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MIAMI.- Tal como se esperaba, la noche del martes continuó durante la madrugada del miércoles, y aún no se sabe quién gana esta elección presidencial.

En resumen, Donald Trump no ha perdido y Joe Biden aún no ha ganado. Y esa es la prueba para entender que Trump no es un suceso electoral que tuvo lugar en 2016 que el país cambiaría en 2020. El Presidente ha demostrado que él representa lo que pudo despertar en muchos: el apetito por cambios en la política del país.

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Trump comenzó ganando los estados de West Virginia, Ohio y Florida, entre otros, mientras el candidato demócrata, Biden, le seguía los pasos con Virginia, Illinois, Massachussets y New York, además del esperado triunfo en California, pero tras transcurrir la medianoche era todavía temprano para establecer claramente un ganador, mientras Georgia, Pensilvania, Michigan y Wisconsin seguían sin un ganador.

La meta es al menos alcanzar 270 votos del Colegio Electoral, no precisamente el voto directo que usualmente reflejan las encuestas, para ser coronado presidente.

Durante la madrugada, estados clave como Georgia, Carolina del Sur, Pensilvania y Minesota anunciaron que paraban de contar votos y que continuaría durante el día el miércoles, lo que motivó una sin igual espera que ha puesto en vilo a la nación.

Y si el conteo demora, incluso si el resultado es cuestionado por una de las partes, el país cuenta con leyes y procesos jurídicos que garantizan el resultado democrático.

Escenario

La recién finalizada campaña presidencial en el país se desarrolló en un escenario inusual, marcado por la pandemia de coronavirus, que en ocho meses infectó a más de nueve millones de personas, acabó con la vida de 232.000, puso en quiebra a miles de empresas y lanzó al desempleo a millones de trabajadores. En este marco de frustración, enfado, protestas y desesperanzas se vieron las caras el presidente Donald Trump y el vicepresidente Joe Biden.

Las campañas políticas modernas son viscerales. Apelan más a los sentimientos de la audiencia que a la razón. Los estrategas saben que la indignación es la savia que nutre a sus bases y se apoyan en ella para mover al electorado hacia las urnas como forma de canalizar su frustración.

En la recién terminada contienda, el miedo y la propaganda negativa fue la principal estrategia de ambas campañas. Se atemorizó a la sociedad con la posibilidad del fraude, el peligro de la izquierda, el temor al racismo sistémico o la zozobra del calentamiento global. Se azuzó la angustia que puede provocar la pérdida de la libertad y se trabajó con perspicacia la ilegitimidad del otro, todos sentimientos viscerales que las bases consumen como el combustible idóneo para defender a ultranza sus posiciones.

El mensaje

Un elemento esencial de cualquier campaña política es el mensaje. Se trata de construir un relato que favorezca a un candidato determinado. La recién terminada contienda no fue la excepción. Hace cuatro años la maquinaria electoralista de Trump logró motivar a sus simpatizantes con un proyecto de cambio, acuñado por la frase Make America Great Again. El mensaje, que funcionó entonces, fue reciclado en 2020 aprovechando la oportunidad brindada por la crisis del coronavirus. Hacer América Grande de Nuevo, Nuevamente, insistió Trump en todos los mítines, coreado por una muchedumbre que anhelaba que la economía recobrase los niveles prepandemia, la llamada Era Trump de la economía.

El mensaje en una sola frase engloba orgullo nacional, patriotismo, economía, bienestar social y optimismo.

Por otra parte, los estrategas de Trump optaron por posicionarlo como el paladín de “la ley y el orden”. Astutamente, hicieron énfasis en la violencia de las protestas de Black Lives Matter como desordenes, actos vandálicos organizados por grupos radicales de izquierda, como Antifa. El énfasis se puso en la destrucción generada alrededor de las protestas y se tomaron de ejemplo para advertir sobre el peligro que constituía la izquierda radical para la estabilidad democrática de la nación y la propiedad. "No podemos permitir el predomino de las turbas" debe prevalecer "la ley y el orden”, enfatizó Trump en la Convención Nacional Republicana.

“Somos el partido de Abraham Lincoln, somos el partido de la ley y el orden”, dijo el mandatario en un mítin en Tulsa, Oklahoma en septiembre.

