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MIAMI.- Y sucedió lo que muchos temían: un hombre armado con una potente escopeta y gases lacrimógenos arremetió contra la sala de redacción de un periódico en el país. Hizo trizas la pared de cristales y acabó con la vida de cinco periodistas e hirió al menos a dos.

Rápidamente las redes sociales, los canales de radio y televisión y sobre todo los medios en internet comenzaron a cuestionar por qué un hecho como este sucede en un país donde la prensa ha sido siempre respetada.

Unos reclamaron el poco control de acceso al edificio del rotativo Capital Gazette, en Annapolis, estado de Maryland, donde ocurrió el trágico suceso; mientras otros argumentaron la ausencia de vidrios blindados para resguardar al personal o pusieron en duda la vigilancia de las fuerzas del orden público, FBI incluido, por supuestamente no prevenir el asalto cuando el individuo en cuestión había amenazado a la redacción del periódico.

“Cualquier cuestionamiento es válido pero no podemos esperar que la administración de un periódico afincado en la afueras de una pequeña ciudad, como Annapolis, tenga las mismas preocupaciones de un medio de comunicación mayor”, comentó a DIARIO LAS AMÉRICAS Mike Jones, agente jubilado del FBI.

Por otra parte, el exmiembro del cuerpo investigador señaló que “es imposible vigilar 24 horas al día a todos lo que realicen algún tipo de amenaza por las redes”, por falta de personal, como sucedió en el caso de este asesino, a no ser que se trate “de una amenaza seria de violencia”, que no fue el caso.

No obstante, lo que más preocupa al agente jubilado es la falta de un debate mayor por el control de las armas de fuego.

“Mientras sigamos apuntando solamente a la supuesta enfermedad mental o los problemas sicológicos que un individuo pueda tener, no vamos a resolver el problema”, definió.

“Fake news”

De hecho, en julio de 2012 el atacante, cuyo nombre Jarrod W. Ramos, de 38 años, no deberíamos ni mencionar, demandó al periódico por lo que calificó entonces de “calumnias, daños a su reputación e invasión de privacidad”, tras leer un artículo que abordó su declaración de culpabilidad en un caso de acoso sexual.

Unos meses después, en 2013, la demanda fue desestimada con perjuicio, cuando el señor Ramos no pudo nombrar las supuestas calumnias, ni los daños a su reputación o alegación de invasión de privacidad.

Aparentemente, el individuo quedó disconforme con la resolución judicial y optó por vengarse del periódico por relatar lo que sucedió en torno a su declaración de culpabilidad en un caso de acoso sexual.

Para un país como el nuestro, donde convivimos con las noticias de tiroteos masivos tan frecuentes, en escuelas y lugares públicos, resulta alarmante que la nueva víctima sea precisamente el ejército de la prensa, que luego de casi tres siglos de respeto y consideración sea relacionada con el engaño y la mentira, bajo el estribillo del “fake news”.

Charlie Anderson, profesor de ciencias políticas de George Washington University, destacó que “es muy preocupante que se ataque a la prensa de esta manera tan soberbia por el mero hecho de no gustar un artículo, no estar de acuerdo con un reportaje o punto de vista”.

Es sencillamente muy preocupante.

Apenas dos horas después del tiroteo en la redacción del periódico Capital Gazette, la secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Sarah Sanders, tuiteaba: “…un ataque violento contra periodistas inocentes haciendo su trabajo es un ataque a todos los estadounidenses”.

Un día después, el presidente Donald Trump señaló que “los periodistas, como todos los estadounidenses, deberían estar libres del temor de ser víctimas de ataques violentos mientras hacen su trabajo”.

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