Un caso criminal ocurrido en 1906 en el estado de Nueva York inspiró a Theodore Dreiser (1871-1945) Una tragedia americana (1925), novela que tuvo enorme impacto en su tiempo y motivó su posterior adaptación al cine y teatro. El asesinato de una mujer por su pareja sirvió al autor para mostrar cómo los caminos torcidos de la ambición pueden malograr cualquier sueño personal. Algunos vieron en la obra la otra cara del American Dream.

En el caso de la prensa, su trágico deceso (algunos hablan de “suicidio”) entraña consecuencias irreparables para la sociedad democrática. Una inmensa tragedia que debe de importar a cualquier ciudadano honesto, con independencia de su filiación partidista e inclinación política.

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Un poco de Historia

La historia de la prensa remonta sus antecedentes a Julio César y sus Acta Diurna en el año 59 a. C.; sitúa como hitos decisivos la aparición de la imprenta en Alemania en el siglo XV y el nacimiento del periódico en Inglaterra en el siglo XVIII. Sin embargo, a mis alumnos siempre les advertía de que el periodismo —tal y como lo hemos conocido— es obra exclusiva de Estados Unidos, donde desplegó su excelencia a fines del siglo XIX y principios del XX.

Fue en este país —en cuya Constitución se garantizaba el derecho a la libertad de expresión y de prensa— donde se estandarizó la organización de las salas de redacción; se crearon las técnicas del reporterismo; se fijó la estructura de la noticia; la diagramación y titulación; se elaboraron los géneros periodísticos; se instituyeron la veracidad, equilibrio y balance como principios básicos del contenido; la confidencialidad de las fuentes; se definieron las fronteras entre noticia y opinión, entre información y publicidad y propaganda; entre mesura y sensacionalismo. Por último, fue en Estados Unidos donde se dotó a la profesión de normas y reglamentos de carácter ético y deontológico (cuestiones morales específicas de la profesión).

Un acontecimiento relevante fue la aparición, a principios del siglo XX, del periodismo de investigación, destinado a revelar escándalos de corrupción. Más adelante, en la década del 60, floreció la corriente del Nuevo Periodismo, caracterizado por la incorporación de técnicas literarias y cuyos representantes Tom Wolfe, Truman Capote, Norman Mailer, entre otros, trajeron originalidad, emoción y belleza a la elaboración de las historias. Otro momento culminante fueron los reportajes que The Washington Post publicó sobre espionaje político (Papeles de Watergate).

A mediados del siglo XX ya estaba bien implantada la enseñanza e investigación periodísticas, las revistas y organizaciones gremiales y los certámenes de la profesión, uno de cuyos ejemplos es el Premio Pulitzer, vigente desde 1917. Tales instituciones coincidían en que la función esencial de la prensa —complemento del sistema de “frenos y contrapesos” de la sociedad democrática— era brindar información suficiente y confiable para que el individuo pudiera tomar decisiones fundamentadas.

Estados Unidos sentó cátedra en el ejercicio del periodismo, lideró la revolución de las tecnologías de comunicación (telégrafo, teléfono, radio, televisión, cine, internet) y acuñó un paradigma de carácter mundial. Sin embargo, con la aparición y consolidación de los monopolios de la comunicación, algo empezó a cambiar. Y para mal.

El declive de la prensa

Desde los años 90, coincidiendo con los procesos de globalización, se observa una tendencia a la concentración y fusión entre los medios de comunicación, tal y como antes había sucedido con otros rubros de la economía.

Las causas del fenómeno responden a una estricta lógica de mercado: maximizar beneficios y reducir riesgos. Debe considerarse que, en lo fundamental, los medios se han desarrollado sobre una base mercantil y que son parte esencial de la economía global.

El surgimiento de megapolios trajo consigo una serie de consecuencias negativas, entre ellas, la reducción en la diversidad de puntos de vista y enfoques periodísticos. Además, uno de sus primeros efectos fueron los recortes en el presupuesto editorial destinado a la cobertura internacional y a la investigación, tradicionalmente las áreas más costosas en una Redacción.

En lo adelante se hipertrofió la función comercial y, en consecuencia, la publicidad asumió una función preponderante. Los anunciantes necesitan compradores, no ciudadanos; prefieren un ambiente apacible y armónico donde no exista lugar para el debate ni la controversia. De ahí que la información se banalice; aparezca mezclada con entretenimiento (“infotenimiento”) y se realce la crónica roja.

