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Tras cinco décadas de progreso, sin ignorar las discordias, el país caribeño comenzó a vivir su gran tragedia, y hoy, 124 años después de lograr la independencia sigue clamando por libertad
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LA HABANA.- En la mañana soleada del 20 de mayo de 1902, día que surgió la República de Cuba, cuenta una crónica de la época que el general Máximo Gómez se ajustó sus gafas y caminó con paso firme hasta el asta, donde reposaba la bandera de franjas azules y blancas con la estrella solitaria en el centro del triángulo rojo.
Cuando Gómez comenzó a izar la bandera en el Castillo de los Tres Reyes del Morro, justo al borde de la bahía habanera, se hizo un silencio impresionante. Mientras ondeaba la enseña nacional, se escuchaban las notas del himno de Bayamo. Luego hubo un clamor colectivo y una multitud empezó aplaudir, describió entonces un reportero.
El primer presidente de la Isla, Tomás Estrada Palma, era un profesor universitario que participó en la Guerra de Independencia de 1868, y tras la muerte de José Martí en aquella absurda escaramuza en Dos Ríos, fue elegido por el gobierno de la República en Armas delegado del Partido Revolucionario Cubano. Aquel día, se estrujaba sus manos con nerviosismo mientras Máximo Gómez, con sus ojos cubiertos por las lágrimas, le comentaba: “Al fin hemos llegado”.
Han pasado 124 años de la fecha fundacional de Cuba. Una república imperfecta. Nació con un anexo que la mayoría de los constituyentes no aprobaban, la Enmienda Platt. Pero pudo más la sabiduría política de los asambleístas. A más de un siglo de distancia, la historiografía castrista, demoniza aquellos años y los tilda de neocolonial o mediatizada, soslayando el contexto de la época.
A principios del siglo XX, el mapa mundial estaba dividido por grandes extensiones de colores que establecían las posesiones coloniales de grandes potencias europeas. Países de África y Asia seguían siendo colonias, mientras gran parte de las naciones de América se habían independizado de España o Portugal, como fue el caso de Brasil. Pero no eran auténticas democracias. Es comprensible.
Ni siquiera en la vieja Europa existían democracias plenas. Por ejemplo, las mujeres ni siquiera podían votar y el estado de bienestar era una ilusión. La joven democracia de Estados Unidos y su modelo de gobierno, sin monarquía y tripartición de poderes, fue el faro inspirador para muchas naciones en el mundo que luchaban por su emancipación.
Los independentistas cubanos sentían una admiración especial por Estados Unidos. Durante la guerra de Norteamérica contra Gran Bretaña, la burguesía cubana criolla ayudó con joyas y dinero al ejército de George Washington. Cuando Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, en Cuba, liberó a sus esclavos, sonó las campanas de su finca La Demajagua y se alzó en armas contra España. Su guía fue Abraham Lincoln y el liberalismo estadounidense.
La mayoría de nuestros independentistas en la guerra de los 10 años fueron anexionistas. No por servilismo o deseos que Cuba no fuera soberana. No, simplemente consideraban que era muy difícil derrotar militarmente a España y veían en el progreso tecnológico de Estados Unidos la forma más eficaz para desplazar al país ibérico.
Ya para la guerra de 1895 el pensamiento político era otro. Liderado por el poeta y humanista José Martí, el más grande político y pensador cubano, los independentistas concebían a la Isla como un país soberano. Pero seguían viendo a Estados Unidos como el modelo a imitar. Sin la ayuda militar de Norteamérica la guerra con España se hubiera extendido en el tiempo.
Hubo desacuerdos. La falta de participación del Ejército Libertador en las negociaciones de capitulación con España, las dos intervenciones militares de Estados Unidos durante la república y la onerosa Enmienda Platt, que fue definitivamente derogada en 1934. Pero la patria de Lincoln no era vista como enemiga por amplios sectores de la población. Probablemente el ‘enemigo’ estaba en casa. El fraude electoral, la corrupción y el clientelismo político.
