MIAMI.- Mientras la revista Playboy servía como ejemplo de lo que el aparato de propaganda del régimen calificaba como contenido plagado de “diversionismo ideológico” en la Cuba de los años sesenta, Fidel Castro daba una larga entrevista a esta publicación de entretenimiento para hombres y sentaba las bases de mitos y chismes que se extenderían por varios años.

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El libro, del historiador y ensayista Abel Sierra Madero, es la reciente propuesta de la Editorial Hypermedia, y se basa en una interesante investigación de un aspecto que muchos no conocíamos: la figura del dictador dentro del imaginario popular estadounidense de la Guerra Fría. Fue presentado este sábado en la librería Books & Books por Carlos Alberto Montaner, a sala llena.

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Carlos Alberto Montaner junto al autor del libro durante la presentación, este sábado 6 de julio en Books & Books.
Carlos Alberto Montaner junto al autor del libro durante la presentación, este sábado 6 de julio en Books & Books.

En una agradable charla, el autor explicó a DIARIO LAS AMÉRICAS que “nadie quiere saber de Castro y piensan que lo mejor es silenciarlo. Me parece válido y una estrategia a tener en cuenta. Por otro [lado], eso tiene un contradiscurso”, y es justamente lo que ha hecho el autor, “ubicarse en el punto ciego de la historia” y mostrar una faceta poco conocida del dictador, “una narrativa que no estuviera posicionada en lugares comunes”.

La idea de hacer esta investigación nació de la entrevista que Lee Lockwood le realizó al gobernante, titulada “Castro’s Cuba, Cuba’s Fidel”, y que Playboy había publicado parcialmente en 1967. Abre el libro una frase inmejorable para describir la forma en que el autor aborda su investigación: “El pasado se ha vuelto mucho más impredecible que el futuro”, de Svetlana Boym, idea que alude al desmontaje de la Historia y a la conciencia de que el pasado tiene muchas capas, donde se combinan realidades y mitos colectivos.

“Durante dos años estuve recolectando materiales de eBay y participando en subastas. Lo más difícil fue el storytelling, cómo iba a encajar todo ese archivo dentro de una narrativa que tributara al argumento y a la propia idea del libro”, aseveró Sierra Madero, que armó el libro a medida que juntaba referencias y documentos y que al mismo tiempo hacía un doctorado en New York University.

Pero aunque la investigación fue tediosa, matizó: “Fue reconfortante, porque aprendí mucho sobre el tema del archivo para tratar de presentarle al lector algo nuevo, no algo reciclado”. Conviven en esta suerte de radiografía mediática de un monstruo, el rigor investigativo y el disfrute literario, acentuado en la manera de contar esas historias poco conocidas que rodearon al dictador cubano.

“Es un proyecto atípico desde el punto de vista metodológico, porque no tenía un archivo previo. El archivo y la escritura fueron construyéndose de modo paralelo, y luego comenzó a crecer el proyecto y a establecerse una curaduría de ideas y de imágenes”, apuntó el ensayista, también autor de La nación sexuada (2002) y Del otro lado del espejo (2006).

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El ensayista e historiador cubano Abel Sierra Madero.
El ensayista e historiador cubano Abel Sierra Madero.

Fidel Castro se esforzó para construir una imagen triunfante y mítica de sí mismo. Ayudaron, en buena parte, su megalomanía y -hay que admitirlo- un amor propio que le daba seguridad ante el mundo. Y en el Estados Unidos de la posguerra logró crearse una imagen idílico-sexual que, como refleja el autor en su estudio, quedó grabada en numerosos números de revistas de entretenimiento para hombres.

En abril del 59, a partir de una invitación hecha por la Asociación de Editores de Periódicos (AANE por sus siglas en inglés) el gobernante visitó EEUU y dijo a los medios “lo que los estadounidenses querían oír: que no era comunista, que habría elecciones en la isla cuanto antes (aunque no dio fecha alguna), que garantizaría todas las libertades, comenzando por la de expresión, y que no exportaría la revolución”.

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Como apunta el autor, el papel de la prensa estadounidense fue determinante para que la popularidad y el mito de este “personaje de la Guerra Fría” crecieran. Una prensa que lo idealizó, mientras él ofrecía un discurso a tono con sus intereses.

“Fidel administró muy bien su imagen dentro y fuera de Cuba. Dentro de Cuba él portaba una imagen de político mesurado que trataba de desmontar a los ojos de los periodistas internacionales su figura como un burdo dictador, que es lo que fue. Al final lo que hizo fue concentrar el poder, eliminar enemigos políticos, secuestrar a la prensa, encarcelar al que pensaba diferente. Pero todo eso parecía no importar dentro de círculos intelectuales y culturales del hemisferio occidental”, afirmó el ensayista, Premio Casa de las Américas (Cuba, 2006).

Sin dudas utilizó la prensa para su estrategia propagandística. Mientras que en la Cuba de los años sesenta, la revista Playboy (creada en 1953) se consideraba “pornográfica y se usó para representar la decadencia e inmoralidad del imperio estadounidense”, según explica el autor, el egocéntrico gobernante le concedía entrevistas a menudo. “Si Hefner había creado un Disneyland del sexo, Fidel Castro creó un Castroland, con toda la idea de un parque temático, en lo que convirtió a Cuba. Comenzó a llenar a Cuba de la imaginería revolucionaria”, enfatizó el historiador durante la presentación.

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Portada de la revista Confidential, edición de 1963, cedida por el autor.
Portada de la revista Confidential, edición de 1963, cedida por el autor.

“La fascinación era tan poderosa que todo lo demás pasaba a un segundo plano. Es como la ideología de izquierda, que es el amor a la humanidad, pero en lo abstracto, nunca al sujeto en concreto. Si haces un rastreo de toda esa teleología comunista, te das cuenta de que es el amor en abstracto, que termina violentando y vulnerando al individuo y vaciando de contenido a la ciudadanía y al ciudadano, que fue lo que pasó en Cuba”, acotó. “El ejercicio de la ciudadanía se circunscribe a reproducir el sistema y a obedecer las órdenes del sistema. La ciudadanía se constituyó sobre la base de la simulación, de llenar la Plaza de la Revolución para no buscarse problemas, y tratar de sobrevivir dentro del sistema”, agregó.

Coincido con Montaner cuando dijo en la presentación que se trata de un libro “sorprendente”. Es una interesante lectura, incluso para quienes creen estar “saturados del personaje”, como me ha dicho un amigo. Se trata de un segmento importante de su trayectoria que define muy bien su megalomanía y estrategias de comunicación dentro del discurso revolucionario, además de mostrar su poder de penetración -y uso esta palabra con todo el doble sentido que se le pueda leer- en la sociedad estadounidense de las décadas de los sesenta y setenta.

Abel Sierra lo dijo mejor cuando definió su trabajo como “el fragmento de una historia”, la cual “contrasta profundamente con la imagen gloriosa de aquel comandante que entró en La Habana en enero de 1959 como un dios, y que murió como un pobre mortal, apartado del poder y despojado de la mística que construyó”.

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