A todos siempre nos llama la atención la figura de la justicia con los ojos vendados y por supuesto que la explicación más lógica es que refleja imparcialidad. Esta concepción de justicia ciega se originó en tiempos de los faraones, quienes preocupados por la impresionante autoridad de los que colaboraban en los juicios dispusieron efectuarlos en cámaras absolutamente sombrías. De esta manera los enjuiciadores no podían ser influenciados por los prototipos de los participantes. Surgiendo así el símbolo de la mujer con los ojos vendados que sostiene en la mano izquierda la balanza, representado el equilibrio, y en la mano derecha la espada que simboliza la ley. Enunciando que la justicia debe juzgar por igual a todos y en exactitud de condiciones, que debe ser neutral sin diferir entre credo, razas, color, nivel social o posición económica.

Esta creencia de que la justicia es ciega es dudosa y opuesta a la realidad, la restringe al no poder diferenciar entre lo bueno y lo malo, entre un culpable y un inocente; su imposibilidad de discernir con precisión cómo aplicar la ley y mantener el equilibrio de la balanza, la lleva a incurrir en injusticias, a recluir en las cárceles a inocentes y a no castigar a los corruptos. Desafortunadamente a lo largo de la historia lo hemos leído y experimentado; desde condenar con simplicidad a desmedidas sentencias a personas de baja procedencia social que de haber tenido los recursos necesarios hubieran dispuesto de buenos abogados y hasta hubieran sido aplaudidos por los mismos que pedían su condena, hasta ricos tramposos que se salvaron del sufrimiento de la cárcel después de dejar varios millones en uno de los platillos de la Justicia.

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La justicia de los hombres está atiborrada de errores, favoritismos, inmoralidades y en muchos casos responde al ego. Sus artículos son frágiles y al permitir razonamientos variados facilita que existan jueces que dictaminen de forma favorable o desfavorable según qué asuntos y a quiénes, y que existan abogados que vivan justamente de las incógnitas y trampas que les permiten las vaguedades de las leyes.

La historia de las ignominias judiciales es larga: Poncio Pilatos, gobernador de Jerusalén, liberó de la cárcel a Barrabás, un convicto, malhechor y ladrón, se lavó las manos delante de Cristo y con este acto castigó al inocente, entregándoselo a los fariseos y a una multitud ávida de sangre para que lo sacrificaran; la Inquisición famosa por sus torturas y sus condenas, que de Santa no tuvo nada, más bien diabólica y que no solo tenía participantes religiosos sino funcionarios del gobierno; los jueces nazis despojaron de bienes, o de la libertad, no sólo a los judíos, sino también a periodistas, científicos y escritores, y no puedo poner ejemplos actuales porque el espacio no alcanzaría.

Espero que cada uno de nosotros en nuestro caminar no perdamos nuestra esencia, que seamos razonables con los demás, en nuestro hogar, en nuestro trabajo, en los grupos sociales, que transcendamos el egoísmo y siempre actuemos con equidad, y nunca olvidar esta frese de Víctor Hugo: “Ser bueno es fácil, lo difícil es ser justo”.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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