MIAMI.-LUIS LEONEL LEÓN
@luisleonelleon

Aventuras y desventuras del señor Mostaza, es el título tentativo de la obra con que Abel Fernández-Larrea (La Habana, 1978) ganó el Premio Novelas de Gaveta Franz Kafka 2016, certamen que desde hace algunos años la biblioteca Libri Prohibiti de Praga, en la República Checa, dedica exclusivamente a escritores cubanos que residen en la isla. En este caso, Fernández-Larrea envió su novela al concurso mientras residía en La Habana, y para sorpresa suya acaba de recibir la noticia del premio en Miami, su nuevo lugar en el mundo.

“La novela la envié antes de venir para acá. Cuando lo hice, no tenía idea de cuánto tiempo más estaría en Cuba. Incluso luego olvidé que la había enviado. Cosas que pasan”, declaró a DIARIO LAS AMÉRICAS.

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Un premio contra la censura

Vale destacar que la institución que otorga el premio, la famosa y sui géneris Libri Prohibiti, es la mayor biblioteca del mundo dedicada al samizdat (como se le llamaba a la publicación y distribución clandestina de libros, revistas y panfletos para evitar la censura soviética y de otros regímenes comunistas del Bloque del Este durante la Guerra Fría). Gracias a esta práctica, por la que no pocos escritores disidentes fueron condenados, se pudieron leer en su momento, pasando de mano en mano, grandes novelas como El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov o los ensayos de El poder de los sin poder de Václav Havel.

Fundada hace 26 años, Libri Prohibiti ha ido recopilando materiales y creciendo de forma impresionante. Hoy atesora unos 50.000 ejemplares. Y a la par de sus pesquisas, ampara premios como este que acaba de obtener Fernández-Larrea, y que antes han merecido Ángel Santiesteban-Prats, Ahmel Echevarría, Ernesto Santana y Orlando Luis Pardo Lazo, entre otros. Hasta ahora la mayoría son escritores que habitan en las márgenes gubernamentales o abiertamente opuestos al régimen.

La idea del premio es muy interesante: al ganador, además de recibir una modesta contribución monetaria, se le invita a Praga y otras ciudades a presentar su novela, pues la casa editorial Fra imprime en español 500 ejemplares. Y gran parte de ellos son distribuidos a través de la red de bibliotecas independientes de la isla, ubicadas en casas de disidentes. Una variante isleña del samizdat.

Juego de mesa para lectores avispados

Para su creador, Aventuras y desventuras del señor Mostaza, es una noveleta experimental que narra las peripecias de un dentista de Brooklyn en el descubrimiento de sus raíces. Escrita en clave de misterio, confiesa que también es un homenaje al prolífico dúo de autores policíacos estadounidenses, de origen judío, Ellery Queen, y a otros autores del género. “Pero sólo como guiños, pues no intenté regirme por ningún canon y no utilizo adrede ninguna fórmula”, expresó.

El protagonista es el señor Mostaza. “Un dentista de Brooklyn que lleva una vida apacible y carente de sentido. En la novela cada uno de los personajes tiene asociado un color, de acuerdo a su personalidad. Es una pieza lúdica, críptica, qué sé yo”, comentó.

La historia de Mostaza, según alega, no tiene que ver con Cuba, pero pudiera contener alusiones a la realidad de la isla.

Aparentemente, el linaje del señor Mostaza se remonta a la España sefardita, anterior al edicto de expulsión de los judíos. Pero esto aparece poco a poco en la novela, así que hay que tener cuidado con los spoilers” (descubrir partes cardinales de una ficción), adelantó.

Cuenta que siempre le ha gustado construir rompecabezas con sus historias.

“Pero nunca me había acercado a ningún género en específico. Es un ejercicio, o un juego, o, simplemente, un ingrediente que sirve para construir historias”.

Buscando una especie de “gancho publicitario” para esta novela, señaló:

“Es un juego de mesa que el lector debe recorrer para develar todos sus misterios. Un gancho podría ser eso: es un juego que hay que jugar”.

Otras voces, otros ámbitos

A la hora de analizar los intereses literarios de este joven autor, bien podríamos pensar en el título de la primera novela de Truman Capote, Otras voces, otros ámbitos.

Es evidente que no sólo le seduce cambiar de piel, como a casi todos los autores, sino también escapar, con su literatura, a otros tiempos y a sitios que no conoce, a no ser por referencias. Es un escritor camaleónico, capaz de construir personajes perfectamente creíbles, que viven historias y ámbitos no tan cercanos como su ciudad natal. Por ello, unos deambulan por Manhattan y otros por la desaparecida Unión Soviética.

