“Empecé a encontrar mi lenguaje cuando entendí que podía mezclar la intensidad de mi historia personal con un imaginario propio de animales, figuras humanas y símbolos que se repiten como un alfabeto íntimo”, explica.
Y añadió: "Fue el momento en que dejé de copiar influencias externas y comenzé a escuchar aquello que regresaba una y otra vez al lienzo".
El rojo, como mencionamos antes, ocupa un lugar central en su obra. No es solo una elección cromática, sino una postura emocional y conceptual.
“Es color, emoción y declaración”, afirma. "Es la energía de la vida y la violencia, la pasión y la alerta. Funciona como un fondo de tensión constante, como si cada escena ocurriera bajo una luz de emergencia permanente". Ese color rojo condiciona la lectura de la imagen y sitúa al espectador en un estado de alerta sensible.
Las figuras que habitan sus cuadros parecen suspendidas entre lo real y lo onírico. El pintor reclama que "nacen de recuerdos fragmentados, de animales observados en la infancia, de la imaginería religiosa y del teatro cotidiano de la calle cubana. A todo ello se suma la fantasía que aparece cuando se vive lejos [del país de nacimiento] y la memoria comienza a deformar la realidad", asegura.
Guerrero observa el comportamiento humano, sus gestos y contradicciones, y los traduce en cuerpos, máscaras y criaturas híbridas que funcionan como espejos simbólicos.
Luego enfatiza: "El simbolismo es el eje de mi proceso creativo. Cada caballo, perro, barco, máscara o flor actúa como un signo con múltiples capas de lectura. No hay elementos decorativos ni significados cerrados".
El artista busca que una imagen contenga, al mismo tiempo, una carga inquietante. "Me interesa que el espectador pueda leer varias narrativas en una misma escena", señaló.
Cuba atraviesa su obra como un trasfondo emocional más que como una referencia literal. "Está en la intensidad del color, en la teatralidad de las composiciones y en la mezcla de humor y tragedia que recorre mis piezas. Más que pintar paisajes reconocibles, trabajo con la sensación de insularidad [aislamiento], de partida y de nostalgia que se filtra en personajes y atmósferas", reflexiona.
El exilio, lejos de debilitar esa relación, la intensifica. “Agudiza la mirada del artista”, asegura, "porque lo obliga a verse como de otra parte, incluso cuando se intenta integrar. La memoria, la pérdida y la reinvención se vuelven esenciales y terminan reflejándose inevitablemente en la obra", añade.
Aunque no siempre sean explícitos, elementos profundamente cubanos siguen apareciendo en sus cuadros: "La música, el sentido del humor, la religiosidad popular y la capacidad de sobrevivir entre carencias. También persiste un clima emocional tropical, una luz intensa y esa sensación ambigua de fiesta y peligro que, muchas veces, coexisten en una misma escena", explica.
El proceso creativo de Guerrero suele comenzar desde una emoción. Una inquietud sin forma que, poco a poco, se convierte en imagen. En ocasiones, una figura o un animal aparece primero en un dibujo rápido y funciona como detonante para construir todo un universo visual. "Empiezo desde el impulso, pero a medida que la obra avanza entra en juego la planificación. Es un diálogo constante entre intuición y control”, explica, sin permitir que uno anule por completo al otro.
El artista asegura que disfruta especialmente el momento inicial del proceso, "cuando el lienzo se llena de rojo y las formas comienzan a aparecer casi sin pensar. Pero más incómoda es la fase final, cuando cada decisión es mínima pero crucial, y cualquier gesto de más puede matar la frescura de la pieza. Es el punto en que el cuadro respira solo y guarda sus secretos", medita.
Guerrero asegura que se permite destruir, tapar o abandonar obras que siente "vacías o resueltas de manera superficial".
"Algunas piezas", dice, "necesitan convertirse en el fondo de otras, y ese sacrificio forma parte natural del proceso", manifesta.
Frente al mercado del arte, el artista expone "intento mantener un núcleo de absoluta libertad en el estudio, donde pinto lo que necesito decir. Escucho la demanda, pero no permito que dicte el origen de las ideas ni la dirección profunda de mi obra", subraya.
Aunque reconoce la presión de repetir aquello que funciona, prefiere transformar esa expectativa en una oportunidad para profundizar y no repetirse.
Sobre el arte cubano contemporáneo, el pintor considera que ha ganado visibilidad internacional, pero que todavía "se lee muchas veces desde clichés de exotismo, política o nostalgia. Falta una comprensión más amplia de su diversidad y de aquellas propuestas que se alejan de los discursos esperados", afirma.
Para Guerrero, el arte cumple una doble función: "Me salva porque me permite procesar conflicto y memoria, pero al mismo tiempo me expone porque todo queda visible ante otros. Pintar es una forma de protección que implica, paradójicamente, desnudarse".
También aseguró "evito el panfleto directo, tanto político como sentimental, y las imágenes que se apoyan solo en la moda del momento".
Algunas de sus obras más dolorosas, relacionadas con la pérdida, el exilio y la fe, han sido también las más potentes, cargadas de una dimensión de duelo y reparación.
En la actualidad, el artista se siente en una etapa de “madurez inquieta” y asegura "conozco mejor sus recursos, pero no quiero perder la capacidad de sorprenderme con lo que aparece en el lienzo", resume.
Para concluir, el pintor desea que "el espectador salga con más preguntas que respuestas y con la sensación de haber sido mirado por el cuadro", que "quien se detenga frente a uno de mis cuadros sienta primero una atracción estética intensa y, luego, una incomodidad suave, como si hubiera entrado en una historia a medio contar".
Aspira a que su obra siga dialogando con nuevas generaciones y sea recordada como honesta con su tiempo y con su origen. Para el artista, "seguir creando es insistir en que la imagen pueda decir lo que las palabras no alcanzan (expresar). Es una forma de resistencia íntima y de fe. Mientras pueda pintar, siento que sigo construyendo sentido en medio del caos".