La reciente decisión de la Corte Suprema de abolir el derecho al aborto a nivel federal, dejando la decisión al arbitrio de cada estado, ha levantado rechazo o al menos polémica en importantes sectores del país. Un repaso a las declaraciones hechas en días recientes por defensores y enemigos revelan la idea para cierta parte del público que estamos en presencia de una pugna entre Iglesia y Estado, un conflicto secular que la constitución norteamericana establece como esferas separadas de la vida pública.

¿Es, sin embargo, así? Muchos defensores de la reciente medida de la Corte Suprema afirman que la vida comienza en el embrión, en otros términos, que este contiene un alma creada por Dios por lo que el aborto equivaldría a un homicidio. Como no existe prueba científica de esto, los detractores de la prohibición del aborto atribuyen el rechazo al mismo en una creencia de raíz cristiana sobre la concepción. De ser así se estaría obligando a los no creyentes a aceptar algo que solo puede ser objeto de aceptación personal libre y voluntaria. Se estaría obligando a adoptar una creencia, lo que violaría la separación Iglesia-Estado. Sin embargo, es erróneo suponer que los partidarios de la prohibición del aborto se basan exclusivamente en este argumento. Existe todo un debate a nivel secular y que tiene como exponentes a filósofos como Rosalind Hursthouse y Don Marquis, que alegan que se debe poner límites al aborto y desechan la idea de un alma presente en un embrión, idea esta última de tipo religiosa.

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El otro argumento presentado por los partidarios del aborto libre es referente a que el feto no es una persona, pero esto –apunta Marquis– traería más problemas si es aceptado pues tampoco los niños recién nacidos son personas (si se entiende por eso la capacidad racional) y sin embargo los tratamos como tales. En otros términos, necesitamos una teoría que nos diga dónde comienza el derecho a la vida que es uno de los derechos fundamentales del hombre.

Marquis crea en tal sentido una teoría sobre donde matar se convierte en algo inmoral y es aquí donde establece, después de examinar el punto de vista de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, que al matar se está privando al agente de su posibilidad de tener un futuro valioso. Aquí Marquis advierte contra los críticos de la teoría filosófica de la ley natural –base de la filosofía moral católica– que él no está apoyando la idea que matar un feto signifique matar una persona potencial. La idea de tener un futuro valioso implica que este futuro es una propiedad no natural por lo que la llamada falacia naturalista1 no aplica contra este argumento.

De esta manera el feto por tener un futuro valioso –ser persona– tendría derecho a la vida. Aunque este filósofo no interviene en las cuestiones legales sino en las morales, se puede inferir que el feto sería objeto de determinados derechos. Por supuesto, un feto con malformaciones genéticas graves no sería objeto de estos derechos como tampoco lo sería aquel resultado de una violación, pues se estaría violando el consentimiento de la mujer. ¿Cuáles son estos derechos entonces? En un mundo donde a los animales se les ha concedido derechos no es de extrañar que así pueda suceder con los fetos. No se trata por tanto de una regresión al pasado sino un movimiento a favor de la época que continúa creando derechos.

Por supuesto, si se concede que el feto tiene derecho a la vida no termina el debate. Aquí entraría el conflicto con el derecho de la mujer, que es una persona adulta y es donde debe concentrarse el debate. ¿Qué vale más, el derecho a la vida del feto o el derecho de la mujer de disponer de su cuerpo? Por supuesto en el caso de que la concepción haya sido fruto de un acto consensuado.

Aunque aquí no he pretendido tomar postura sobre esta delicada cuestión sí he deseado contribuir a eliminar argumentos erróneos sobre esta discusión como el que plantea que oponerse al aborto significa defender que el feto es una persona o tiene un alma. Es hora de tener un debate racional y no pasional sobre este asunto.

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