MIAMI.- En los últimos años el director Erom Jimmy ha trabajado intensamente y ese esfuerzo va dando resultados tangibles y dejando una huella en su labor personal y en el legado teatral de los cubanos en los Estados Unidos: La caja vacía de zapatos (2022), Las últimas criadas (2023), Se alquila (2023) y en los próximos días Lear. Todas estas obras de teatro tienen como denominador común que parten de un texto conocido que Erom retoma y reinterpreta; habría que añadir, a su modo, para no decir a su antojo. Y precisamente en ese enfoque personal está el estilo de Erom Jimmy. Desde luego, es una forma controversial pero válida de proyectarse, pues es su visión (no su interpretación) sobre el trabajo de otro, que él transfigura. Unos no se identificarán con su forma, los más contemporáneos lo verán tal vez como un paso de vanguardia.
Lo que sí es inobjetable es la identificación del director Erom Jimmy con el teatro del absurdo, que recrea en sus propuestas con grandilocuencia escénica. Así ha sido con las piezas mencionadas y en particular con Se alquila, dramaturgia a partir de En alta mar, obra del polaco Slawomir Mrozek (1930-2013), con la que la compañía Miami Factory Theater acudió a la 6ta. Edición del Open Arts Fest que anualmente realiza Artefactus Cultural Proyect. Con Se alquila cerró el Festival y lo hizo de una manera alta.
Erom sitúa su acción en un apartamento donde un matrimonio, y una mujer mayor, anuncian en el periódico el alquiler de una habitación con vista a un lago. Allí llega una muchacha, que por el desarrollo de la obra es una emigrante recién llegada a Miami, que quiere comenzar una nueva vida (de ahí cuando dicen: “Isla mía todas mis fugas”, fragmento de un poema de Dulce María Loynaz). Pero el lugar escogido está lleno de trampas y quieren matarla para comérsela (parte de la conexión con la obra de Mrozek).
El montaje de Erom Jimmy es vertiginoso, basado fundamentalmente en coreografías que buscan establecer un ritmo ascendente, con constante movilidad de los actores que no cesan de interactuar entre ellos o trasladando maletas de distintos tamaños de un lado a otro sin aparente razón, pero que se proponen mantener la continuidad escénica y lo logran, aunque en ocasiones se puede anticipar la gestión.
Esta obra la sostiene las actuaciones y la visión totalizadora del concepto, no sus aspectos individuales. Dairín Valdés como la recién llegada buscando “un lugar para vivir”, tiene gran forma física y sabe desplazarse con soltura. Belkis Proenza como la madre está extraordinaria, convincente, cuchillo en mano, pelo blanco alborotado y vistiendo de negro un sobretodo de plástico brillante, expresando: “los que una vez fuimos víctimas ahora somos verdugos”.
Por su parte, Daniel Panebianco enmascarado todo el tiempo con un artefacto de púas, traje negro y botas altas (todos tienen zapatos grandes) hace bien su trabajo, aunque por tener la cara cubierta no se puede valorar su expresividad. El último personaje lo defiende Catalina Arenas, que se muestra en control de su personaje de esposa del único hombre en escena.
Todos los actores estuvieron en forma, aunque la agitación que surge por la constante interacción, hace que a veces se atropellen las voces y no se logren entender las palabras.
El vestuario en general (el programa no brinda el crédito del vestuarista) es impactante, al igual que la utilería que juega un papel importante en la secuencia narrativa. El uso de una sombrilla roja irrumpiendo en medio de la acción es teatralmente muy efectivo y adecuado en el desarrollo de la obra, pues rompe la monotonía de los colores negro y blanco que priman en escena. También logrado estuvo el diseño del periódico, también forrado en plástico.
Erom Jimmy tiene una concepción clara de cómo quiere que sea su teatro y lo va demostrando con un trabajo que cada vez toma mayor presencia.