La elección presidencial del 2016 tuvo características específicas que la convirtieron en sorprendente. La primera fue el fracaso de la abrumadora mayoría de las encuestadoras de opinión, la segunda fue la investigación que enfrentaba la candidata Hillary Clinton en medio de su campaña y la tercera era una situación económica débil.

El problema fundamental con las encuestas fue la metodología. La mayoría de las encuestadoras muestreaban (preguntaban) a más demócratas que republicanos y, lógicamente, la candidata demócrata aparecía en los resultados con mayores índices de intención de voto. Un muestreo acorde con los % en los registros de votantes por partido en cada estado hubiera producido resultados más reales. Sin embargo, numerosos expertos han señalado que las encuestadoras no profesionales, entiéndase periódicos, estaciones de televisión y universidades, han continuado haciendo encuestas “skewed” (desviadas en el muestreo) e incurriendo en los mismos errores del 2016. Por supuesto que esa conducta debe tener un propósito definido que algunos analistas han identificado como “intención de sembrar desánimo en los votantes que perciben, por esas encuestas, que su candidato no tiene posibilidades de ganar y que no vale la pena ir a votar”.

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En el 2016, solamente una encuestadora profesional, Trafalgar, proyectaba a Donald Trump como ganador. Incluso, Trafalgar lo daba favorito para ganar los estados de Pennsylvania y Michigan, en franca contradicción con todas las demás encuestadoras no profesionales. Pero, Trafalgar estaba en lo cierto y Trump ganó ambos estados. En estos momentos, 2020, Trafalgar proyecta al Presidente como ganador del voto electoral y en varias otras de sus encuestas lo tienen delante en la Florida 48% a 46%, delante en Michigan 46% a 45%, empatado en Minnesota, 3% debajo en Pennsylvania y solo 2% debajo en Wisconsin. Estas dos últimas encuestas dentro del margen de error. Es importante destacar que las encuestas nacionales se basan en el voto popular y esa estadística no determina al probable ganador. En el 2016 Donald Trump quedó 2.1% por debajo de Hillary Clinton y ganó la elección ampliamente 306 a 232 votos electorales.

La segunda característica similar al 2016 es que Hillary Clinton enfrentaba una investigación-escándalo por el problema de haber utilizado un servidor de emails privado, colocado en un baño de su apartamento en Washington, y que usaba para las comunicaciones oficiales del Departamento de Estado en franca violación de las normas de seguridad. Varios de sus emails estaban clasificados como secretos y al enviarlos por un servidor fácilmente hackeable por enemigos del país, su acción se convertía en punible ante la justicia. Joe Biden, por su parte, enfrenta en este 2020 los escándalos derivados de los contratos que obtuvo su hijo Hunter con compañías de energía en Ucrania y China basados en proveerles acceso a su padre, en ese momento Vicepresidente de EEUU. Los padres no son responsables de las acciones de sus hijos mayores de edad, pero cuando Joe Biden se involucró para exigirle al Presidente de Ucrania que quitara al Fiscal que investigaba a la compañía ucraniana que empleó a Hunter, el asunto pasó a ser “tráfico de influencias”, que es un asunto serio. Cuánto afectará a Biden este asunto, es impredecible.

La tercera similitud es la situación económica. En el 2016 la recuperación económica era débil y varios estados industriales importantes como Ohio, Michigan, Pennsylvania, Iowa y Wisconsin estaban severamente afectados por las numerosas regulaciones ambientales impuestas por el Presidente Obama. Además, la reforma de salud, que había sido presentada como una joya, ya en el 2016 había duplicado los costos de las primas para los que no recibían subsidios del gobierno, dejando a varios millones de norteamericanos sin seguro médico.

Algunos de esos problemas o la sumatoria de ellos, hicieron que la candidata demócrata perdiera los estados antes mencionados y la elección presidencial.

Hasta principios de este año 2020, el Presidente Trump había tenido impresionantes logros económicos, laborales y energéticos. En sus 3 años de gestión, la economía creció entre 2 y 3% anual, las tasas de desempleo cayeron a bajos históricos, incluso para hispanos y afroamericanos, aumentaron en casi 3% los ingresos de los que ganaban menos, comenzaron a regresar industrias que se habían ido a China, se eliminaron regulaciones que permitieron a

EEUU librarse de la dependencia del petróleo árabe y convertirnos en exportadores de petróleo. Todos esos éxitos se truncaron con la llegada del coronavirus y su secuela trágica. La economía se contrajo y aunque ha comenzado una recuperación, todavía es débil. Queda por ver el nivel de confianza de los votantes en que el Presidente pueda reiniciar otra recuperación fuerte.

Unos años atrás, el ex Presidente Bill Clinton acuñó una frase que se ha hecho repetitiva en cada elección presidencial y que en la actual, con tantas incertidumbres, toma un valor especial: “Es la economía, estúpido”. Y, ¿cómo ven los votantes la situación económica? Hace solo unos días, este Diario Las Américas publicó una encuesta de Gallup donde el 56% de los votantes registrados dijo que hoy estaba mejor que 4 años atrás y solo un 32% dijo que estaba peor. Estas cifras tan altas de reconocimiento económico van a quedar reflejadas, sin dudas, en el resultado de las elecciones.

Y un factor más que no hemos mencionado, pero que tiene también un peso específico significativo en el voto, es la situación de violencia social que hemos visto en numerosas ciudades y que todavía hoy persiste en Seattle y Portland. La demora y “tibiesa” que el candidato demócrata tomó para hacer una declaración condenatoria dejó la clara impresión de que los respaldaba o lo toleraba. La declaración que hizo Joe Biden a finales de julio a la periodista digital Ady Barkan, de que apoyaba “absolutamente” que se le quitaran los fondos a la policía, dejó una impresión negativa sobre sus conceptos de seguridad ciudadana, ley y orden.

Contra el Presidente pesa la situación del coronavirus y las más de 200,000 muertes. A su favor tiene que la ley no le permitió implementar una política nacional de enfrentamiento a la pandemia y que fueron los gobernadores y las autoridades locales las que implementaron sus propias medidas. En verdad, ningún enfermo en el país quedó sin un respirador mecánico o sin una cama en las unidades de cuidado intensivo. Nueva York, la ciudad más impactada, recibió una ayuda de primer orden.

La creación de una vacuna, que históricamente hubiera demorado más de un año en llegar al mercado, el Presidente ha presionado para que esté disponible antes que termine este año. Además, ningún gobierno del mundo ha logrado frenar la pandemia, ni evitar los “rebotes” de contagios, ni limitar el número de fallecimientos. ¿Podrán estas justificaciones reales paliar la frustración de muchos votantes? El 3 de noviembre lo dirá.

Luis Zúñiga

Analista Político

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