MIAMI.- Hay algo que Melissa Peraza no olvida con facilidad: la primera vez que entendió que la música podía ser algo más que melodía. Fue en Caracas, en los ensayos de la Orquesta Sinfónica Juvenil, cuando el maestro José Antonio Abreu —fundador del Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela— le transmitió una idea que desde entonces no la ha abandonado. "Ver su dedicación y su convicción de que la música podía transformar vidas marcó profundamente mi manera de entender mi camino como músico", recuerda hoy, desde Estados Unidos, con la misma claridad de quien ha tenido tiempo de procesar lo que aquella lección significó.
Peraza lleva años construyendo una carrera orquestal sólida en territorio norteamericano. En este momento forma parte del programa Diversity Fellowship de la Cincinnati Symphony Orchestra, una de las iniciativas más relevantes del circuito clásico estadounidense para ampliar la presencia de músicos de comunidades históricamente subrepresentadas en las grandes salas de concierto del país. Para ella, el programa no es solo una plataforma profesional: es también una causa que la interpela de manera personal. "Tiene como objetivo impulsar una mayor representación de la comunidad latina, afroamericana y otras comunidades subrepresentadas en las orquestas de Estados Unidos, algo con lo que me identifiqué profundamente", afirma.
Esa identificación no llega de la nada. Peraza es producto de El Sistema, el programa venezolano que durante décadas ha sido sinónimo de acceso musical para jóvenes de todos los estratos sociales. Fue viola principal de la Orquesta Juvenil de Caracas durante casi diez años, una posición que implica tanto liderazgo como una enorme responsabilidad artística. Con esa orquesta viajó a Noruega, Corea del Sur, República Checa, China, Japón, Alemania, Francia y varios países más, acumulando una experiencia internacional que pocas escuelas pueden igualar.
Pero si hay un hito de aquellos años que ella recuerda con especial peso, es el Culture for Peace Concert celebrado en las Naciones Unidas en Suiza, en 2014, donde actuó como viola principal de la Harmonía Orchestra junto a músicos de distintas partes del mundo y al tenor peruano Juan Diego Flórez. Una producción cuyo mensaje —el de la música como herramienta de educación y transformación social— resonaba perfectamente con todo lo que Abreu le había enseñado.
Tres años después, en 2017, fue convocada para representar a Venezuela y a El Sistema en la Global Orchestra junto a la New York Philharmonic, durante la última temporada del director Alan Gilbert al frente de esa orquesta. El proyecto reunió a músicos de instituciones de todo el planeta con un objetivo concreto: demostrar que la música puede cruzar fronteras culturales sin pasaporte. Peraza lo recuerda como "una ocasión muy significativa en la que participaron músicos provenientes de importantes orquestas e instituciones musicales de todo el mundo, con el objetivo de mostrar cómo la música puede unir culturas y romper fronteras."
Su llegada formal a los Estados Unidos como estudiante trajo consigo nuevos reconocimientos. En 2018, en la Universidad de Southern Mississippi, ganó el William T. Gower Competition, lo que la llevó a presentarse como solista junto a la USM Symphony Orchestra. Y en 2021, ya en el Cincinnati College-Conservatory of Music, conquistó la Viola Concerto Competition y ofreció una actuación memorable junto a la CCM Philharmonia, interpretando la obra Para Viola and Orchestra de la compositora Tania León. Dos concursos, dos victorias, y en cada una, la misma viola que la acompañó desde Caracas.
Ese período también la llevó al Spoleto Festival USA, donde en 2022 participó en el estreno mundial de la ópera Omar, de Rhiannon Giddens y Michael Abels. "Una obra que posteriormente recibió el Premio Pulitzer de Música", señala con la sobriedad de quien estuvo en el foso aquella noche sin saber aún que la historia le daría la razón. Cuando la Academia entregó el galardón, Peraza ya había sido parte de esa historia desde adentro.
Hoy, a finales de 2024, Peraza está en un momento bisagra. El CSO Fellowship le ha dado herramientas que van más allá de lo musical. "Me permitió comprender mejor la dinámica de las orquestas estadounidenses y trabajar de cerca con músicos con amplia experiencia en la carrera orquestal", dice. Paralelamente, ha mantenido una actividad intensa como viola principal de la Kentucky Symphony, y como colaboradora de la Columbus Indiana Philharmonic, Queen City Opera, la Richmond Symphony y otros ensambles a lo largo del país.
La huella de Abreu, según ella misma reconoce, no es solo emocional. Se refleja en algo mucho más cotidiano y concreto: "en el respeto que tengo por mi profesión, por mis colegas y por la música misma, así como en el agradecimiento que siento hacia el público y en la energía con la que llego a cada ensayo y cada presentación." Es la clase de declaración que no suena a protocolo sino a convicción. La de una músico que aprendió, desde muy joven, que subirse a un escenario no es solo un acto artístico. Es también, siempre, un acto de responsabilidad.