EEUU abrió finalmente sus puertas este viernes pero solo para 26.000 solicitantes activos de asilo que ingresaron con cuentagotas en el primer día de vigencia de las nuevas políticas migratorias del presidente Joe Biden.

El paso de solicitantes asentados en esta ciudad empezará el próximo martes, informaron funcionarios de la ONU. En Tijuana (noroeste), solo 25 fueron admitidos este viernes, según constató la AFP.

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El abogado cubano Joel Fernández, de 52 años, tuvo que recorrer once países durante 271 días para llegar a la ciudad de Matamoros (estado de Tamaulipas) en enero de 2020.

"Estamos viviendo una tragicomedia, un momento triste, un momento alegre", dice Fernández, uno de los 500 migrantes de varias nacionalidades albergados en este campamento al que Washington dará prioridad.

Pero el ambiente, el jueves, era tenso. Desde el mediodía se cerró el lugar ante la expectativa de poder cruzar la frontera.

"Ahora es un momento triste porque nadie sabe nada. Aquí hay cierta tensión, el estrés se va acumulando. ¡Dicen los compañeros que ya estoy hablando dormido!", asegura Fernández con un toque de humor.

Sabe que les harán una prueba de covid-19 y que hay orden de desmontar el campamento, pero ignora cuándo.

En Estados Unidos lo espera una prima que le dejará el manejo de un restaurante; en Cuba permanece su familia.

"He resistido todas las pruebas que Dios me puso en esta difícil travesía, en todas supe salir con vida. Quiero que llegue el premio: tener mi residencia, trabajar, traer a mi esposa, a mis hijos".

"Busco salvaguardar mi salud, estoy enfermo del corazón", dice José Madrid, un carpintero hondureño de 40 años que también espera en un albergue de Ciudad Juárez poder regresar a Estados Unidos.

Saboreó el "sueño americano" en 2014, luego de ser contratado por una empresa.

"Llegué en avión, tenía visa de trabajo, pero fui explotado y renuncié. Estuve ilegal en varios trabajos, pero pasó lo de mi enfermedad".

Tras ser operado del corazón en 2017 gracias al programa Medicaid, volvió a emplearse. Sin embargo, fue detenido y entregado a migración después de un accidente de tráfico. Lo deportaron el 3 de agosto de 2018.

"En Honduras recaí, toqué puertas y nadie me ayudó, la única salida era irme". En abril de 2019, sin dinero, partió a México.

"No pagué por el viaje, me acompañó Dios y llegué sin un tropiezo en el camino".

En su solicitud de asilo argumenta que requiere atención médica que en Honduras le han negado, pero se enfrenta al rechazo de autoridades estadounidenses y ningún abogado de migrantes quiere tomar su caso.

"Algunos groseramente me dicen que estoy perdiendo el tiempo, pero yo tengo fe en que habrá algo para mí en ese nuevo programa" migratorio, sostiene.

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