MIAMI.- La noche del pasado sábado en la que Oniel Ernesto Columbie Campó, conocido popularmente como Bebeshito, llenó el Kaseya Center de Miami fue, para muchos de sus seguidores, la consagración de un artista que ha sabido abrirse paso desde las plataformas digitales hasta los grandes escenarios, desde la crudeza de una calle habanera marcada por la marginalidad hasta el resplandor imponente de un escenario que ha visto brillar a las estrellas más grandes en la Capital del Sol. Con un despliegue de luces, coreografías milimétricas y un repertorio que mezcla lo urbano con toques de balada y sonoridades caribeñas, el joven cantante demostró que sin dudas domina el lenguaje del espectáculo contemporáneo.
Pero el eco de la ovación no tardó en mezclarse con la polémica. En redes sociales, unos se conformaron con coronarlo como “el más duro del momento”; otros, en cambio, decidieron saltar sin paracaídas, como Roberto Ferrante, CEO de la discográfica Planet Records y manager del cantante, quien aseguró: “Tú eres el artista cubano más grande de todos los tiempos: más que Benny Moré, más que Celia Cruz, el más grande del presente y del pasado”. Una declaración que, para los cubanos con un amplio acervo musical y cultural —y para buena parte de la música latina—, no pasa inadvertida, ni se digiere sin un buen bolero de fondo.
Celia y Benny no solo fueron estrellas consagradas internacionalmente; se convirtieron en verdaderas instituciones culturales. La Reina de la Salsa y el Bárbaro del Ritmo definieron épocas, moldearon géneros y dejaron huellas que trascienden el tiempo. Comparar a un talento emergente —seguido, en la mayoría de los casos, y sin generalizar, por personas que rara vez han escuchado una canción de estos grandes músicos— es, en el mejor de los casos, un ejercicio de provocación; en el peor, una falta de perspectiva histórica o, quizás, una estrategia de marketing destinada a agitar la taquilla, calentar motores y asegurarse de que, cuando llegue la próxima gira, nadie se quede sin hacer fila para comprar su entrada.
Abrir esta caja de Pandora no es para quitarle mérito a Bebeshito ni para denigrar su trabajo. En un mercado musical tan competitivo donde la atención es más fugaz que un “swipe” y las modas se viralizan y mueren en un parpadeo, llenar un recinto como el Kaseya no es poca cosa: es un golazo que pocos logran celebrar. Que a muchos no nos cuadre su postura política sobre Cuba o su estilo musical no lo convierte en un fenómeno menor; al contrario, sus letras conectan con una generación que vive en otra frecuencia, y su imagen vende autenticidad a punta de clicks y likes. Eso no solo está bien, es el nuevo juego del éxito: que guste o no, hay que respetarlo o al menos fingir que sí, porque en una fiesta, la gran mayoría bailamos “Tacto que llegó el reparto” o “Marca Mandarina” con la misma energía con la que movemos los pies cuando suena “La vida es un carnaval”.
Sin embargo, medir la grandeza de un artista no puede limitarse al número de visualizaciones o a la magnitud de un concierto. Celia Cruz y Benny Moré construyeron su legado a lo largo de décadas, en tiempos sin redes sociales ni la inmediatez que hoy convierte en tendencia a un nombre en cuestión de horas.
La Guarachera de Cuba, con su voz inconfundible y energía arrolladora, se convirtió no solo en un símbolo musical sino en referente del verdadero exilio cubano. Tras abandonar Cuba en 1960, jamás regresó a su tierra natal, convirtiéndose en una figura emblemática de la diáspora que llevó la música cubana y latina a escenarios de todo el mundo, rompiendo barreras culturales y raciales. Su carrera estuvo marcada por la resiliencia y la pasión, y sus himnos siguen resonando en cada rincón donde se celebra la música tropical.
Por su parte, El Sonero Mayor fue un virtuoso del son, la guaracha y el mambo, un intérprete capaz de transmitir con su voz y estilo la esencia misma de la Mayor de las Antillas. Su legado trasciende la música: es un símbolo de identidad, un artista que supo combinar talento, pasión y autenticidad para dejar una marca imborrable en el pentagrama cubano, sin importar la época.
Ambos no solo moldearon géneros, sino que se convirtieron en referentes culturales que han inspirado generaciones enteras, y cuya influencia, a pesar de las modas pasajeras, seguirá viva en la música, el baile y el sentir de un pueblo.
Bebeshito, por su parte, podría, con el tiempo, seguir escribiendo su propia página dorada. Pero el respeto a la memoria cultural exige evitar comparaciones simplistas que, lejos de elevar, distorsionan. Reconocer su talento no implica despojar a otros de su corona.
Y es que en el arte, las generaciones no compiten: dialogan. Quizás la verdadera grandeza de Bebeshito no esté en superar a Celia o a Benny, sino en aprender de ellos para intentar construir un legado que, aunque jamás igualará a estos íconos, tal vez pueda acercarse. Después de todo, el público que lo sigue pertenece a otro universo, con oídos poco habituados a las complejidades de la buena música.