada inhibición de puntos de control inmunitarios, la inmunoterapia más desarrollada. Las células T del sistema inmune sólo atacan brevemente un tumor antes de que la reacción se debilite. Uno de los motivos de que esto ocurra es que hay frenos que actúan sobre esas células, los denominados puntos de control inmunitarios. La misión de estos es evitar una reacción inmunológica exagerada, algo de lo que se aprovechan los tumores.

La investigación

Honjo y Allison desarrollaron mecanimos para desactivar esos frenos: el japonés para el caso de la proteína PD-1, descubierta por él, y el estadounidense para la proteína CTLA-4. Esta última ya se había descubierto, pero mientras que otros investigadores se centraban en su papel en las enfermedades autoinmunes, Alllison se dedicó a la medicina contra el cáncer.

"En lugar de buscar moléculas de células tumorales a las que poder atacar, nosotros bloqueamos las proteínas que hacen de freno y control en las células T", explicó Allison en una ocasión sobre sus estudios. "De esa forma se desencadena el sistema inmunitario y se puede actuar con éxito contra distintos tipos de cáncer", añadió.

"Con ayuda de la terapia, pacientes con cáncer de piel con metástasis desarrollaron inmunidad contra el propio tumor", apuntó Hans Reimer Rodewald, del Centro Alemán de Investigación Oncológica (DKFZ, por sus siglas en alemán), con sede en Heidelberg. "Antes los pacientes morían en pocos meses, ahora algunos sobreviven cinco años o incluso más", añadió.

Uno de los puntos débiles de las inmunoterapias es que por ahora sólo se benefician una parte de los pacientes. En el caso del melanoma, con ayuda del medicamenteo Ipilimumab uno de cada cinco pacientes está estable después de 10 o 12 años, explicó el investigador Dirk Jäger. En el caso del inhibidor PD-1, el margen aumenta a casi uno de cada tres.

Nuevos estudios clínicos indican que una terapia que combine los descubrimientos de Allison y Honjo puede ser incluso más efectiva, señaló el comité Nobel. Así el porcentaje de pacientes de melanoma en los que el tratamiento surte efecto sube hasta el 40 o el 44 por ciento, aunque con fuertes efectos secundarios, como erupciones cutáneas o inflamación de hígado o pulmón. La terapia combinada también actúa mejor contra tumores de pulmón, riñón o vejiga.

El tratamiento es muy caro: el que utiliza un inhibidor de PD-1 cuesta unos 12.000 euros mensuales (casi 14.000 dólares), según Jäger. El que emplea Ipilimumab asciende incluso a 20.000 euros y uno combinado puede superar los 30.000 euros.

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