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MIAMI.- Los padres fundadores de la nación estadounidense, buscando dotar al país de un escudo contra tiranías, sin proponérselo, optaron con asentar las bases del Colegio Electoral y pusieron la primera piedra para crear ‘un sistema electoral inclusivo, diverso y plural’. Esta afirmación seguramente le hará llevarse las manos a la cabeza, sobre todo cuando está tan de moda el argumento de que la elección directa del presidente, a través del voto popular, es la única forma de practicar la verdadera democracia.

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A simple vista, la elección directa resulta una opción más atractiva y razonable, ya que colocaría al frente de los mandos de la nación a la persona que la mayoría de los ciudadanos elijan para desempeñar el cargo de gobernar, sin mediar para ello los partidos políticos ni otro tipo de influencias. No obstante, si miramos a fondo la idea, podríamos advertir que el ‘voto directo’ podría encerar grandes amenazas para un país tan diverso como Estados Unidos, donde conviven múltiples minorías y pensamientos.

Democracia es algo más que mayoría. Y eso lo expresó Norberto Bobbio, filósofo italiano, cuando dijo que “la democracia es un conjunto de reglas para la solución de conflictos sin derramamiento de sangre”.

La democracia únicamente basada en la voluntad de la mayoría, aunque suene bonito, podría ser perjudicial para las minorías, las diferentes sensibilidades que componen una nación, y las nuevas ideas, que generalmente son enarboladas por un pequeño grupo de personas. De ahí que la democracia deba ir de la mano del sufragio inclusivo, la libertad de expresión, las elecciones libres y la participación de las minorías en el proceso de toma de decisiones.

De lo contrario, la mayoría podría convertirse en el rodillo que aplaste a todo lo que se interponga en su camino, mutilando sueños, esperanzas y derechos de quienes resulten ser muy pocos para hacerse contar.

El problema (Siglo XVIII)

Los padres fundadores de Estados Unidos, cuando creaban las bases del sistema electoral en1787, se enfrentaron a desafíos concretos de la época. Las 13 colonias, que acababan de sacudirse el yugo imperial británico, se consideraban estados autónomos que pretendían unirse entre iguales. Para ello, había que crear un sistema que garantizara el difícil equilibrio entre unión y autonomía, sin que en él tuviera cabida el caldo de cultivo para una nueva tiranía.

El rompecabezas que tenían ante sí lo debían armar sin descartar ninguna de las piezas. La tarea era lograr un sistema interesante tanto para los estados grandes como los pequeños, los más urbanos y los más rurales, los del norte y los del sur. La fórmula debía ser atractiva lo mismo a New Hampshire como a Georgia.

Una de las preguntas a resolver en la Convención Constitucional era si el presidente debía ser elegido por el Congreso o el voto popular. En aquella época no existía otra forma de voto. El gran temor de muchos era la aparición de una tiranía. Por eso, todo el énfasis lo pusieron en buscar un sistema de contrapesos, eso que llamamos en inglés check and balance, donde prime la separación de poderes en todos sus aspectos.

La solución llegó con el tiempo, tras un largo periodo de desavenencias cuyo resultado fue la creación de un congreso bicameral al que cada estado enviaría dos representantes a la Cámara Alta hasta completar sus 100 miembros. El objetivo era lograr una representación entre iguales. Así contentaban a los estados pequeños. Sin embargo, había que satisfacer también a los estados con mayor peso demográfico y ese es el papel de la Cámara de Representantes, con 435 asientos que debían ser ocupados por legisladores elegidos en los diferentes estados en dependencia de su población. Para ello, crearon una fórmula matemática que no vamos a desarrollar aquí, cuyo resultado es que los estados más poblados, como hoy día es California con 39.51 millones de habitantes, aportan 53 representantes, y los estados menos poblados, como Washington, con 7.61millones solo envía 10 representantes. Así lograron contentar a grandes y pequeños.

¿No al voto popular?

Cuando se escribe la Constitución, en 11 de los 13 estados el gobernador era elegido por el poder legislativo. Y en los dos restantes por el voto popular.

Si los padres fundadores escogían que el presidente fuera elegido por el Congreso, no se garantizaba la separación de poderes entre el Legislativo y el Ejecutivo. Es por ello que, esa fórmula, fue descartada, a pesar de ser la más común en los 13 estados.

También barajaron la idea de que el presidente fuera elegido directamente por el voto popular. Pero les dio temor que aquellos votantes del siglo XVIII, poco ilustrados, pudieran ser fácilmente manipulados y además temieron que cualquier populista pudiera apelar directamente a la mayoría y adquirir gran cantidad de poder, peligrosa para la democracia.

Fue Alexander Hamilton quien propuso, por primera vez, el Colegio Electoral. Sus argumentos fueron disponer de una barrera para “alejar los peligros potenciales de la corrupción extranjera”. Al lograr que la elección del presidente se extienda entre los estados, en lugar de ocurrir en el Congreso, “ese cuerpo tan compacto”, ayudará a prevenir los peligros de que potencias extranjeras obtengan ascenso indebido en nuestros consejos”, así lo justificó Hamilton.