El tercer elemento que explotó Trump fue el optimismo, su campaña trabajó con astucia la fe en el futuro. “Tendremos la vacuna en otoño”, “tendremos la vacuna a final de año”, “tendremos la vacuna y venceremos al virus chino”. Trump dijo lo que la gente necesitaba escuchar en un momento lleno de incertidumbre.

Asimismo, utilizó la idea de mostrar a su oponente como una persona débil, senil, acabada y poco confiable para tener en sus manos las riendas de la primera potencia del mundo. “Biden es un títere en manos de la izquierda radical, en 47 años no ha logrado nada. ¿Por qué lo haría ahora?”

La campaña del presidente trató de identificar a Biden como una de las piezas del establishment que él prometió acabar. “Me dedico a la política por lo mal que lo ha hecho Biden”, sostuvo en los dos debates.

Estrategia de Biden

Desde la otra perspectiva, la campaña del expresidente Biden contaba con otros mimbres con los que desarrollar su estrategia hacia la Casa Blanca.

Al partir como favorito tras el desarrollo de la pandemia, le beneficiaba el descontento de millones de estadounidenses y podía sacar partido de la crisis económica generada por el cierre forzoso de la economía debido al COVID-19.

Por otro lado, las protestas de Black Lives Matter, surgidas tras el asesinato de George Floyd a manos de un policía en Minneapolis en un principio eran vistas con simpatía por los votantes demócratas. Todas estas condiciones formaban el cuadro perfecto para cualquiera que aspirara a arrebatar a Trump las llaves del poder. Solo era menester echar sal sobre las heridas abiertas de un rival que se desangraba a la vista de todos.

Biden, con 77 años y amplia experiencia política, hizo una campaña a la medida de sus fuerzas y necesidades. Sin grandes sobresaltos, evitó sobreexponerse, escogió muy bien los momentos de sus escasas apariciones, utilizando la coartada del virus. Para el vicepresidente estas elecciones eran un referéndum al mal desempeño de la pandemia.

“Hay un candidato haciendo frente a la pandemia, a las manifestaciones, y tratando de levantar la economía, y otro escondido sin hablar con nadie, esperando a ver qué pasa”, observó el analista político Diego Mella, cuando trataba de desentrañar la campaña.

Tal es así que los estrategas del vicepresidente pusieron el énfasis en el manejo de la pandemia por parte de la Casa Blanca. Lo vimos en el primer debate entre los dos candidatos, ocurrido en la localidad de Nashville, en Tennessee, cuando Biden echó en cara a su oponente que “más de 200.000 estadounidenses habían muerto entonces”. Entonces, dirigió su mirada a la cámara y dio un mensaje en concordancia con la idea trabajada en los spots publicitarios que inundaron los programas de televisión y radio y las principales plataformas de Internet. “No se trata de su familia o la mía, se trata de usted, que ha perdido un familiar”, habló mirando a los televidentes.

Biden también fue muy crítico con la pronta reapertura de la economía y el regreso prematuro al trabajo de los estadounidenses “antes de controlar totalmente la pandemia.”

El vicepresidente se movió todo el tiempo como quien no quiere alborotar un avispero. Evitó entrar en detalles de su propio programa presidencial o abordar sus políticas económicas o medioambientales, para no exacerbar las marcadas diferencias existentes entre sus votantes, que van desde la extrema izquierda hasta el centro, y así evitó dividir sus fuerzas. Aunque realmente era muy fácil ver en cualquier hemeroteca al vicepresidente atacando a la industria petrolera, al fracking y al cinturón del óxido, que tanto trabajo manufacturero creó en Wisconsin, Pensilvania y Michigan.

Por eso, sus estrategas buscaron poner el acento en la forma y en la imagen. Lo importante era que el tiempo transcurriera sin decepcionar y de paso hacerse con algunos votos indecisos, que las encuestas situaban en el 10%.

Un gran momento en la estrategia de las formas fue escoger el 11 de agosto, como vicepresidenta a la senadora y exfiscal de California Kamala Harris, de origen afro y mujer. Así hizo un guiño a dos grupos demográficos primordiales para la victoria, las mujeres y los afroamericanos. En caso de imponerse en los comicios, Harris se convertiría en la primera mujer vicepresidenta en toda la historia de EEUU.

Además, la campaña de Biden trató de asociar a Trump con la imagen del racista, de la persona que no cree en la ciencia, del ser mal educado que no merece ni un día más la presidencia del país.

