MIAMI.- A la espera que el maldito coronavirus pase y puedan recuperar sus empleos, un ejército de albañiles, plomeros y gente que asegura hacer de todo, se ganan el sustento aun cuando saben que el tío Sam del ayuntamiento pudiera estar vigilando por no tener licencia ni pedir permiso para obras.

Luis, que es vecino de la Pequeña Habana y era chef de un conocido restaurante en Coral Gables, ahora forma parte de la creciente multitud de desempleados y no quiere ni puede quedarse con los brazos cruzados.

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“Mi esposa también perdió el trabajo. Tenemos un hijo pequeño. Le dan 300 dólares al mes para su alimentación pero hay otras cosas que pagar”, declaró el hombre a DIARIO LAS AMÉRICAS visiblemente preocupado.

“Pagué el alquiler del apartamento de abril. Ahora me falta mayo y el dueño me dijo que esperaría. Mientras tanto, tengo que hacer algo. Pintar, arreglar un jardín, lo que sea para ganar 20 dólares y dar de comer a mi familia”, señaló.

Luis arregló dos jardines ayer, ambos son vecinos de la cuadra donde vive, a 20 dólares cada uno. Una ganga “para ellos y 40 dólares para mi familia, que vienen muy bien”, recalcó.

Hoy no ha conseguido clientes como jardinero pero se ha puesto ‘el traje de albañil’ y ha propuesto a alguien al doblar de la esquina pintarle la casa por fuera por 500 dólares. Otra gran ganga. “No es momento para pedir más”, resumió.

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Luis lo mismo pinta que arregla un jardín o construye una cerca.

Luis lo mismo pinta que arregla un jardín o construye una cerca.

Crisis tras crisis

También está Demetrius, que no es la primera vez que echa mano de un rastrillo y un cortacésped para “buscarse la vida”. Vive en Overtown, al norte del centro de Miami, donde la gente suele ser menos afortunada y aprende a sobrevivir una crisis tras otra.

“En Coral Way me es más fácil encontrar clientes. Quién sabe. Tal vez me quede cortando yerba cuando todo pase”, reflexionó.

Por otra parte, a Miguel las cosas no le han ido muy bien desde que llegó a Estados Unidos hace algo más de un año. Oriundo de Honduras, el joven de 25 años cruzó la frontera de México y llegó a Miami cuando otros miles hacían lo mismo.

“No dispongo de papeles y tengo que trabajar en cualquier cosa, a cualquier precio”, declaró el hondureño, que además debe reunir algún “dinerito” para mandar “ayuda” a la esposa y su pequeña de cinco años en el país centroamericano.

“Siempre vigilando a la Policía”, sobre todo después que el Condado Miami-Dade dio la orden de entregar a Inmigración indocumentados que incumplieran leyes, Miguel se paraba en el estacionamiento de la ferretería Home Depot en Calle Ocho a la caza de “alguien que necesitara subir materiales de construcción a un camión” o “pintar la casa”, que era lo único que sabía hacer entonces.

Meses después, poco a poco, Miguel aprendió otros oficios. Fue ayudante de albañilería, plomería y hasta electricidad “por 30 o 35 dólares al día”. Un salario muy inferior al mínimo estipulado en Florida de 55 dólares por ocho horas de trabajo tras pagar impuestos.

Y ahora, “ni 30 al día”, apuntó. “Y junto a un amigo, que tiene automóvil, vamos a buscar comida a los sitios de ayuda”, subrayó.

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No es la primera vez que Demetrius echa mano de un rastrillo para “buscarse la vida” en Miami.

No es la primera vez que Demetrius echa mano de un rastrillo para “buscarse la vida” en Miami.

Reinventarse

José, que vive en Westchester y no tiene derecho a desempleo por ser trabajador autónomo (por cuenta propia), acostumbraba a trabajar con inversionistas. Esos que compran viviendas que necesitan reparaciones y luego las venden al doble o el triple de lo que pagaron.

Es la inversión redonda. “Compran un apartamentito en 80.000 dólares, le invierten 25.000, para ponerle nuevo baño, cocina, pintura y par de cositas más, y después lo venden en 180.000. En una semana ganan 75.000 dólares”, aseguró.

Pero ahora las cosas no son tan fáciles. “Desde hace un mes han dejado el negocio de la inversión. Esperan que la economía se encamine y la gente se disponga a comprar”, argumentó José.

Entretanto, el hombre apunta su mirilla hacia otros objetivos: “Me ofrezco en las redes para hacer arreglos de baños y otras cosas. Lo que sea y a menos precio que ayer. Hay que incentivar a la gente de alguna manera. Hay que comer”, afirmó.

Aprovechar el tiempo

Y mucha gente aprovecha la estancia en casa, la llamada safer-at-home, o más seguro en casa, para asumir ciertas reparaciones, incluso sin pedir los premisos de construcción, que usualmente se piden a la autoridad municipal.

“Si antes demoraban un mes o más, imagina ahora que apenas tienen personal en las oficinas”, reflexionó José.

Para colocar una cerca, reemplazar la que tiene o remodelar el baño, el techo o la red eléctrica, necesita el mencionado permiso municipal, siempre acompañado, según indica el sitio web de City of Miami, de una “cuota a pagar que fluctúa entre 26 y 600 dólares”, según el costo de construcción.

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Cualquier reparación, por muy sencilla que parezca, ayuda a comer.

Cualquier reparación, por muy sencilla que parezca, ayuda a comer.

“La falta de un permiso de construcción pudiera traer consecuencias”, señaló el comisionado de Miami Manolo Reyes. Consecuencias como una multa, la descalificación de la obra acorde al código de urbanización y la subsiguiente orden de echar abajo lo que hizo y hacerlo “bien”.

“También puede haber problema a la hora de vender la vivienda”, recordó el comisionado. “Si el inspector encuentra algo que no está acorde al plano oficial, desaprobaría la venta”, recordó.

Pero hay cosas y cosas. Se trata de una situación especial que el ayuntamiento podría tener en cuenta.

“No conozco ningún caso que haya sido amonestado por los inspectores estos días”, apuntó.

El comisionado comprende “que quieran aprovechar el tiempo para arreglar una ventana o una pared” y que “cuando llegue el momento” de reclamar permisos “veremos qué hacemos”.

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