Tal como señalan Newman y Scott en The future of Media, la “crisis del periodismo está explícitamente ligada a los peligros de la consolidación de la propiedad de los medios y la corrupción de los legisladores por parte de los grandes medios”.

Cáncer de desconfianza

Con el fin de siglo apareció entre la población un creciente sentimiento de desconfianza hacia los medios de noticias. Una investigación del 2005 del Pew Research Center for the People and the Press halló que el 56 por ciento de los norteamericanos estimaba que las organizaciones de noticias a menudo brindaban informaciones inexactas, el 62 por ciento sostenía que estas trataban de enmascarar sus errores. Casi tres cuartas partes (72 por ciento) señaló que la prensa tomaba partido. Y el 60 por ciento indicó que había en ella prejuicio político.

Esta tendencia se ha mantenido hasta nuestros días. Una encuesta de agosto del 2020 del mismo Centro Pew reveló que más de la mitad de población no confiaba en los medios de comunicación.

La incapacidad de llegar a sus audiencias, particularmente de fomentar nuevas, y la carencia de interés de aquellas crecidas dentro de una cultura audiovisual donde se busca la gratificación inmediata, ha complicado el panorama no sólo en términos de lectura de periódicos o recepción de noticias, sino de cultura de civilidad y valores democráticos.

El descenso en la circulación de los periódicos y revistas —consecuencia de la migración de lectores hacia internet— golpeó fuertemente a la prensa. Los recortes de personal y la casi inexistente inversión en las salas de redacción fueron su corolario, lo cual se reflejó en la disminución de las ganancias por concepto de publicidad. La teleaudiencia de noticieros también experimentó caídas sensibles.

A los directores y editores se les ordenó reducir páginas y salarios y gastar menos en investigación. En las últimas dos décadas no ha quedado virtualmente un solo diario, grande, mediano o pequeño en Estados Unidos, que no haya recortado su personal. Cuando formé parte de la Mesa de Redacción de El Nuevo Herald en 1998 había cerca de 15 editores; en la actualidad solo quedan dos.

En otros casos, la publicación se ha metamorfoseado en digital, convertido en semanario o ha desaparecido. Esto significa menos información y menos calidad, lo que, a su vez, repercute negativamente en la audiencia.

Por su parte, la disminución de la teleaudiencia también ha provocado la reducción de costos mediante recorte de personal y promoción de “infotenimiento”. Los programas ya no tienen como misión informar a los ciudadanos sino servir en bandeja a los anunciantes unos espectadores silenciosos y, por tanto, receptores pasivos de reclamos comerciales.

La pérdida de credibilidad

Paradójicamente, con el desarrollo de las nuevas tecnologías y la multiplicidad de ofertas, se han multiplicado los medios de noticias y fragmentado las audiencias.

La cantidad no significó calidad. En este ambiente de feroz competencia, se relajaron los estándares tradicionales de equilibrio, veracidad y responsabilidad. El abandono de principios éticos que se aprecia hoy es inquietante.

A esto vale agregar lo que mencionan los periodistas Bill Kovach y Tom Rosenstiel en el clásico de 2003 Los Elementos del Periodismo: “Estamos por primera vez ante el auge de un periodismo basado en el mercado y cada vez más disociado de cualquier noción de responsabilidad cívica’’.

Pero no se trata sólo ni tanto del afán de lucro que, efectivamente, caracteriza a una parte significativa de la industria. En los últimos años se sucedieron en el país, verdaderos escándalos, que lesionaron sensiblemente el prestigio de la profesión.

Destacados medios y comunicadores reconocieron haber falsificado noticias e informes, publicado notas poco rigurosas o abiertamente erróneas o aceptado dinero del gobierno para promover cierta agenda. The New York Times, The Washington Post, el programa “60 Minutes” de la CBS, entre otros, estuvieron en el centro de tales affaires. Varios periódicos —Newsday, The Dallas Morning News y The Chicago Sun-Times— llegaron a inflar las cifras de circulación y cargos excesivos por publicidad.

La televisión que, en comparación con la prensa escrita, nunca se ha caracterizado por la profundidad de análisis y exhaustividad, muestra asimismo un panorama desalentador.

