Luego que en la Cuba de 1948 el Circuito CMQ radiara El derecho de nacer, fruto de Félix Benjamín Caignet, la novela hizo también su nido en la televisión desde la propia fundación del medio.

El santiaguero Caignet había inventado la fórmula de madrecitas, lamentos, secretos de familia y la infelicidad de los buenos como recetas para contar historias del agrado popular, y de paso, llorar por placer.

Esas mismas fórmulas se han repetido a lo largo del tiempo en casi todas las creaciones del género emitidas en cualquier confín del mundo, desde la japonesa Oshin a la brasileña Vale Todo.

Pero en el propio ámbito radio televisivo de varios países, y en medio de tantísimas “novelitas rosas”, siempre se han abierto espacios para proyectos con presupuestos culturales más elevados.

En Cuba, por ejemplo, junto a la tradición de transmitir “novelas de amor”, se adaptan biografías por capítulos de grandes figuras y  obras de la literatura universal. Radio Progreso, emisora nacional, es líder poniendo al aire esas propuestas.

En México, a juzgar por las redes sociales, aún se recuerda aquella fiel adaptación de Los Miserables, de Víctor Hugo, realizada por Televisión Azteca entre 1973 y el 74.

Fue como un homenaje al “Cine de Oro” mexicano de los años 40 y 50, cuya notoriedad también se patentizó con la realización de joyas sobre la historia patria y grandes novelas de todos los tiempos.

En Argentina, en el mismo período, se hizo otro tanto.

Asimismo, en Estados Unidos, entre un sinnúmero de “soap operas”, la cadena ABC irrumpió en enero de 1977 con Roots: ocho capítulos a partir de un libro homónimo sobre el mandinga Kunta Kinte desde 1767, cuando fue apresado en Gambia; su vida como esclavo en Maryland y lucha personal por preservar la herencia africana entre los suyos, hasta su muerte en Virginia a los 72 años de edad.

Tanto fascinó la puesta en pantalla de costa a costa, que unos 130 millones de personas, más de la mitad poblacional del país por entonces, sintonizaron su último episodio. La cifra continúa siendo el tercer mayor índice de sintonía para miniseries en la TV estadounidense.

Hoy día es rara la ocasión que la “TV abierta” nos dé oportunidad para distraernos y cultivarnos útilmente. Tal cosa parece ser quimérica.

En materia de novelas, ya no sólo se trata de fútiles argumentos sobre héroes y villanos, con una psicología simplificada en situaciones sin términos medios, y finales felices, como hace 70 años. Ahora existe además, sobre todo en la televisión hispana, la tendencia de usar como temas a individuos o hechos, que bien debieran ser olvidados.

Precisamente, cuando la droga ha sido un flagelo con graves consecuencias sociales por doquier, y ha marcado a varios de nuestros propios países de origen como “estados fallidos”, ¿qué sentido tiene difundir culebrones sobre narcotraficantes? ¿Acaso no es en cierta forma una apología a bandoleros y homicidas?

Es de preguntarse, quién escoge y decide esos tópicos ¿Bajo qué encuestas se basan las casas productoras para ejecutar tales proyectos?

Si no fuera por el talento artístico y técnico que disfruta de cierta estabilidad económica mientras laboran en estas realizaciones, es como para demandar a muchas de sus empresas por daños y perjuicios.

En general, la televisión de entretenimiento apuesta por el mínimo denominador. Particularmente, su versión en idioma Español en este país suele considerarnos a todos como un todo. Nos brinda por igual la programación aceptada como buena por el grupo de mayoría numérica, con música y acento convoyados.

Pero, ¿cuánta culpa no hay de parte nuestra, como espectadores, al respecto?

Bastante, por enfrentar a la tele desde la modorra del sofá, tener una actitud acrítica respecto a la pobreza cultural que se nos ofrece o escoger los mismos canales o programas de siempre, sin rastrear el espectro en busca de propuestas más edificantes.

Y de cambios no hablemos. En tanto muchos se comporten como rehenes de la pantalla, con Síndrome de Estocolmo, continuaremos pagando justos por “televidentes”.

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