Mucho hemos escuchado, antes de la pandemia, que la universidad, tal cual la conocemos, va a desaparecer. Este criterio se fue incrementando con la presencia de la llamada “nueva normalidad” del COVID-19, donde las instituciones educativas se vieron obligadas a migrar sus clases a tutorías virtuales, sin estar preparadas para ese reto.

Y es que nuestras universidades deben evolucionar a un currículo 4.0, donde no existan las barreras físicas de tiempo y espacio para el logro de una meta académica. Los jóvenes ya no tienen el suficiente interés para estar, de manera presencial, en los ambientes universitarios conocidos. Deben crearse nuevos espacios abiertos al diálogo y a la discusión de ideas.

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Las aulas y laboratorios deben invertirse a través de un currículo basado en competencias, para la aplicación de casos de estudios y la construcción de teorías.

Próximamente, no veremos a los tradicionales ingenieros, abogados o licenciados, sino a jóvenes multitasking o multidisciplinarios, que no tendrán una carrera o título tradicional universitario, pero sí insignias y certificaciones digitales de competencias laborales, que los habilitan para un mercadeo laboral emergente y disruptivo.

No hay que preocuparse si nuestros hijos adolescentes no quieren ir a la universidad y prefieren hacer dos certificaciones técnicas, tres programas online y hasta estar conectados en YouTube, formándose de manera autodidacta. La preocupación debe ser para las universidades, que deben ocupar esos espacios con un nuevo currículo, donde lo importante sea sumar créditos en la construcción de un perfil de competencias único para cada persona.

Los programas académicos tradicionales ya no tienen sentido, porque, en los cinco años que suele durar los grados, los conocimientos se quedan obsoletos. Sustituir la idea de educación por la de aprendizaje, permitir que la gente aprenda en tiempo real, según sus necesidades, su verdadero propósito; ir a la escuela para crear curiosidad, con gente para aprender, ahí es donde los profesores tienen que ser buenos.

Quién hubiese pensado que ser influencer o coach llegarían a ser profesiones u oficios en plena evolución curricular, para llegar a obtener un grado académico. Entonces, ¿quién marca la pauta? ¿El mercado real o los planificadores curriculares de las universidades?

Requerimos universidades abiertas, con planes de estudio flexibles, escalables o modulares. Que existan varias rutas de carrera profesional y que cada paso represente un logro y una habilitación para el trabajo. Que lo importante sea la investigación y el desarrollo, más que la teoría conservadora. Hay que romper paradigmas, generando espacios más atractivos para las nuevas generaciones, porque, de lo contrario, algunas universidades desaparecerán.

* René Aguirre es especialista en licenciamiento, evaluación y acreditación de universidades. Docente, investigador y tutor universitario.

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