martes 24  de  febrero 2026
ANÁLISIS

Las encuestas y la realidad

El peligro de las encuestas es que, en no pocas ocasiones, se prestan para producir proyecciones de ganador para un candidato escogido
Por LUIS ZÚÑIGA

Las predicciones de la mayoría de las encuestas en las elecciones presidenciales del 2016, fueron desconcertantes. Todos los programas de análisis político que usaron las encuestas disponibles para hacer sus predicciones y proyecciones, quedaron en ridículo.

La lección del 2016 hay que tenerla presente en el 2020. De la misma forma que los anfitriones de programas políticos revisan la historia de los candidatos, buscan sus records de votaciones en el Congreso y sus declaraciones a la prensa sobre temas de importancia para hacer sus análisis y preparar sus preguntas a los expertos invitados, también deberían revisar la metodología que las encuestadoras han usado para producir sus proyecciones y, de ahí, saber si realmente esas proyecciones de favoritos son válidas o no.

El peligro de las encuestas es que, en no pocas ocasiones, se prestan para producir proyecciones de ganador para un candidato escogido. Una encuestadora puede identificar, con bastante exactitud, la preferencia política que prevalece en cualquier distrito electoral. Además de los registros de votantes por partido político, tienen a su disposición los resultados de varias elecciones anteriores. Y, dentro de cada distrito, tienen disponible también los resultados de cada precinto (subdivisiones de distrito) en elecciones previas, lo que les permite micro-identificar las concentraciones de votantes que favorecen a un determinado partido.

Basado en esa información de preferencia de voto por micro-áreas, una encuestadora pueden escoger su muestreo (personas que van a encuestar) llamando más personas de los precintos donde la encuestadora sabe que predominan, abrumadoramente, los votantes de un partido específico. Al extender la encuesta a los demás precintos y basándose en la misma “mecánica” de muestreo, los resultados que obtendrá son muy previsibles. Así de fácil se puede manipular una encuesta.

De ahí la importancia de saber qué empresa hizo la encuesta y de su historial profesional. Actualmente, aparecen numerosas encuestas realizadas por medios de comunicación que tienen una preferencia política conocida. El problema con esas “encuestas” es que su actividad profesional no es hacer encuestas y los “errores” que comentan, no afectan su imagen empresarial. Sin embargo, los resultados que ofrecen sí tiene un impacto público en términos de “influencia”. Para los analistas y los anfitriones de programas sobre elecciones que usen esas encuestas no profesionales, pueden también tener un efecto distorsionador que dañe sus presentaciones y conclusiones, como ocurrió en el 2016.

Otro de los ángulos presentes en cualquier encuesta, aunque no recurra a las manipulaciones de precintos escogidos, es a quiénes encuesta. En este momento hay numerosas encuestas que están usando en su metodología (por regulaciones deben decirlo) un muestreo de “adultos”. Dentro de la categoría de “adultos”, a los que se llama por teléfono, hay cuatro sub-categorías posibles: (1) personas que no tienen estatus migratorio, es decir, inmigrantes ilegales, (2) residentes permanentes, (3) ciudadanos americanos registrados para votar, y (4) ciudadanos americanos, registrados para votar y que son votantes habituales. Las opiniones o preferencias de las dos primeras sub-categorías, no tienen valor alguno porque son personas que no pueden votar. La sub-categoría tres tiene una validez relativa de alrededor del 40% porque, aunque tienen derecho al voto, solo el 40% de los inscritos para votar usualmente lo hace en una elección presidencial. La cuarta sub-categoría es la única que tiene 100% de validez porque votó en las últimas 3 elecciones y es altamente probable que lo haga en la próxima.

El balance de ese tipo de encuesta, en términos estadísticos, suponiendo que “muestraron” igual cantidad de personas de cada sub-categoría, es un pobre 26.6 % de validez. Esas encuestas no sirven para proyectar un ganador.

Vamos a la verdad y la realidad. En las dos últimas elecciones, 2016 y 2018, votó el 33% de los votantes registrados como republicanos, el 37 % de los demócratas y el 30% de los independientes. Esa es la proporción real que debe usarse en una encuesta nacional sobre proyección de votos. Acabo de leer una encuesta nacional, realizada con un muestreo de 1512 votantes que participaron en las últimas 3 elecciones (likely voters). La metodología usada fue:

36% de demócratas, 32 % de republicanos y 32% de independientes. Además, el muestreo usó un contrapeso (equilibrio) de seis variables: edad, raza, género, región, educación y religión. Esa encuesta tiene una altísima probabilidad de ser representativa de la opinión de la totalidad de los votantes en este momento.

No voy a mencionar la encuestadora ni los resultados, pero puedo adelantar que es muy diferente a los resultados que están publicando la mayoría de las encuestas.

¿Por qué hacer este tipo de manipulación? Hay diversas interpretaciones, pero la prevaleciente es que buscan crear desaliento en un tipo de votantes para que se sientan “abrumados” por las proyecciones, acepten que serán derrotados y que no vale la pena ir a votar. Ese “estado de opinión” derrotista es real.

Algunos observadores mencionan la presión o el temor social a la crítica o las burlas como una forma de ocultar la verdadera intención de voto cuando las personas son encuestadas (voto silente). Ese factor ya entra en la arena psicológica y no es posible saber su influencia en las encuestas ni debe tenerse en cuenta.

Todavía faltan tres meses para la elección y estamos en una situación imprevisible. No creo que muchas decisiones estén tomadas ya en cuanto a por quién votar. Las encuestas, con todo lo antes expuesto, no tienen tampoco mucha validez. Esperemos por la evolución de la pandemia del coronavirus, si habrá o no una vacuna disponible, y si tendremos o no recuperación económica. En estos factores, más que en las encuestas de hoy, descansa el resultado electoral. Esa es la realidad y la verdad.

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