jueves 2  de  julio 2026
Perspectiva

El Cuatro de Julio: La revolución que eligió la libertad en lugar del poder

La Constitución fue escrita por hombres que entendían que el poder corrompe, que las pasiones fluctúan y que ningún movimiento político, por noble que parezca, debe poseer jamás autoridad ilimitada

Diario las Américas | ANDRÉS ALBURQUERQUE
Por ANDRÉS ALBURQUERQUE

El Cuatro de Julio no es simplemente el aniversario de la independencia estadounidense. Es la conmemoración de algo mucho más raro en la historia humana: una revolución que verdaderamente logró expandir la libertad humana en lugar de simplemente reemplazar una casta gobernante por otra.

La mayoría de las revoluciones se devoran a sí mismas. Comienzan con promesas de justicia y terminan en tiranía, derramamiento de sangre o desilusión. La Revolución Americana se mantiene sola como la gran excepción histórica, una revolución que produjo no caos, sino orden; no venganza, sino ley; no dictadura, sino libertad constitucional.

Esa singularidad explica por qué el Cuatro de Julio sigue resonando mucho más allá de las fronteras de Estados Unidos.

Los Padres Fundadores estadounidenses entendieron algo que los revolucionarios posteriores ignoraron de forma desastrosa: la libertad no puede sobrevivir si el poder mismo queda sin control. Su objetivo no era simplemente derrocar a un rey. Innumerables personas han hecho eso. Su logro fue infinitamente más difícil: crearon un sistema diseñado para limitar permanentemente a los gobernantes, incluidos ellos mismos.

Compárese esto con la Revolución Francesa.

Los revolucionarios franceses predicaban libertad mientras desataban el terror. Destruyeron la monarquía solo para entronizar el fanatismo, la violencia de las masas y, finalmente, a un emperador. La guillotina se convirtió en símbolo no de libertad, sino de histeria ideológica. Francia cambió una corona por otra, demostrando que el odio por sí solo no puede construir una república.

Luego llegó la Revolución de Octubre en Rusia, quizá el experimento político más catastrófico de los tiempos modernos. Bajo la bandera de la igualdad, los bolcheviques aniquilaron la sociedad civil, aplastaron la religión, eliminaron la disidencia y construyeron una maquinaria de represión que oscureció todo un siglo. Una nación de inmenso brillo cultural y promesa intelectual fue sepultada bajo décadas de miedo, censura, hambruna y terror estatal. Lo que se llamó liberación se convirtió en encarcelamiento a escala continental. Y todo fue hecho deliberadamente.

Y para muchos hispanos, especialmente los cubanos, la lección resulta dolorosamente familiar. La Revolución Cubana, o más exactamente, la involución cubana, prometió soberanía, dignidad y justicia social. En cambio, congeló a toda una nación en el tiempo. Un país que se encontraba al borde del despegue económico, con una de las sociedades más dinámicas de América Latina, fue arrastrado hacia la pobreza, la dependencia y la represión. Generaciones heredaron libretas de racionamiento en lugar de oportunidades, consignas en lugar de prosperidad, exilio en lugar de esperanza. Y todo esto fue perpetrado por la misma “pandilla” que hizo posible la Revolución de Octubre. La Quinta Columna dentro de Occidente.

El patrón se repite a lo largo de la historia: las revoluciones centradas en el resentimiento terminan consumiendo la propia libertad.

Estados Unidos escapó de ese destino porque su revolución estuvo anclada no solo en la rebelión, sino en principios.

El genio de Estados Unidos no radica en proclamar la perfección humana, sino en reconocer la imperfección humana. La Constitución fue escrita por hombres que entendían que el poder corrompe, que las pasiones fluctúan y que ningún movimiento político, por noble que parezca, debe poseer jamás autoridad ilimitada.

Por eso nuestra Constitución sigue siendo, quizás, el mayor documento político jamás concebido. Creó un marco capaz de autocorregirse sin provocar el colapso nacional. Enmiendas, elecciones, revisión judicial, federalismo y separación de poderes permitieron que la nación evolucionara mientras preservaba su continuidad. Estados Unidos mejoró no destruyéndose a sí mismo en cada generación, sino reformándose dentro del orden constitucional.

Ese es el verdadero milagro del Cuatro de Julio. La Revolución Americana no buscó la utopía. Buscó la libertad bajo la ley. No intentó reinventar la naturaleza humana. Intentó proteger al individuo de los excesos de los gobernantes, de las masas y de los ideólogos por igual.

Eso no significa que Estados Unidos sea perfecto. Nunca lo ha sido. Mucho queda por mejorar, especialmente para aquellos estadounidenses que siguen siendo económicamente vulnerables, socialmente marginados o atrapados en ciclos de pobreza y desesperanza. Una gran nación debe esforzarse constantemente por ampliar las oportunidades, fortalecer las comunidades y preservar la dignidad de sus ciudadanos menos favorecidos.

Pero reconocer las imperfecciones es profundamente diferente a demonizar a la propia nación. Estados Unidos sigue siendo, pese a todos sus defectos, la gran nación menos imperfecta que la humanidad haya producido hasta ahora. Sus instituciones todavía permiten la crítica, la reforma, las elecciones, el emprendimiento, la libertad religiosa, la disidencia y la movilidad social en una escala incomparable frente a los estados ideológicos fallidos que no dejan de darle lecciones.

