En mi modesto sentir, no creo eso que en prosa fácil cantan a vox populi por aquí y por allá: “Que la salsa ha muerto” ¿Que han sepultado el pasado, a nuestra herencia histórica y tradiciones? Eso no lo asiento. Ni siquiera aceptaría por un minuto que nosotros, los que estamos vivos, aquellos que respiramos en cada amanecer el aroma del café de nuestra tierra, hoy lejana, sepultaríamos el sarcófago de nuestra historia seis pies bajo tierra. Tampoco admito el hecho de que, por un puñado de monedas, secaríamos y guardaríamos eternamente las plumas que escribieron en su día habaneras, valses, tangos y canciones que cimentaron nuestra cultura. Fue así como se escribió nuestro pasado, con tinta blanca, negra, mestiza, con sangre y sudor, por ende, nuestro legado nos pertenece a todos por igual.

América Latina es y será siempre un continente heterogéneo, con gran patrimonio cultural. Las tradiciones y costumbres que nos definen hacen de nuestra raza hispana un entramado de hilos de un fino lienzo, con colores brillantes que se asemejan al quetzal, los guacamayos, el colibrí y otras aves que revolotean los cielos y paisajes de nuestras tierras. Todos volamos libres como cóndores andinos por los paraísos de este planeta, llevando nuestras culturas a donde quiera que vayamos.

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Muchos de nosotros emigramos a los Estados Unidos de América, un país que acoge diversas etnias con sus propias tradiciones, convirtiéndose así en un gran receptor de culturas, las cuales se acomodan en sus grandes urbes, conectadas por autopistas y fastuosos rascacielos, dándonos un espacio social para comenzar una nueva vida en este territorio.

En mi peregrinaje por el mundo, llegué a este país y a partir de ese momento comenzó un nuevo proceso de entendimiento, convivencia y aceptación de las diversas culturas que me rodeaban y, que a su vez convivían e interactuaban a diario conmigo. Llegué a Miami, ciudad que agrupa gran cantidad de coterráneos. Dos años más tarde, me reubiqué en Los Ángeles, la cual alberga la crema y nata del cine mundial. También es el hogar de una gran cantidad de inmigrantes hispanoamericanos. Esta nueva metrópoli me abrió sus puertas a lo ancho y fue aquí donde comencé verdaderamente a disfrutar de una mayor interacción con músicos y artistas de otros países latinoamericanos, en donde cada uno de nosotros poseía un elemento en común, el idioma español, una lengua que por su naturaleza propia y riqueza expresiva, hacía que cada encuentro con ellos fuera un jardín de historias y vivencias para compartir, aprender y disfrutar, toda una experiencia inolvidable y su vez un verdadero privilegio.

La unidad musical entre nosotros se suscitaba de una manera coherente y natural, pues aprendí otro tipo de música latina, otra manera de tocar, una nueva visión de cómo hacer la música cubana. También experimenté estilos musicales de Puerto Rico, Colombia, Venezuela, Santo Domingo, México, Perú, por solo nombrar algunos. Varios de estos géneros musicales habían permutado su nombre a una nueva denominación: “salsa”, la cual definiré en la siguiente sección.

De interpretar las canciones conocidas del repertorio nacional cubano como: Son de la loma, Guantanamera, Cha chán, me expandí a repertorios incógnitos y distantes a mi propia identidad, interpretando populares canciones de este estilo como Un verano en Nueva York del Gran Combo de Puerto Rico, Boranda de la Sonora Ponceña y Paco Lucca, La Murga de Héctor Lavoe, y muchas más, convirtiéndose este viaje un verdadero reto y a su vez, una hermosa aventura.

La “salsa” como tal, es una categorización creada para identificar un estilo de música que se origina en la mayor de las Antillas principalmente. El término es asociado con la casa discográfica neoyorkina Fania All Stars, quienes crearon a principio de la década de los sesenta un nuevo concepto de mercadeo, una nueva denominación que daba la impresión de que había una nueva corriente musical y un insólito estilo, cuando en realidad es la misma música que se hacía en Cuba por más de cincuenta años y que ya se escuchaba en Nueva York desde la década de los treinta aproximadamente. Coincidentemente, esto surge cuando las casas discográficas y las editoras se retiran de Cuba, dejando de ser la isla el principal proveedor de este tipo de música para el mundo a través de los canales de distribución norteamericanos.

