MIAMI.- En la vida de Claudia Font la música no fue un accidente: fue una decisión temprana, casi doméstica, nacida en un hogar donde la disciplina y el arte eran la norma. "Todo comenzó con mi mamá… a las pocas clases de ballet me cambió a música. Tenía cuatro años y desde ese momento la música siempre ha estado presente en mi vida", recuerda. Ese giro mínimo, de un salón de danza a un salón de conjunto, definió el trayecto de una violinista que hoy dirige orquestas, forma jóvenes y se consolida como una de las voces más claras del movimiento sinfónico latinoamericano en el exterior.
La vocación tomó cuerpo en el Conservatorio de Música Simón Bolívar, en Caracas. A los 15 años, Font entendió que no quería hacer otra cosa que tocar violín. El entorno —amigos ya inmersos en la Universidad Experimental de las Artes, maestros exigentes y un ecosistema orquestal vibrante— le dio dirección y ambición: profesionalizarse. “Mi mamá siempre me recordaba lo importante de tener un título. Hoy le doy las gracias; el trabajo que tengo no lo tendría sin esa base”, dice.
Su bautismo de fuego fue la Orquesta Sinfónica Juvenil Teresa Carreño, una de las más potentes del país. Ahí viajaba, tocaba cada semana y aprendía en escenario grande, con batutas como Gustavo Dudamel, Christian Vásquez y Sir Simon Rattle marcándole el pulso de un oficio real. Más tarde, tras audicionar, ingresó a la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas, ya como profesional de tiempo completo.
Ese tránsito —de juvenil a profesional— abrió otra puerta: la música de cámara. En formatos pequeños ganó seguridad y protagonismo, exploró repertorios con amigos y maestros y cultivó una escucha milimétrica que hoy es parte de su sello en el podio. “Ahí gané confianza para asumir roles más protagónicos”, admite. La tercera estación llegó casi a contramano: la docencia. “Le huí por mucho tiempo. No pensé que sería buena maestra”, confiesa. Sin embargo, en los últimos cinco años la enseñanza pasó de resistencia a convicción. Entendió la cadena de transmisión del conocimiento —de maestro a alumno y de ese alumno a los siguientes— como el centro de su responsabilidad artística.
Ese entendimiento la encuentra hoy en Texas, donde en 2024 asumió como directora de orquesta en International Leadership of Texas, Windmill Lakes – Orem High School. Antes, entre 2022 y 2024, fue directora musical y profesora de violín en Monart School of Art, en Pearland, y simultáneamente instructora en Camp Jam de la Living Word Lutheran Church durante 2023 y 2024. La ruta docente se remonta a Caracas, cuando integró el cuerpo académico del Conservatorio Juan José Landaeta entre 2016 y 2017. En todos estos espacios trabajó con la misma idea: convertir técnica en pedagogía y biografía en inspiración, acercar a sus estudiantes a estándares altos sin perder el sentido humano del proceso.
Font se define alegre y positiva, con una apuesta clara por el trabajo en equipo. También reconoce un trayecto personal que la volvió empática con los procesos de los demás: durante años evitó los solos, peleó con el pánico escénico y aprendió a superarlo. “Ahora soy más extrovertida, pero siempre poniendo la música primero. Si yo no la estoy pasando bien, no tiene sentido.” En escena esa filosofía se traduce en un liderazgo que escucha, corrige sin estridencias y ordena desde el conocimiento; en el aula, en objetivos medibles de afinación, ritmo y lectura al servicio de una meta mayor: que cada estudiante encuentre su voz dentro del conjunto.
Nombrarla baluarte de la música clásica latinoamericana no es una etiqueta grandilocuente sino una práctica diaria. En su selección de repertorios conviven los pilares del canon y las obras de compositoras y compositores de la región; en sus ensayos se respira la ética de trabajo heredada del sistema orquestal latinoamericano: acceso, intensidad y comunidad; en su gestión hay un puente real entre las instituciones que la formaron en Caracas y los programas que hoy lidera en Estados Unidos. Ese puente no sólo desplaza a una artista: moviliza un modo de entender la música como servicio público, como memoria compartida y como futuro.
Lo que viene para Font se escribe con esa mezcla de rigor y cercanía. En el podio seguirá apostando por programas que entusiasmen y reten a sus músicos, procesos de ensayo que funcionan como pequeñas clases magistrales y conciertos que explican, invitan y celebran. En el aula, continuará afianzando la cadena de transmisión que la trajo hasta aquí. Cuando le preguntan por su rasgo diferenciador, responde sin grandilocuencias: adaptabilidad al servicio del equipo. Ahí hay una clave de su crecimiento y, quizá, la razón por la que su nombre empieza a resonar más allá de las salas donde trabaja. De la niña que cambió el ballet por el violín a la directora que impulsa programas orquestales y siembra relevo, su historia confirma algo esencial: la música no es un destino, es un trabajo cotidiano. Font lo asume con alegría y disciplina, y en ese cruce —técnica, carácter y comunidad— su batuta ya es referencia: un faro latinoamericano que crece desde las raíces.