Por ello, resulta tanto imprudente como autodestructivo continuar por la senda moderna del odio nacional hacia uno mismo promovida por sectores de la izquierda radical, una visión del mundo que enseña a los jóvenes estadounidenses a despreciar su propia civilización mientras se niega a reconocer las extraordinarias libertades y prosperidad que esta ha generado.

Aún más peligrosa es la creciente insistencia de que las fronteras, la ciudadanía y la cohesión nacional son, de algún modo, conceptos inmorales. Toda nación soberana no solo tiene el derecho, sino la obligación, de saber quién entra en su territorio, de examinar responsablemente a quienes llegan y de proteger a sus ciudadanos de quienes rechazan abiertamente sus valores o buscan explotar sus libertades mientras odian la sociedad que las garantiza.

La compasión y la soberanía no son opuestos. Una nación sin fronteras termina convirtiéndose en un territorio más que en un país. Y ninguna república constitucional puede sobrevivir indefinidamente si pierde la confianza en su propia identidad, sus tradiciones y su derecho a la autopreservación.

Por eso, casi dos siglos y medio después, la gente sigue arriesgándolo todo para venir a Estados Unidos, mientras que casi nadie arriesga su vida escapando hacia los restos de sistemas revolucionarios fracasados.

Y quizá esa sea la verdad final y más aleccionadora de todas.

Pese a todas sus imperfecciones, contradicciones y luchas inconclusas, Estados Unidos sigue siendo el último gran bastión de la libertad ordenada en un mundo cada vez más consumido por tentaciones autoritarias, extremismos ideológicos, fragmentación cultural y nihilismo político. Estados Unidos es mucho más que una entidad geográfica o una potencia económica. Es el pilar central que sostiene la frágil idea de que hombres y mujeres libres pueden gobernarse a sí mismos bajo la ley sin entregar su dignidad a tiranos, oligarcas o multitudes.

Por eso, el esfuerzo constante por deslegitimar a Estados Unidos, borrar su historia, debilitar sus instituciones, disolver sus fronteras y avergonzar a sus ciudadanos hasta hacerles abandonar la confianza en su propia civilización no es simplemente peligroso para los estadounidenses; es peligroso para la humanidad misma.

Si Estados Unidos llegara alguna vez a colapsar desde dentro bajo el peso del odio, la división y la autodestrucción ideológica, las consecuencias no quedarían confinadas a sus costas. El vacío que dejaría atrás no sería llenado por alguna utopía ilustrada, sino por el caos, la represión, el fanatismo y el ascenso de poderes mucho menos comprometidos con la libertad, los derechos individuales o las limitaciones constitucionales al poder.

La historia nos enseña que cuando las grandes civilizaciones pierden la fe en sí mismas, la oscuridad rara vez tarda mucho en llamar a la puerta.

El Cuatro de Julio, por tanto, no es simplemente una celebración del pasado estadounidense. Es un recordatorio de una responsabilidad continua: preservar, mejorar, defender y merecer la extraordinaria herencia que nos fue confiada por aquellos que entendieron que la libertad, una vez perdida, rara vez se recupera sin un inmenso sufrimiento.

Porque si Estados Unidos deja de representar la libertad, puede que queden muy pocos lugares en la tierra donde la libertad aún pueda sostenerse.

El Cuatro de Julio, por tanto, representa mucho más que fuegos artificiales y patriotismo. Celebra ese raro momento en la historia en que un pueblo conquistó el poder y voluntariamente lo limitó. Cuando una revolución produjo instituciones en lugar de cultos. Cuando la independencia dio origen no al caos, sino a una civilización constitucional.

Ese logro sigue siendo uno de los mayores pasos positivos de la humanidad hacia adelante.

Y sigue siendo digno de ser defendido.

Autor

Andrés Alburquerque es un analista político, profesor universitario y personalidad mediática nacido en Cuba, reconocido por su firme defensa de los valores democráticos y su crítica al autoritarismo en América Latina. Nacido en La Habana en 1956 en el seno de una familia comunista, presenció desde temprano la desilusión que siguió a la Revolución Cubana, un punto de inflexión que moldeó su compromiso de toda la vida con la verdad política y la libertad cívica.

Forzado al exilio, Alburquerque vivió en distintas partes de Europa y América Latina, incluyendo Italia, República Dominicana y México, antes de establecer residencia permanente en Estados Unidos en 2007. Desde entonces, ha permanecido activo en círculos políticos republicanos, conocido por sus posiciones independientes y su disposición a desafiar la complacencia ideológica dentro de sus propias filas.

Es autor de Diez cuentos cubanos más o menos, una obra literaria que refleja sus raíces culturales y su perspectiva crítica sobre la sociedad cubana. Alburquerque también conduce Enfoque Ciudadano en YouTube, un programa enfocado en los desafíos políticos y sociales que enfrenta la democracia estadounidense en medio de una creciente polarización ideológica.

Su experiencia y trayectoria personal lo han convertido en un invitado frecuente en programas de radio y televisión en Miami, donde ofrece comentarios sobre Cuba, derechos humanos, democracia y política regional.

Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com

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