Por otra parte, aseguraba que los estados más poblados “no dominaran ni eclipsaran a los más pequeños”.

Así fue como se adoptó el Colegio Electoral, como alternativa a la elección del presidente por el poder legislativo. Se forjó un sistema que diluye esa responsabilidad entre todos los estados, en el cual no pueden participar legisladores que sirvan en el Congreso.

Actualidad

Existen 50 colegios electorales, uno por estado. Las elecciones presidenciales en EEUU consisten en ganar la mayor cantidad de colegios electorales posibles.

Algo que no tuvieron en cuenta los padres fundadores fue la fórmula adoptada más tarde por casi todos los estados, winner-take-all, consiste en que quien gane la mayoría de los votos en un estado, se queda con todos los electores del Colegio de ese estado. Por supuesto, quien pierde se queda sin nada.

Quienes apoyan esta regla consideran que, al implementar este método, se alcanzan dos objetivos que enriquecen la democracia: los aspirantes a la Casa Blanca tienen que ir estado por estado a convencer y a tratar de sacar la mayor cantidad de votos desde todos los estratos sociales, independientemente de que sean grandes grupos o no. Como cada voto del estado cuenta, los candidatos y sus campañas deben conocer las necesidades y las problemáticas de los diferentes grupos humanos que allí conviven. Quien pretenda ganar debe evitar centrarse solo en las élites o en las mayorías, ya que para lograr la victoria debe sacar a votar a la mayor cantidad de personas e irremediablemente tiene que recurrir a las minorías. Ya que cada voto es importante para hacerse con la totalidad de los votos electorales.

Colegio Electoral

El Colegio Electoral lo componen 538 miembros elegidos por los partidos. Son la misma cantidad de legisladores al Congreso, más tres electores que la Constitución le otorga al Distrito de Columbia.

A su vez cada estado es un colegio electoral en sí. Por seguir con el mismo ejemplo, el colegio electoral de California será compuesto por 55 electores, el de Washington por 12 y el de Florida por 29.

Quien obtenga 270 o más gana la Casa Blanca, independientemente de haber obtenido menos o más votos populares, como sucedió en 2016.

Son 50 elecciones

La percepción de que la elección presidencial es una única elección no es del todo cierta. Realmente los candidatos se enfrentan en 50 escenarios diferentes, en cada uno deberán pugnar por alcanzar la mayoría que les permita lograr los 270 electores a nivel nacional, o sea la mitad más uno del total de electores. Cuando uno de los candidatos alcance esa cantidad, será el próximo Presidente de EEUU por los siguientes cuatro años.

Pero antes de recibir las llaves de la Casa Blanca tiene lugar el verdadero proceso en el que se elige al presidente en el Colegio Electoral. Este sucede el primer lunes, después del segundo miércoles de diciembre, del año electoral, cuando se reúnen en los respectivos capitolios estatales los electores para votar por el presidente. Según la norma, el vencedor del estado se lleva el voto de todos los electores. Por ejemplo, si un candidato de Florida gana el 51% del voto popular, este recibirá los 29 votos electorales que aporta el estado y su adversario ninguno. Solo Maine y Nebraska no siguen el método de que el ganador se lleva todos los votos. Allí los votos electorales son asignados proporcionalmente al resultado en las urnas.

Según los defensores del método winner-take-all, tal diseño garantiza que la sensibilidad más votada del estado tenga más peso a la hora de elegir el presidente. De contrapeso, como el aspirante a mandatario, en su búsqueda del voto tuvo que comprometerse con las minorías y las diferentes sensibilidades políticas, tendrá que recompensarle con las políticas prometidas durante la campaña.

Así se logra que el aspirante a la presidencia deba diseñar un discurso inclusivo, en el que tenga en cuenta las diferencias de la nación y de cada estado.

El resultado es que hoy día, para llegar a la Casa Blanca las campañas deben incluir a las mujeres, latinos, negros, blancos, campesinos, industriales, pequeños empresarios, grupos religiosos, clase media, clase baja y grupos LGTB. Esta forma de elegir debilita los mensajes radicales, la xenofobia, el racismo, el machismo, y mantiene el país cohesionado.

Si en EEUU se aplicara el sistema electoral de “un hombre un voto”, disminuiría el papel de las minorías en la toma de decisiones políticas. Un aspirante supremacista podría lograr el beneplácito de una mayoría de los votantes blancos recogido alrededor de todo el país. Algo imposible de lograr en la actualidad porque en la propia California, donde los votantes latinos están emparejados con los votantes blancos, perdería el 100% de los votos o lo que es lo mismo 55 votos electorales.

Otro tema que se soluciona con esta complejidad electoral es la estabilidad, ya que para cambiar el curso del voto es necesario influir en los 50 sistemas electorales, puesto que cada uno funciona con sus propias reglas. Por lo que también constituye una barrera contra las pretensiones de potencias extranjeras de influir en quien ocupa la silla más poderosa del mundo.

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