El nombre “música cubana” ya no sonaba bien como frase comercial. Sospecho que esto se suscitó en gran medida por la negativa promoción que recibió Cuba en los medios de prensa, radio y televisión de Estados Unidos. Quizás, esto se origina a raíz de la crisis de los misiles en 1962, por lo que el nombre de Cuba o “música cubana” recordaba este evento de magnitud global y quizás no era conveniente seguir utilizando el nombre de la isla para definir nuestra música. Puede que esto motivara a los empresarios Johnny Pacheco y Jerry Massuchi a crear esta nueva denominación, o simplemente, fue pura casualidad histórica. Personalmente, no creo en este tipo de casualidades, pues el nuevo nombre salsa, borró del mapa norteamericano la música cubana como categoría, algo que no sucedió con la música brasileña, la cual vivió de 1964 a 1985 bajo gobiernos militares, pero para entonces, a nadie se le ocurrió llamar a la música brasileña “kétchup” o “mostaza”, al contrario, la samba y bossa nova mantuvieron sus nombres y país de origen. Solo hasta el surgimiento y éxito mundial del proyecto Buena Vista Social Club, en 1996, es que se retoma nuevamente el concepto de Cuban music, música cubana, ahora sí, con el sonido de aquella Cuba que recordaba la primera mitad del siglo veinte, no la nueva música creada en la isla en las últimas décadas.

La salsa no es un género musical y es algo que fue expresado en varias ocasiones por uno de los más grandes exponentes de este. El compositor y percusionista Tito Puente, dijo en más de una ocasión que “… la salsa no es un término musical, la salsa se come… la salsa no se ve, no se escucha, no se baila…”, véase en YouTube la entrevista de Puente publicada por un programa de televisión en Perú. Celia Cruz, “la reina de la salsa”, argumentó en otro programa televisado junto a Puente, que es para ella la salsa: “… es una palabra que se le adjudicó a todos los ritmos del caribe, principalmente a los ritmos de Cuba… la salsa es música cubana con nombre nuevo”.

Se agrupan en esta nueva definición varios estilos musicales cubanos, ellos son: el son montuno, la guaracha, el mambo, el cha-cha-chá, el bolero, el guaguancó y muchos más. También incorporaron la bomba y la plena de Puerto Rico. Los géneros musicales antes mencionados, pertenecen a la música popular bailable que se hacía en la primera mitad del siglo veinte en Cuba, -con la excepción de la bomba y la plena- que son oriundos de nuestra tierra hermana Puerto Rico. La salsa no incorporó lo nuevo que se creó en la isla en la segunda mitad del siglo, por lo que el crecimiento y desarrollo de estos estilos musicales no tuvieron difusión en los Estados Unidos. Estos géneros musicales evolucionaron hacia nuevas formas de expresión, sin llegar a volverse parte del lenguaje de la “salsa”, tal y como la conocemos hoy, quedando excluido del público, las emisoras de radio, las casas discográficas y más aún, todo aquel que pertenece al complejo entramado de la industria musical.

La música de Cuba siguió avanzando hacia combinaciones instrumentales más complejas, arreglos más atrevidos, armonías que comprenden la bitonalidad, poliacordes y estructuras novedosas, en donde el virtuosismo era parte de este nuevo estilo y lenguaje. Este avance se debe a que la gran mayoría de los músicos que integran las orquestas cubanas son graduados de música clásica, siendo los pianistas capaces de interpretar un concierto de Prokofiev y de ahí interpretar un rico son montuno; o podemos ver a un contrabajista tocar con la sinfónica el ballet Petrushka de Stravinsky y en la noche tocar en un club de jazz; los percusionistas, de aplicar la técnica avanzada de rudimentos de la caja para luego tocar el timbal, bien acompañando un hermoso Danzón. Así se repite la historia con cada uno de los instrumentos de la orquesta popular cubana moderna, la cual es extremadamente competitiva y exigente.

Esta proliferación de nuevos músicos e intérpretes, con talentos naturales y un agudo entrenamiento adquirido en escuelas de arte de Cuba, permitió que la música de la isla adquiriera un sentido más virtuoso y complejo en las últimas décadas, y a su vez, los géneros del pasado histórico se enriquecieran de estas jóvenes mentes y manos iluminadas que imprimirían un sello diferente a nuestras tradiciones. Hay infinidad de ejemplos de agrupaciones bailables con estos talentosos músicos. Algunas agrupaciones están activas y otras no, pero creo que vale la pena conocerlos, por lo que les pido disculpas por cualquier omisión por cuestiones de espacio en esta publicación. Algunos son: Los Van Van, NG La Banda, Alexander Abreu y Habana de Primera, Afrocuba, las agrupaciones radicadas en Miami como Tiempo Libre y Timbalive, además de centenares de músicos y artistas que adornan el panorama musical mundial desde dentro y fuera de la isla, a veces de una forma visible y otras veces anónima.