Además del melodrama, la violencia y el entretenimiento, se pusieron de moda los paneles (en ocasiones, “megapaneles”) que sobrepasan con mucho el tiempo dedicado a las noticias. La propia concepción de los programas (pluralidad de temas en espacio de tiempo limitado; puntos de vista encontrados) obliga a los “expertos” a exposiciones breves y contundentes que frecuentemente terminan como en match de boxeo.

Las estaciones han reducido el número de reporteros y cerrado las corresponsalías en el extranjero para reducir costos. Disponiendo de bajo presupuesto, los noticieros en horario estelar suelen abrir con reportes de delitos y cierran con notas de entretenimiento.

La otrora inviolable división entre “News” y “Comments” quedó bien atrás. La vieja máxima de que “los hechos son sagrados, las opiniones son libres” ha sido colocada en un rincón del museo. Las escuelas de Periodismo persuaden a los estudiantes a abandonar la búsqueda del equilibrio y explicitar su postura. La mezcla de noticia y opinión; de información, publicidad y propaganda (de cualquier signo) son un lugar común…

La radio local muestra un ejemplo extremo de la confusión entre información y publicidad. Hay emisoras que dedican tanto tiempo a los anuncios como a la opinión (la noticia apenas existe). Conductores e invitados, por lo general, coinciden en puntos de vista. Algunos, después de comentar un terremoto en Malasia o la novedad de cierta vacuna, anuncian colchones, seguros médicos, autos, restaurantes o servicios legales. Dejan así de ejercer como periodistas para tornarse relacionistas públicos o voceros de empresas. ¿Alguien habló de conflicto de interés?

La banalización del producto

Las grandes compañías están tomando muy en cuenta los dictados de sus accionistas, que desean beneficios inmediatos. Se invierte raramente y, cuando esto ocurre, los recursos se dirigen por lo general a mercadeo o tecnología, no a mejorar las actividades de búsqueda, recogida y procesamiento de la información, para no hablar de salarios.

La reacción de la industria ante la pérdida de lectores no ha sido fomentar un periodismo de calidad, invirtiendo en salas de redacción y propiciando más y mejor información, sino aligerando el producto para hacerlo asequible a más personas. El amarillismo ya no es una modalidad de cierta prensa sino un estilo que permea a buena parte de lo que leemos, vemos y escuchamos. La noticia deviene entretenimiento; y el entretenimiento, noticia.

En televisión, la búsqueda de audiencia promueve el sensacionalismo. Se ha creado una serie de recursos para “atraparla”: cobertura en vivo para generar un ambiente dramático, uso de helicópteros para seguir el desarrollo de una noticia. Mención aparte son los informes del tiempo, en los que los reporteros cada vez más desafían tornados, inundaciones y ventoleras.

El profesor Lance Bennet, de la Universidad de Yale, sostiene que hace 30 años la información internacional ocupaba el 45 por ciento del tiempo de los noticiarios de televisión en el país, un porcentaje que en la actualidad se ha reducido a menos del 15 por ciento. Además, desde la década de los 90, las noticias sobre crímenes se multiplicaron por siete, a pesar de que los delitos han ido disminuyendo desde entonces. El “pseudoperiodismo”, afirma, obvia los temas profundos y relevantes de antaño para concentrarse en banalidades.

La televisión local atraviesa una situación alarmante. Por lo general se presentan muy pocas contribuciones de corresponsales y las temáticas de las coberturas se reducen cada vez más a crímenes y accidentes, más el tiempo, el tráfico y los deportes.

Paradójicamente, aunque en la actualidad la posibilidad de informarse es mayor que nunca, la naturaleza de lo que circula es mayormente trivial y maniquea, para no hablar del componente de rumor, frivolidad y falsedades, sobre todo, a través de las redes sociales, a las que recurre más del 31 por ciento en busca de noticias, según encuesta mundial realizada en el 2020 por el Reuters Institute for the Study of Journalism.

Prensa agonizante

La prensa desdeñó su misión de informar a los ciudadanos, se banalizó y mercantilizó, violó normas profesionales y principios éticos, generó desconfianza, perdió credibilidad. Ello condujo a su ruina y ulterior agonía.

Sin embargo, nada de lo aquí expuesto se compara con lo sucedido en los últimos cuatro años. Es en este período donde se agudiza lo peor de los males anteriores y se entroniza la polarización, el sesgo político, la inclusión de noticias falsas y —es lo más vergonzoso— la omisión y censura de información.

Será tema de mi próximo artículo.

emilscj@gmail27.com

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