Tomada de la mano de su hermano de ocho años, Celia Suárez abordó un avión de La Habana a la Florida en 1960. Solo dos años después de haber sido enviada al exilio, como estudiante de la Universidad Católica de Washington DC, vivió acontecimientos históricos como los asesinatos de Kennedy y Martin Luther King, mientras, esperaba que sus padres salieran de la Cuba comunista.

“Fue una experiencia difícil, pero yo venía apoyada por un gran conocimiento de la cultura americana porque había estudiado en un colegio americano, Ruston Academy, desde los 4 años. Inclusive el director James Baker fue el que comenzó la idea de Pedro Pan a raíz de que los padres empezaron a mostrarle preocupación por la situación que el comunismo estaba generando en el país y las historias de que a los muchachos se los podrían llevar a Rusia. Él estaba muy bien conectado con la embajada norteamericana y con hombres de negocios, estableció una red de personas que se ocuparon de llevar a los niños a conseguir visas de estudiante y todos los trámites para poder venir a los EEUU”. Así lo recuerda Celia aunque han pasado seis décadas.

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Vestida de un rojo que contrasta con su cabello gris y rodeada de libros y objetos personales en su apartamento en Coral Gables, relata que su hermanito de 8 años estaba escuchando todo lo que se hablaba en casa de las reuniones en el colegio donde Mr. Baker propuso la opción de que salieran de Cuba para EEUU donde, dijo, estarían bien cuidados. “Entonces mi mamá habló con mi hermano antes de hablar conmigo y él le dijo ‘sí, mami, yo me quiero ir’. Aparentemente asustado por las cosas que estaba oyendo. Luego mi mamá habló conmigo y yo le dije ‘no me quiero ir, se va la familia junta o no se va’. Pero ella insistió en que me tenía que ir no solo por mí sino también por mi hermano. Así que nos fuimos los dos. Esa fue una experiencia muy triste, solo de recordar que salimos mi hermano y yo agarrados de las manos al ir hacia el avión y mirando hacia atrás sabiendo que por delante teníamos la incertidumbre, era muy doloroso”.

El exilio sin los padres

“Al llegar a Miami yo caí bajo la tutela del Catholic Wealth, el programa que tenía establecido Monseñor Walsh. Como mi hermano era menor, mi mamá pensó que era problemático enviarlo a una institución y fue a vivir con nuestra tía, que era además su madrina y tenía tres hijos. Para mí fue difícil, pero para él tiene que haber sido más doloroso porque vino a una edad mucho más tierna. Luego se separa de mí...

“Eso fue en 1960, el programa estaba recién comenzando, no teníamos un lugar especial a donde ir, me llevaron a una escuela en Brickell, donde actualmente hay una iglesia, éramos inicialmente veintipico, fuimos aumentando a medida que pasaban los días y como se acercaba la fecha de retorno de las estudiantes de ese colegio, que estaban de vacaciones, nos trasladaron a un orfanato que estaba de miedo: un cuarto de literas, donde nos volaban las cucarachas gigantescas de un lado para otro. Pero en la juventud todo es fácil, nos reíamos de eso. A los pocos días vino una trabajadora social y nos dijo: ‘hay cinco becas para estudiar en la Saint Joseph Academy en St. Agustin’. Las que estábamos por terminar la secundaria teníamos prioridad, y yo por poco me caigo de la silla diciendo ‘yo me voy’. Y me fui con dos compañeras mías también del Ruston Academy. Allí me gradué de High School (llorando por la tristeza de no estar con mis padres) y pasé a la Universidad en Catholic University of America en Washington DC.

“Cuando caí en Washington DC, tenía familiares en Virginia y los domingos un vecino americano les prestaba un Cadillac y ellos iban al orfanato y nos recogían a mí y a mis compañeras y nos hacían comidas. También tenía el apoyo de las propias amigas mías del colegio”.

“A mi hermano no lo podía ver mientras estaba estudiando de enero a julio. En el verano, viví con él. Fui a casa de mi tía y me encontré con ellos, además de que nos llamábamos periódicamente. Con Cuba el contacto sí era muy difícil. A duras penas se podía llamar, era casi imposible, el costo era muy alto y nosotros no teníamos nada. Salimos creo que con cinco o diez dólares en el bolsillo que era lo único permitido.

“Como el gobierno sabía que estábamos fuera y que no íbamos a regresar, empezó a divulgar que esto era un programa de la CIA. Una falsedad. En las cartas de mi padre, no obstante, él me escribía: ‘en esta carta va una fotografía de Lincoln’. A veces llegaba el billete y a veces no. Y era que le quedaban dólares y me los mandaba. Yo no recuerdo haber hablado con ellos por teléfono en aquella etapa. Mi hermano al principio sí. Pero cada vez que hablaba mi hermano con mi mamá y mi papá se ponía muy triste, al otro día no quería ir al colegio ni nada, Entonces mi tía les dijo: ‘no pueden estar hablando tan frecuentemente con él’. Por lo tanto, la comunicación era muy limitada”.

