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Una cosa es cierta: el tercer debate presidencial hará historia. Puede que no sea el más visto o el más violento. Pero de seguro será el primero en la historia de la televisión en que los dos candidatos llegan seriamente abollados. Lo de esta noche es el último y decisivo round en un combate que se ha agudizado como nunca en las últimas dos semanas.

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El republicano Donald Trump llega con la acusación a cuestas de haber acosado a nueve mujeres, de incitar a la violencia política, de haber sugerido el arresto de sus oponentes políticos o la censura a la prensa pero, sobre todo, bajo el estigma de la colaboración clandestina con una potencia extranjera: Rusia.

Mientras que la demócrata Hillary Clinton se presenta en medio del recrudecimiento del escándalo de los correos electrónicos divulgados por WikiLeaks, donde ha salido a relucir desde los intentos de sabotear por dentro la campaña de su rival, el senador Bernie Sanders, pasando por la confirmación de sus nexos con los banqueros de Wall Street, una aparente dualidad de posturas políticas, sus comentarios privados sobre Israel y los intentos de tapar su desempeño durante el ataque al consulado de Benghazi, Libia. Por último, el intento por parte del Departamento de Estado, de presionar el FBI a disminuir la clasificación de un correo electrónico a cambio de un mayor acceso a las embajadas estadounidenses.

El más criticado en estos últimos días de la campaña es el magnate neoyorquino que en los últimos días parece haberse disparado un tiro en el pie a punto de que uno de los mayores estrategas demócratas considera que la campaña está acabada.

“La lanzó. Falló miserablemente. Ha muerto”, sentenció James Carville, el responsable por la victoria del expresidente Bill Clinton en la década de los años 90.

De todos modos, no significa que la exsecretaria de Estado las tenga todas a su favor todavía. “Esta es la cosa: solo porque Trump está de capa caída no significa que nuestro trabajo está acabado. Los demócratas todavía tienen la oportunidad de ganarse toda la enchilada. En las próximas 48 horas hay que preguntarse si queremos solamente un taco o toda la enchilada”, escribió Carville en un correo electrónico de recaudación de fondos.

En este caso, el ‘taco’ es solo la Casa Blanca y la ‘enchilada’, la presidencia y el Capitolio. Porque las acusaciones de Trump de que las elecciones están amañadas, incluso con la complicidad por parte de los ‘inmigrantes indocumentados’, o que la prensa se ha aliado a los demócratas para colocar a su rival en la mansión presidencial, parecen haber provocado una reacción de rechazo tan profunda que los republicanos están seriamente preocupados con la posibilidad de perder el Senado y la Cámara de Representantes.

Lo ha alertado hasta el propio presidente de la cámara baja, Paul Ryan, que se ha distanciado de Trump, a punto de que el magnate inmobiliario lo ha considerado un ‘traidor’ por aquello de que los republicanos se deben mantener unidos. Como admiten los propios políticos inclinados hacia los republicanos es muy difícil argumentar a favor de Trump cuando el candidato sigue insistiendo en que las elecciones están ‘amañadas’ sin presentar cualquier tipo de pruebas. Lo ha dicho gente como el senador pode Florida, Marco Rubio.

“Estas elecciones no están amañadas. No hay ninguna prueba de ello y no se debe seguir insistiendo en ello”, dijo Rubio el lunes durante un debate televisivo. En (Florida) hay 67 condados, cada uno lleva a cabo sus elecciones. Les prometo que no hay una conspiración de 67 condados para amañar las elecciones. Hasta tenemos un gobernador republicano”, enfatizó. En Florida, Clinton se encuentra a cuatro puntos en la delantera de Trump, según un sondeo de CBS y el Wall Street Journal.

Pero no es solo esto. Cosas como decir que la exsenadora estaba ‘drogada’ durante el último debate, donde sugirió que debía ser arrestada y más tarde extendió la amenaza a sus oponentes, o que la prensa debía ser ‘controlada’ y llevada a los tribunales ‘por artículos maliciosos’ hacia él y su campaña, son ejemplos que tocan los fundamentos de la propia esencia de la democracia estadounidense que lleva a muchos analistas a concluir que Donald J. Trump ha sacado lo peor de sí, su tendencia hacia el totalitarismo. “Esto es una locura. Las elecciones libres y una prensa libre son las bases de nuestro país”, dijo David Gergen, quien ha sido asesor de cinco presidentes estadounidenses.

A todo esto hay que sumar la proximidad de Trump con el presidente ruso Vladimir Putin, que ha llevado a la campaña de Clinton a acusarlo de interferir en la política estadounidense y de estar detrás de la divulgación de los correos electrónicos comprometedores. El empresario tampoco ha ayudado mucho en disipar esta idea. El 27 de julio pasado en un discurso fue claro. “Si alguien en Rusia me está escuchando espero que logren encontrar los más de 30.000 correos que están perdidos”, afirmó.

La posibilidad de un concluyo entre el candidato republicano y el mandatario ruso ha llevado incluso al presidente Barack Obama a comentar el tema. “Los seguidos elogios del señor Trump en relación al señor Putin y el grado en que parece haber modelado muchas de sus políticas de las del señor Putin, no tiene precedentes en la política estadounidense y está muy desfasado (…) de lo que piensan, o al menos pensaban hasta hace algunos meses, muchos de los republicanos que ahora lo apoyan”, precisó Obama el martes en una rueda de prensa.

La impresión de que la campaña republicana va cuesta abajo es tan generalizada que hasta Michael Collins, uno de los principales asesores de Trump, manifestó el martes a la cadena CNN dudas sobre una victoria. “Espero que gane”, dijo.

Lo peor de todo es que el republicano llega al debate de esta noche tras una semana donde dio claramente a entender que “después de mí, el diluvio”. Y muchos creen que sus acusaciones de que las elecciones están amañadas parecen ser una admisión subliminal de derrota. El cantante Bruce Springsteen piensa que Trump está acabado pero asevera que no si irá sin dar una última batalla. “No creo que se vaya callado, en calma, hacia la noche. Va a meter todo el follón que pueda”, dijo este fin de semana al Canal 4 News del Reino Unido.

En medio de todo esto, Hillary Clinton tampoco se presenta indemne en el debate de esta noche. La revelación de los correos electrónicos por parte de WikiLeaks ha sido demoledora, a punto de que ni la candidata o su entorno han querido comentar. “(Los correos) han dado la idea de que, al menos en determinado momento, hubo mucha confusión dentro de la campaña y que había que ganar estas elecciones a toda costa. Eso no es bueno”, comentó Gergen.

Varios de los correos demuestran que los vínculos de la candidata demócrata con Wall Street son mucho más intensos que lo que ella ha admitido públicamente. Al menos dos discursos pronunciados en una reunión de Goldman Sachs dejan bastante claro que una eventual presidencia de Hillary Clinton mantendría un vínculo muy estable con el que está considerado el verdadero ‘banco mundial’. “Los he representado por ocho años. Tuvimos muy buenas relaciones y trabajamos juntos para reconstruir el centro (de NY) después del 11 de septiembre, que respeto mucho vuestro trabajo y la gente que lo hace”, afirmó Clinton según la transcripción de uno de los discursos.

En la última semana la campaña se ha vuelto algo tan personal que esta noche el debate es para alquilar balcones. Para Clinton la salida es mantener la ecuanimidad. Para Trump lo mejor es que deje la cuestión de faldas fuera de la ecuación porque los techos son de vidrio. Porque lo que ocurra esta noche va a sellar definitivamente el desenlace electoral.

 

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