MADRID.- Miguel Poveda (Badalona, 1973) celebra sus treinta años de andadura musical con El tiempo pasa volando, un lanzamiento doble que llega este 30 de noviembre con un disco de cante flamenco tradicional y otro con versiones de clásicos de Bambino, Los Chichos, Manzanita, Lole y Manuel o El Pescaílla.

Ambos álbumes sirven, asimismo, para cerrar la trilogía iniciada el pasado mes de mayo con EnLorquecido: "Esa era una aventura arriesgada pero también una necesidad vital. Cantar a Federico García Lorca desde mi propia óptica y con esos sonidos que venían de mi padre, de Pink Floyd, Supertramp o Alan Parson", apunta el cantaor a Europa Press.

Tras ese primer capítulo, llega ahora el "lado opuesto", el de su madre, que en casa "ponía otro tipo de discos, "que si Bambino, Lole y Manuel, Chiquetete o Los Chicos", sin olvidarse en absoluto del "cante tradicional" por ser su "núcleo musical" y su "motor".

Concede Miguel Poveda que entre todas las influencias que menciona puede haber un "abismo", pero resalta que él creció "en esa diversidad". "He trasteado con los discos de los Beatles y los de Bambino y esas influencias están ahí finalmente en estos tres álbumes", asegura.

Y aún añade con orgullo y la inevitable nostalgia: "Al final, ese juego con discos maravillosos de vinilo que todavía conservo ha servido para algo y esta trilogía es el resultado de esa crianza musical. Crecí sin prejuicios, del flamenco más clásico, la copla y la rumba a la música experimental de Mike Oldfield o Pink Floyd. Boney M incluso. De toda esa música disfrutaba en mi niñez".

EL TIEMPO PASA VOLANDO

"Todo esto está reflejado en El tiempo pasa volando", destaca, para luego confesar que es "como un retroceso y volver al punto cero, donde empieza el primer gusanillo de la música", con sus "primeros ídolos" o su "juguete" favorito: su radiocasete.

Por eso, reflexiona a continuación: "Es volver al punto de partida y hacer un poco de balance, porque hay que tomar conciencia de que el tiempo no se recupera, sino que hay que amarrarlo. Cuando eres joven no le tienes respeto al paso del tiempo".

"Ahora que se cumplen treinta años y es un número que da cierto respeto, dices 'a partir de ahora voy a intentar disfrutar y aprender y sacarle el máximo partido al reloj, a las horas, a los días'. Sacar el máximo jugo para seguir aprendiendo y para tu familia, tus amigos, tu profesión", remarca.

EL ESCENARIO COMO NECESIDAD

Echando la vista atrás, insiste en que la diversidad fue para él "muy enriquecedora", tanto con los discos que escuchaba en casa por los gustos alejados de sus padres, como cuando empezó en una escuela de música que era en realidad "una fábrica de ideas con una convivencia de músicos de todas las disciplinas".

"Yo no pensaba en si tenía futuro o no, sabía que tenía que hacerlo porque subir a un escenario a cantar era una necesidad vital", recuerda tajante aunque sin perder la sonrisa sobre sus inicios musicales. "De pequeño ya jugábamos en la asociación del barrio a hacer playbacks. Esa cosa de subirme al escenario ya la tenía pero quería hacerlo con mi propia voz", apunta.

Prosigue buceando en sus sus recuerdos y sigue confesándose sonriendo cada vez un poquito más mientras habla: "Lo necesitaba porque era una llamada que tenía, pero no pensaba en si iba a llegar o no. Soñaba, por supuesto. Con quince años tenía muchos pajaritos en la cabeza y me imaginaba que era Frank Sinatra, un artista importante, a eso jugaba yo mentalmente".

"A medida que fue pasando el tiempo fue adquiriendo un compromiso ya firme y de tomar la decisión de dedicarme a esto. Que me costó un tiempo, porque primero tenía mi trabajo en la fábrica, en la construcción, la mili... Hasta que ya pude dedicarme a esto", sentencia lógicamente satisfecho.

Aunque su primera actuación tuvo lugar en 1988 con 15 años, fue en 1993 cuando cruzó su personal rubicón al llevarse la Lámpara Minera -y otros tres galardones- en el prestigioso Festival Nacional de Cante de Las Minas. "Tuvo mucha repercusión, se volcaron conmigo y así arranco todo de un modo más intenso", indica.

Desde entonces, la lista de premios recibidos se ha hecho prácticamente interminable, algo que siempre agradece el cantaor: "Uno que está metido en tantas cosas y obsesionado con su vocación, con cantar y mejorar, que cuando te dan un premio por algo es una palmadita en la espalda de aliento. Un reconocimiento a tu esfuerzo. Siempre han sido una motivación y los guardo con todo el cariño".

También es inabarcable la lista de colaboraciones a lo largo de estos treinta años, algo que achaca de nuevo a la falta de prejuicios. "He colaborado con casi todo el que me ha llamado. Yo he llamado menos, pero al que he llamado también ha venido con mucho cariño", asegura.

"Eso para mi ha sido muy enriquecedor porque me he nutrido de otra gente de otras disciplinas, de otras formas de hacer y de afrontar la música en general. Es sumar y compartir. Uno de los regalos más bonitos de esta profesión ha sido poder compartir con otros compañeros", reflexiona.

ROSALÍA Y KETAMA

Admite un tanto a regañadientes que él ha podido abrir la puerta del flamenco a una parte del gran público, "quizás a través de las colaboraciones con otros artistas" porque eso "crea afición" en genete diferente. Pero puntualiza que "eso lo hacen muchos artistas del flamenco, que van creando afición porque son inquietos y se meten en muchos berenjenales".

Entre esos artistas que llevan el flamenco a nuevos públicos destaca en el momento actual Rosalía, a la que define como "una artista como la copa de un pino" con "una fuerza escénica impresionante, un carisma y una belleza interior que transmite". "Es muy joven todavía, pero con esa juventud tiene una fuerza impresionante y nadie le ha regalado nada", apostilla.

Esta labor de difusión también la realizaron Ketama en los años ochenta y noventa del siglo pasado, y ahora que han anunciado su regreso, plantea Poveda que el trío "marcó una época preciosa". "Es maravilloso volver a escuchar a Ketama, les he escuchado desde siempre", asegura.

CELEBRACIÓN EN EL TEATRO REAL

Una semana después del lanzamiento de El tiempo pasa volando, el barcelonés tiene una cita muy especial el 7 de diciembre en el Teatro Real de Madrid, donde recogerá "ese ramillete de canciones" que él "escuchaba de pequeño".

"Será abrir un poco la ventana de mis recuerdos, de mi habitación donde yo jugaba y trasteaba con las cintas de casete", indica, para luego continuar: "Y habrá parte de cante flamenco, que es mi música de partida. También un recorrido por la poesía que he cantado tantas veces, sobre todo a Federico García Lorca, y la canción andaluza, la copla".

Por último, insiste en la idea de que estos treinta años se le han pasado casi sin darse cuenta y afirma de cara al futuro que "siempre hay que tener sueños, si no esto sería muy aburrido". "Quiero todavía hacer muchas cosas, tengo la necesidad de volver a cantar fuera de España, que hubo un tiempo en que lo hice mucho. Sueño con cantar mucho más fuera y con muchas más cosas. Con mantenerme siempre así", remata entre risas.

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