La ilusión de un retorno rápido

“La idea que teníamos era que estaríamos en EEUU máximo un año o dos, en lo que se resolviera la situación, ya que el gobierno cubano estaba interviniendo nuestros colegios en Cuba. El mío era un colegio laico, pero en muchos de los colegios religiosos, a las monjas y sacerdotes los estaban expulsando del país en barcos. Una vez que pasara un año y esto se acabe, pues se pensaba que no iba a subsistir esa situación en Cuba, pensábamos volver y todavía estoy esperando volver.

“Ya al año y medio de estar aquí tuve la buena fortuna de poder reclamar a mis padres y todos mis familiares vinieron, gracias a que hubo unos últimos vuelos que salieron de Cuba porque después hasta se cerraron los vuelos. Yo había empezado mis estudios universitarios, que era parte de mi plan estando en Cuba, venir a estudiar en una universidad de EEUU. Mis padres vinieron y se reunieron con mi hermano, lo que era para mí una tranquilidad. Pero siempre pensando que podríamos regresar a Cuba. Hasta que vino ese desastre de Bahía de Cochinos y después la crisis de los misiles y francamente pensé que mi regreso estaba muy lejano. Aun así, no perdí nunca las esperanzas y a finales de los 80, cuando vino la transición y el mundo soviético se desbarató, hubo una gran alegría en la comunidad cubana pensando que estaba por llegar el fin del comunismo para nosotros también. Willy Chirino, que entre paréntesis también es un Peter Pan, hasta hizo una canción, Ya viene llegando. Así que con el pasar del tiempo yo nunca perdí las esperanzas, pero ya yo pienso que no tendré un regreso a Cuba. Cuba tiene ciertas cualidades que la hacen ser amada por sus hijos, a pesar de la desafortunada historia política, su cultura es muy rica y hay una cosa en el alma cubana que nos dice: esto es triste, pero tenemos que seguir”.

El agradecimiento

“Pienso que una de las cosas más importantes en la vida es sentir gratitud y al director de la escuela, que abrió ese programa y nos dio la oportunidad de incorporarnos a mí y a mi hermano, le estoy eternamente agradecida y todavía hoy cumplo con él con gratitud. Y con el tiempo, la educación que yo recibí de esa escuela que él dirigía es lo que me ha permitido a mí educarme, educar a mi hijo, tener una vida profesional rica, agradable, tener un retiro confortable y vivir en un país donde el derecho de la mujeres a trabajar y valerse por sí mismas es bastante respetado.

“Por ese sentido de gratitud siempre me he involucrado en actividades comunitarias y de mi colegio. Hoy en día estoy involucrada en los preparativos para la conmemoración del centenario de esa escuela, la Ruston Academy, que se fundó en La Habana. La gente pensará que estamos locos por celebrar el centenario de una escuela que aparentemente no existe, no tiene sede, la cerraron en 1961 y desde entonces no ha habido más estudiantes. Pero aquí en Miami los Baker crearon la Ruston Baker Educational Institution Foundation. Es que de verdad era un colegio internacional donde los cubanos se americanizaban y los americanos se cubanizaban.

“La Operación Pedro Pan no solo me dio la oportunidad de estudiar sino también de reclamar a mis padres. Mi hermano el que salió conmigo ha tenido una carrera exitosa como médico. Y estamos agradecidos no solo a Baker sino también a nuestra mamá, por el sacrificio que hizo. Mi padre me contaba que desde que salimos de Cuba, no hubo una noche en la que mi madre no llorara pensando en nosotros, hasta que llegó aquí. Agradezco la oportunidad de haber llegado aquí y haber podido disfrutar de la vida como lo he hecho, pero hay que reconocer que la nuestra fue una experiencia desgarradora. Cuando tuve a mi hijo entre mis brazos, que era el primer nieto de mis padres, lo apreté contra mi pecho y me dije: ay, dios mío, perdóname por ser tan egoísta, porque yo jamás me separaría de él como hizo mi mama para salvarnos la vida. Verdaderamente fue lo que sentí, y mi pobre mamá hizo un sacrificio al decir ‘tienen que irse’.

“Como alguien me dijo una vez, nosotros somos Operación Pedro Pan, pero en Cuba se quedaron 90 mil sin pan. Esperando salir por esa vía y son los muchachos sin pan. Y es cierto. Es terrible la situación que se desarrolló en Cuba”.

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