Recientemente me han dicho: “Yalil… la salsa ha muerto”. Desde entonces busco flores para el fallecido. Cuando a vuelta de ideas y lógica recordé que, al fin de cuenta, la “salsa” no es más que una de las tantas expresiones culturales de nuestros pueblos latinos, en donde los músicos, cantantes, compositores, productores, son y serán los únicos responsables de salvaguardar el legado de sus naciones, la música cubana o “salsa” es universal como lo es el Jazz norteamericano. Los géneros musicales heredados de nuestros antepasados, perecerán el día en que los miembros activos de esta industria nos olvidemos completamente de ellos, poniendo nuestro conocimiento, talento y arte al servicio del mercantilismo o lo que está de moda. Seríamos todos verdaderos culpables de que esto suceda si no nos hacemos responsables de preservar a capa y espada la cultura que en nuestra sangre corre, salvaguardando las banderas coloridas de cada una de nuestras naciones hispanas.

Si en realidad la música autóctona y tradicional no vende o pasó de moda, entonces, esto me lleva a crear otra simple pregunta: ¿Y qué es lo verdaderamente rentable hoy en día en la industria de la música, industria que mal vive y sobrevive de las migajas que reparten las plataformas de transmisión de música por la internet? Estas grandes corporaciones de distribución reparten a modo de propina céntimos para los creadores, artistas y productores. Muchos se están quejando de la mala distribución de la riqueza en donde solo capitalizan unos pocos. Reconocidos artistas se han retirado de estas plataformas de transmisión de música digital. ¿Si los artistas norteamericanos de los géneros que supuestamente “venden” también están pasando por esta situación, entonces qué queda para la gran mayoría de los que trabajamos en este circuito profesional? La respuesta es simple: la peor de las sequías, áridos desiertos sin arte, pobreza crónica, una negación cultural eterna y un distanciamiento social que se prolongará por las siguientes generaciones, no por la pandemia del Covid-19, sino por el abrumador y obtuso concepto de que nuestros estilos musicales tradicionales no están en moda, o como muchos dicen en vogue, o trending, no son vendibles o simplemente no gustan a la población en general, argumento que es falso.

Toda esta situación global está directamente ahogando las manifestaciones musicales culturales de los pueblos hispanos, pues si no haces lo que está de moda, la música impulsada, promovida hasta la saciedad por poderes que tienen objetivos culturales concretos, sublimes mensajes de unificación y deculturación, genera por consiguiente que quienes controlan la radio, la televisión y otros medios, catalogan tu música como “no comercial”, justificación usada una y otra vez para que no sea incluida en la programación, no teniendo en cuenta a los artistas que tienen un gran valor cultural y que no aparecen en los Billboard. Cada vez escucho más la música hispana mezclada con música la anglosajona, pues si no tienes un bombo o una caja, te dicen que no suenas actual; si no tienes un sintetizador o una guitarra eléctrica en tu canción, estas fuera del swing que quiere la gente. Entonces me pregunto: ¿Y qué quiere realmente el público?

La audiencia es sabia, pero hay que darles la oportunidad de que escuchen y experimenten algo que va más allá de la primera notificación que reciben de las redes sociales. Debe existir una mejor educación en el sentido y la responsabilidad de preservar nuestra herencia y cultura latina en general, aunque estemos fuera de nuestra tierra. Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos posiblemente no conozcan la música de sus países de origen, ni la de otros países latinos, pero les aseguro que con todas las fuerzas de mi corazón, les hablaré de Martí y Neruda, y cantaré de las canciones de mi tierra, se alimentarán con moros y cristianos y sabrán del café, del ron y del tabaco. Escucharán de Cuba a la orquesta Aragón, Alejandro García Caturla; de Argentina a Luis Gardel, Alberto Ginastera; de México a Silvestre Revueltas y José José; de Brasil Héctor Villa-Lobos y Gal Costa; de Chile Juan Orrego-Salas, Lucho Gatica; de Venezuela Aldemaro Romero y Oscar de León; de Colombia a Guillermo Uribe Holguín y Toto La Momposina y miles de talentos que llenarían cientos de páginas de una nueva enciclopedia de la música de las Américas y que está aún por escribir.

Repetiré el ciclo tal y cómo lo hicieron mis antepasados, quienes fueron capaces de preservar sus cantos y tradiciones, pasándolas con orgullo de generación en generación para así, hacer de nosotros herederos respetables de una tradición centenaria y que jamás desaparecerá.

Yalil Guerra, M.M. MUSIC CONSULTANT

Ph.D Candidate | Master in Music | Latin Grammy Winner - 8 times Latin Grammy Nominee Composer

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