MIAMI.-Yo crecí odiando a un comediante. Su nombre es Ángel García, pero se hacía llamar, desde aquel entonces Antolín El Pichón, uno de los humoristas más populares de la Cuba de los 90 y de esta otra cosa que vino después.
MIAMI.-Yo crecí odiando a un comediante. Su nombre es Ángel García, pero se hacía llamar, desde aquel entonces Antolín El Pichón, uno de los humoristas más populares de la Cuba de los 90 y de esta otra cosa que vino después.
Fue, de alguna forma, el villano favorito de mi infancia, un “malo” mayor que el de todas las películas de Disney y de todos los animados soviéticos que poblaron mi niñez. Y era un villano porque, sistemáticamente, por mucho tiempo, se burló en sus espectáculos del superhéroe indiscutible de mi infancia y de mi vida: mi papá.
Todavía recuerdo la primera vez. Sabadazo, el programa de humor en el que trabajaba Antolín (un intento paupérrimo de Sábado Gigante desde una miserable azotea tropical) hizo una gira por Cuba.
Yo tenía 8 años. Estaba en Pinar del Río, una provincia del occidente, cuando el espectáculo llegó. Y en aquellos años, los hambreados mediados de los 90, la llegada de Sabadazo era como la del circo o la del carnaval: la posibilidad de olvidar por un rato los males nuestros cotidianos, la barriga vacía, la falta de esperanzas.
Allá me fui, feliz, con mis primos y mis amigos…, y regresé llorando.
En medio del show, Antolín dijo que a mi padre (un gordo buena gente que daba el parte del tiempo en un noticiero de la televisión cubana y que, meteorólogo al fin, todo el mundo conocía en esa isla especializada en huracanes) el traje le quedaba tan apretado que si se le iba un botón, se inundaría media Habana.
Todo el estadio estalló en carcajadas, incluidos mis primos y mis amigos. Todos reían. Menos mi hermana y yo.
Aquello fue solo el inicio. Los chistes fueron creciendo en tono y “malicia”. El villano Antolín bien pronto descubrió que burlarse de la gordura y la indigencia textil de mi padre hacía reír a la gente: el botón ya no solo inundaría La Habana, también rompería la cámara. O le poncharía un ojo al camarógrafo. O haría estallar la pantalla de los televisores…
Uno tras otro, se sumaron a su repertorio y fueron, por buena parte de mi niñez, el motivo más recurrente de bullying en mi escuela y de cuanta gente conocí.
Han pasado más de 20 años, mi padre murió hace 12 y yo, nunca más, después de que crecí, volví a ver programa de televisión alguno en el que estuviera el comediante. Por un chiste de la vida, DIARIO LAS AMÉRICAS, que no conocía esta anécdota, me pidió hace poco que fuera a reseñar un espectáculo que estuvo presentando en Miami.
Me afilé los dientes.
La comedia del exilio
De alguna forma, ir allí, pensé, sería volverme a encontrar con mi niñez, con mi pasado. Pero cuando llegué, me di cuenta de que yo no era el único. El restaurante donde tuvo lugar el show estaba a reventar, algo insólito a las 10:30 de la noche de un día de entresemana en este “pueblo” llamado Miami.
El comediante salió, hizo su show, contó sus chistes, cantó y la gente río, bebió y aplaudió hasta entrada la madrugada.
Después de muchos años, estar allí me ayudó a entender al villano de niñez. Cuando se le ve de cerca, cuando asistes a su espectáculo, lo primero que constatas es que el comediante no interpreta a un personaje, porque su personaje es él mismo, con la misma naturalidad y complejos de cualquier hombre de campo.
Al final nos engaña, se hace pasar por otro, por un guajiro que se llama Antolín, para que el otro guajiro, el verdadero, Ángel García, oriundo de un pueblo llamado Manacas (pero que bien pudiera ser Macondo) nos haga ver y reír, desde la visión ingenua y mordaz del campesino, de nuestra ridiculez cotidiana, de la pose y la doble moral que también se oculta en eso que llaman “cubanidad”.
Y, también, porque estar allí, escucharlo, reír con él, fue la posibilidad de conectar con un canal invisible y raigal de la identidad: el del humor nacional, esa forma única en que lo cubano se vuelve picaresca y choteo y nos pone a reírnos de nosotros mismos, de nuestras estupideces, de nuestros papelazos cotidianos… de eso, de nuestra cotidianidad.
En sus chistes, se nota que Cuba le duele, pero no aprovecha, como es oportuna tradición entre sus colegas de este lado, el filón político que separa a la nación entre los de allá y los de acá.
Él ha encontrado una veta más “inocente”, inteligente y, a la vez, destructiva: hacer humor con los desastres, las inequidades y las tonterías que el castrismo nos legó. Ese es, tal vez, el mayor logro de Antolín como humorista. Y ha sido tan sutil, tan genial, tan poco evidente, que ni los laboriosos censores cubanos pudieron notarlo.
Porque cuando el guajiro habla y cuenta en tono de chiste las pobrezas de Manacas y de su gente o sus historias delirantes como hombre de campo para acoplarse a la vida de ciudad, nos está poniendo cara a cara con la más cruda realidad de la Cuba rural: la de una población campesina que vive al borde del tiempo y de la miseria, olvidados, ninguneados, por un sistema que prometió darles una vida mejor y que, casi 60 años de desgracia después, los ha devuelto a una pobreza igual o peor a la que tenían cuando aquella cosa comenzó.
Pensé en esto durante el show y fue entonces cuando comprendí todo. Entendí por qué la gente estaba allí, a esa hora. También por qué yo, más allá de lo evidente, estaba allí.
Probablemente, los que estuvimos en el restaurante Mojitos aquella noche, no fuimos solo por el comediante, sino por lo que él representa: ese vínculo con lo que perdimos, con lo que no pudimos traer, con esas memorias y esos recelos que quedan ahí, insatisfechos, en algún lugar secreto del cerebro. O del corazón.
Si durante dos décadas su humor fue, en Cuba, una balsa para escapar por un rato de las marejadas de aquella tormenta insular, aquí, en el exilio, ha sido su reverso: un puente de regreso hacia lo que se dejó, hacia las nostalgias que quedaron del otro lado del mar, al pasado que abrió en dos tajos el Estrecho de la Florida.