Después, a mediado de los años 1920 y en la década de 1930, llegaron de Europa tres fenómenos políticos muy nocivos: el comunismo, fascismo y el pandillerismo gansteril que provocaron sucesos violentos y crispación social. En el ámbito político hubo demasiadas turbulencias. Dos dictadores a la fuerza y varios presidentes que utilizaban el poder como un trofeo de caza.
Pero en 1940 se aprobó una Constitución progresista, existían tribunales independientes, habeas corpus y prensa libre. Y la cercanía e influencia de Estados Unidos provocaba que los avances tecnológicos llegaran a Cuba antes de que a naciones europeas. Los avances fueron palpables.
Entre los años 1940 y 1950, a pesar de la corrupción política y asonada golpista de Fulgencio Batista en la primavera de 1952, la estabilidad financiera era sólida. El peso cubano llegó a valer más que el dólar. Las zafras azucareras fluctuaban entre cinco y siete millones de toneladas de azúcar y eran rentables. La agricultura, ganadería y la pesca producían frutas, legumbres, viandas, hortalizas, carnes de res, cerdo, pollo, pescados y mariscos suficientes para el consumo interno.
La Habana, por su belleza y diversidad arquitectónica, era una de las principales urbes de América Latina. En 1958, Cuba era el sexto país del mundo en el promedio de automóviles por habitante. En la capital circulaban autos de último modelo recién salidos de los talleres de Detroit y llegó a tener más cines que Nueva York.
En 1953 se trasmitió en vivo por vez primera, utilizando un avión comercial como señal satelital, la Serie Mundial de Grandes Ligas. Fuimos pioneros en el uso de la televisión a color, la publicidad y las novelas radiales. En 1958, más del 70% de los negocios estaban en manos de empresarios cubanos.
¿Había problemas sociales? Desde luego. Las diferencias en calidad de vida entre las ciudades y el campo eran notables. Antes de la llegada del dictador Fidel Castro, en La Habana existían dos barrios marginales y cientos de cuarterías donde residían los más pobres.
Hoy
Sesenta y siete años después, en la capital hay más de 150 comunidades donde la gente vive en condiciones infrahumanas.
El déficit habitacional supera el millón de viviendas. La pobreza extrema ronda el 90´%. Y comer dos veces al día solo se lo puede permitir una minoría de la población.
Mientras la República progresaba cada año en lo económico, arquitectónico e índices productivos, a pesar de los escándalos políticos, en la actualidad el colapso económico y social es palpable.
El modelo supuestamente comunista de Fidel Castro, donde aseguraron íbamos a tener más leche y queso que Holanda, más carne de res que Argentina y viviríamos en una ciudad mejor que Nueva York, ha sido un rotundo fracaso. Crece la delincuencia, prostitución y consumo de drogas. La Isla se apaga inexorablemente. Los extensos apagones son de hasta tres días la Cuba profunda. La luz eléctrica se ha convertido en un lujo.
Es tan grave el panorama, que un funcionario de la empresa eléctrica reveló a DIARIO LAS AMÉRICAS que “de no recibir petróleo en junio o julio, y debido al mal estado técnico de las termoeléctricas, es probable que en La Habana haya que racionar la electricidad a tres o cuatro horas diarias. En las otras provincias la situación será aún peor. Tendrán luz seis o siete horas semanales. Si acaso”.
Y los apagones son uno entre los muchos problemas que aquejan a los cubanos. Faltan medicamentos, agua potable, gas licuado y transporte público.
Este 20 de mayo, como es habitual en Cuba, la propaganda del régimen ignoró y denigró la etapa republicana. Varias generaciones han crecido adoctrinados creyendo que el día de la independencia fue el 1 de enero de 1959, cuando Fidel Castro se preparaba para ocupar el poder a punta de carabina.
Pero el escenario cambió. El modelo comunista no ha funcionado. Ocho de cada diez ciudadanos desaprueban al actual gobierno y reclaman profundas reformas políticas y económicas. La gente está harta de mentiras, falsas promesas y manipulaciones de los jerarcas del partido comunista. Quieren libertad.
Cuando eso suceda, el 20 de mayo volverá ser un día de fiesta nacional.