Explotó muy bien el titubeo de Trump a la hora de condenar a la organización supremacista blanca Prod Boys y le llamó repetidamente racista.

No obstante, a todos los esfuerzos, la campaña de Biden fue incapaz de poner en boca de sus seguidores, un lema que invitara a la acción, como aquel “Yes, we can” de Obama, que se escuchó en todos los confines del mundo como símbolo de esperanza y cambio, como voluntad de acabar con la guerra de Irak y poner fin a la crisis de 2008. Un símbolo que para muchos marcó el comienzo de un nuevo capítulo en la historia del país.

Pero Biden tan ocupado en no hacer olas, trabajó un mensaje difuso que pretendió, como único propósito, la derrota de Trump. La frase Come on, man!, tantas veces utilizada durante la campaña, fue insuficiente porque incluso transmitía un sesgo de frustración e impotencia.

El miedo

El mensaje del miedo fue el arma más recurrente en las estrategias de ambas campañas. En agosto, al finalizar la Convención Demócrata, Biden prometió convertirse en el aliado de la luz. Acusó a Trump de haber traído demasiada oscuridad a Estados Unidos. Imagen que repitió en el último debate presidencial augurando que “nos espera un invierno negro”.

En este aspecto el eje de la campaña de Trump fue advertir insistentemente sobre el peligro de la izquierda radical que se esconde tras el candidato demócrata. “El Partido Demócrata que conocieron alguna vez ya no existe” dijo en un mítin en Michigan, un estado decisivo en la victoria de 2016.

El tono

Joe Biden llamó al presidente payaso y mentiroso cuando Trump le sacó de paso al interrumpirle varias veces durante el primer debate presidencial. Pero su tono en general ha sido pausado y como el quien busca el entendimiento.

“En su larga trayectoria, Biden ha trabajado muy de cerca con el Partido Republicano, mostrando una conducta cívica que supera cualquier diferencia entre los partidos. Biden viene con una proyección de experiencia y calma. En una crisis como la que estamos pasando, la conducta y el lenguaje son básicos. El país está buscando capacidad, predictibilidad y, sobre todo, calma”, sostuvo el analista político demócrata Luis Lauredo.

Sin embargo, para el senador estatal republicano de Florida Manny Diaz, “el presidente está fuera de las normas establecidas porque no se conforma con el estancamiento que existe en Washington y busca la manera de hacer cambios. Y cuando se hacen cambios molesta a muchas personas de ambos lados, del establishment y la prensa hace lucir esto como si fuera un caos”.

La batalla por Florida y el voto latino

Todo camino a la Casa Blanca pasa por Florida. Así ha sido hasta ahora desde 1996. Por sus características el Estado del Sol podría decidir con sus 29 electores la mayoría electoral que necesaria para hacerse con Presidencia.

Es por ello que ambos candidatos se disputaron palmo a palmo los 2.5 millones de votantes latinos de Florida. La clave de la batalla es convencer a los indecisos. Según la encuestadora PEW, 948.000 latinos se registraron como demócratas, 640.000 republicanos y 880.000 sin afiliación.

Trump, Pence, Biden, Harris, Obama, se remangaron sus camisas y se lanzaron discurso en mano por toda geografía del estado, Broward, Tampa, Opa-Locka, Orlando, Miami-Dade en lo que pareció una batalla sin descanso para convencer a cada uno de los votantes del estado.

Presupuesto de campaña

En junio el Comité Nacional Republicano recaudo 131 millones mientras que los demócratas 141 millones, repitiendo la misma tendencia de mayo.

A mediados de octubre, la campaña de Trump y el equipo de reelección del Partido Republicano tenían 223,5 millones de dólares en total. De esos, solo 43 millones pertenecían a la campaña y le debía alcanzar para las últimas tres semanas.

Por su parte, la campaña del vicepresidente y el Partido Demócrata atesoraban en octubre un total de 331 millones en el banco. La propia campaña de Biden disponía de 162 millones.

En el debate, Trump reconoció que su rival había recaudado enormes cantidades de dinero. Pero le quiso restar importancia al asunto al decir que “cada vez que uno recauda se hacen tratos”. Fue la misma idea trabajada en 2015, cuando sostuvo que al autofinanciar su campaña, no estaba controlado por los donantes.

 

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