Jorge y Camilo llegaron a la pequeña pantalla cubana de mediados de los 1980 con más pasión que recursos. A empujones y pellizcos consiguieron descongelar la estética de la televisión cubana y vestirla a la moda, sin uniformes ni emulaciones o festivales de juventudes y estudiantes.

Jorge y Camilo fueron una bocanada de aire fresco, a pesar de Nivaldo Herrera y Maité Vera. Juntos presentaron musicales al estilo de MTV, adaptaron un cuento de Jorge Luis Borges, se sentaron descalzos en el césped a soñar poemas de amor y no canciones de guerra. Pintaron de vida y melancolía la pantalla de nuestros televisores en blanco y negro.

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Generaron sin proponérselo un cambio hacia la modernidad, una vuelta de página que derivó en diversos caminos, algunos buenos y arriesgados como el de ellos, otros oportunistas como el de la Unión de Jóvenes Comunistas de Roberto Robaina y sus badanas con consignas.

Entre los buenos, hubo programa de radios, espacios públicos para proponer y discutir, y peñas, muchas peñas.

Pero hoy quiero reconocer que, para mí, Jorge y Camilo tenían un valor agregado: además de todo lo que he contado, Jorge y Camilo conseguían libros, de los buenos, de los que no llegaban, de los que no se publicaban en Cuba.

Libros que yo bebía en 48 horas, porque era el tiempo en el que una amiga, que se había casado con uno de ellos, me los prestaba.

Eran El Perfume, recién sacado por una editorial española, la biografía de Luis Buñuel, publicada en México, El nombre de la Rosa, comprado en Argentina, y muchas otras joyas que resolvían sin que yo supiera cómo y que me revelaban el mundo real, el de fuera de Cuba, cuando lo más arriesgado que se publicaba allí era Ragtime, de E. L. Doctorow.

A ellos les debo descubrir que existió un Caín con tigres, o que cierto escritor peruano no había muerto y seguía publicado en los 1980, a pesar de que el departamento de orientación revolucionaria aparentaba lo contrario.

Finalmente tuvieron que escapar de la isla, y con ellos desaparecieron sus programas, se tergiversó su estilo, se volvió a envenenar con consignas y marchas lo que tanto trabajo les había costado remarcar.

Hoy son un recuerdo, una memoria afectiva que recuperamos en Facebook, donde los encuentro a ratos, demasiado tranquilos, demasiado lejos uno del otro para que la dupla tenga fuerza, para que vuelvan a ser los gemelos de El Señor de las moscas, aquellos que se pronunciaban como uno solo, Samyerick, según la traducción al español.

Y es que por separado suenan mal, entre otras cosas por los apellidos que cargan, uno con olor a guerrillero, el otro con color de “chusma diligente”.

A Jorge y a Camilo les debo la chispa de buscar lo que no publican, lo que realmente me gusta, “no el periódico que me toca”.

Así que 40 años después les sigo agradecido, a los dos juntos y a cada uno por separado, fueron sin saberlo mi “aspirina gigante” y la de muchos cubanos de mi generación.

Estábamos hambrientos, atentos y dispuestos cuando, sin quererlo, se cruzaron en nuestro camino.

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