Recientemente presentó en Coral Gables su ópera prima, Absolut Röntgen (2009), un conjunto de relatos, atípico en la literatura de la isla, que indaga en las horribles secuelas de uno de los mayores desastres de la historia: la catástrofe de Chernóbil. Cuando esto ocurrió, Fernández-Larrea tenía sólo ocho años.

“Escribo sobre ámbitos que significan para mí. Cada uno de los escenarios de mis historias me toca de algún modo. Jamás escribiría sobre Londres, Beijing o Quito, porque no me dicen nada. Quizá esto sea lo que me pasa con Cuba, aunque no lo creo. Le debo una novela a La Habana. Pero sólo una. No quiero convertirla en la prisión, también, de mi literatura”, expuso.

De este premio afirma seducirle el nombre: “Kafka es una especie de profeta para mí. También que fuera en Praga, su ciudad (una de las que significa para mí), y también la ciudad de Milán Kundera y de Václav Havel.

Los autores de la isla están congelados en el tiempo

Como otros autores de su generación, en sus inicios asistió al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, fundado en La Habana en 1998 por los escritores Eduardo Heras León, Ivonne Galeano y Francisco López Sacha.

“Una ex insistió en que mandara unos cuentos míos allí. Lo hice y me aceptaron. Realmente esperaba más del centro. Me sirvió, no obstante, para conocer gente que hoy son muy buenos amigos míos, para divertirme mucho y también para centrarme a la hora de crear. El curso es deficiente, sus referentes literarios están obsoletos y la mayoría de la gente que entra y sale de allí es terriblemente mediocre. Pero si tienes algo de talento, puede servirte para encontrar tu lugar en el mundo”.

Para este autor Cuba es sólo un punto más en el mapa: “Es un puerto que alguna vez tocó mi sangre. Mis genes vienen de más lejos e irán más lejos”.

La literatura que se produce dentro de su país no la percibe como algo excepcional.

“Creo que puede ser como cualquier otra literatura, con la diferencia de que sus autores están congelados en el tiempo. Cuba existe fuera del mundo, porque su Gobierno ha decidido mantener a los cubanos al margen del mundo, y eso tiene que influir en su literatura”.

A la pregunta de si cree que viviendo en Cuba se puede escribir con total sinceridad y libertad, respondió:

“Poder, se puede. Publicar lo que se escriba en esos términos, ya es otra cosa. Dependerá siempre del ojo del censor. Hay muchas cosas que han escapado increíblemente a la censura”.

Y sobre cuál suele ser el precio que pagan los que desde la literatura disienten, precisó:

“El precio es el olvido, el ostracismo, en los peores casos la persecución, el exilio”.

Fernández-Larrea pertenece a la llamada Generación del Año (los que comenzaron a publicar en los 2000). Pero asegura no sentirse identificado con sus integrantes.

“Hay de todo en ese grupo. Algunos autores me parecen más auténticos que otros, algunos libros más logrados que otros. Para el ámbito literario de la isla, sin embargo, me parece que tienen el mérito de la ruptura y de intentar una literatura diferente, sin fronteras ni ataduras”.

Las razones por las que se fue de Cuba

“Los horizontes y las mentes estrechas” dicen ser las razones que le hicieron abandonar su isla. Sus planes en su nuevo país son simplemente “vivir. Ser. ¿Qué más?”.

Graduado de Estudios Socioculturales, luego hizo un Máster en Lingüística Aplicada. En la Universidad de La Habana impartía Redacción, Análisis de textos y Literatura medieval española, asignaturas con las que solía sentirse satisfecho. Dedicarse a la docencia en EE.UU es una posibilidad: “Pero no la única. Me fui de allá para explorar nuevos horizontes. Así que no quiero reducírmelos”, acotó.

Su padre es uno de los más conocidos poetas de su generación (los que comenzaron a publicar en los ‘80) y además un reconocido humorista de radio y televisión, Ramón Fernández-Larrea, con quien recién se reencontró en Miami.

“En mi literatura no reconozco ningún elemento de su obra. Tenemos referentes comunes, eso sí. Y quizá mi sensibilidad literaria se la deba, pero seguimos caminos diferentes. En materia de literatura, tengo otros padres (y esto no tiene nada que ver con el lechero, que mi madre es una santa)”, apuntó con un humor que sin embargo le conecta con su padre.

“Estoy en medio de un proceso de adaptación. Mi mayor miedo es estancarme. Le tengo pavor a la mediocridad. Las dudas son tantas que se atropellan. Certezas, tengo pocas. Esperanzas, muchas. Digamos que espero encontrar mi lugar aquí, el lugar donde pueda ser, donde podamos ser (porque no estoy solo). Mi miedo es no hallarlo, o conformarme con medias tintas”.

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