sábado 21  de  febrero 2026
RESEÑA

La emigración es el eje de la obra "Esperando a Odiseo"

Raúl Martín concibe la obra "Esperando a Odiseo" a través de una ambientación agradable: sábanas que cuelgan, un pantalón negro y jaulas para las palomas
Por LUIS DE LA PAZ

MIAMI.- El tema de la emigración es recurrente en la literatura cubana, teatro, cine, cuento, novelas, artes plásticas. No podría ser de otra manera, pues desde 1959, Cuba (que era un país receptor de emigrantes) se convirtió en un infierno inhabitable, tras la implantación de la peor tiranía que ha conocido el hemisferio, la castrista, que sólo en el año 2022 provocó un éxodo de 300,000 cubanos.

La emigración es el eje de Esperando a Odiseo, obra del dramaturgo cubano Alberto Pedro (1954-2005), estrenada en La Habana en el 2001 bajo la dirección de Miriam Lezcano (1943-2020), por demás viuda del autor de la pieza, y que 22 años después, llega a Miami para participar en el 4to. Teatro Fest que organiza Artefactus Cultural Proyect, en una producción del grupo Teatro del Duende de República Dominicana, con la actuación de Orestes Amador y la dirección de Raúl Martín, ambos cubanos residentes en Santo Domingo, a quienes podrían señalárseles como parte de ese flujo migratorio incesante de cubanos, que solo terminará cuando “continuar la continuidad” se convierta en verdadera revolución.

Alberto Pedro nutrió su obra con simbolismos. Desde la óptica de Kiko, un palomero solitario y sonámbulo, que en la azotea de su casa espera a que regrese una de sus aves, Odiseo, que se fue al Norte donde “está el enemigo” y no vuelve. El juego escénico con la tragedia como fondo de Odiseo y Penélope del clásico de Homero, domina la construcción escénica y su desarrollo dramático. Teatralmente muy bien concebido, manejado con la prudencia que hace falta cuando se desea vivir en la Isla (o ser admitido por el aparato de poder), o para decirlo popularmente: jugar con la cadena, pero no con el mono.

El director Raúl Martín concibe Esperando a Odiseo a través de una ambientación agradable, sábanas que cuelgan, un pantalón negro, un vestido rojo y varias cajas o jaulas para las palomas, además, una trampa para atrapar a Odiseo si vuelve. El movimiento escénico teniendo a las telas como la fuente primaria del movimiento es dinámico, creciente y muy acertado.

Por su parte, Orestes Amador, es un actor total, con una preparación física admirable que pone de manifiesto a lo largo del unipersonal, que demanda mucho del intérprete por la cantidad de texto, el lenguaje corporal y el movimiento.

Una obra donde se pretende asumir una valoración crítica de la emigración. Hay frases en las que se intenta ese acercamiento: “esta es la era de los emigrantes”. “Tengo mi teoría sobre esa diáspora frenética”. Sin embargo, el personaje, Kiko, no manifiesta intención de irse, como hizo El Cabezón, su hijo, en una balsa, llevándose a Odiseo.

En conjunto Esperando a Odiseo posee una serie de imágenes que hace interesante este texto, con un mensaje todavía más estremecedor, pues Kiko no permanece en la Isla esperando a su palomo, ni se propone irse en una balsa como hizo su hijo, sino que se lanza al vacío desde la azotea de su casa.

Esperando a Odiseo es parte de esa dramaturgia cubana sobre la emigración, en este caso, como una aproximación a su época (que es la actual), marcada por la censura, el temor y el éxodo. A pesar de la ambigüedad en los planteamientos –jamás se alude a las causas que fuerzan a la inmigración cubana–, sin duda, es de lo mejor que ha presentado el Solo Teatro Fest en lo que va de programación.

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