“Cada día son más los pacientes con enfermedad metabólica del hígado y pacientes con desorden funcional”, afirmó Kertznus sobre lo que encuentra en su práctica.
Graduado de médico cirujano en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, en 1997, completó su formación en Medicina Interna en Montefiore Medical Center y Albert Einstein College of Medicine, en Nueva York. Posteriormente realizó la especialidad en Gastroenterología y la subespecialidad en Hepatología y Trasplantes en la Escuela de Medicina Miller de la Universidad de Miami.
Su experiencia docente incluye las universidades de Massachusetts y Miami, además de una colaboración voluntaria con la escuela de Medicina de la Universidad Internacional de Florida (FIU). Es miembro de la Asociación Estadounidense de Gastroenterología y cuenta con certificación en esa especialidad por el American Board of Internal Medicine.
Actualmente es socio de Digestive Medicine Associates, con oficinas en Pembroke Pines, Hialeah, Doral, Coral Gables, Kendall y North Miami, además de dos centros de endoscopia en Miami. También mantiene privilegios para ejercer en Mercy Hospital.
Al referirse a los padecimientos que afectan a la comunidad hispana, señaló la infección por Helicobacter pylori, los cálculos en la vesícula, los trastornos funcionales, las enfermedades inflamatorias intestinales, las hepatitis virales crónicas, la cirrosis y los cánceres de colon y estómago, además de los problemas metabólicos y de reflujo ya descritos.
Relacionó ese panorama con publicaciones de las revistas Gastroenterology y Hepatology y con afecciones que, según sus palabras, “coinciden con lo que veo a diario en mi práctica médica”.
La procedencia y las condiciones de vida también influyen. En la práctica de Kertznus, el hígado graso tiene especial presencia en personas de origen mexicano, en relación con la obesidad y otros desórdenes metabólicos, mientras que Helicobacter pylori es frecuente en Centroamérica y Suramérica. También mencionó a las mujeres y a las personas jóvenes al hablar de los cálculos en la vesícula, además del papel de la herencia en ciertas alteraciones inflamatorias del intestino.
“Definitivamente la alimentación juega un papel muy importante y eso lo podemos ver con el tema de la obesidad y la incidencia de hígado graso”, manifestó. En ese contexto asoció una dieta rica en grasas y carbohidratos con la predisposición a obesidad, alteraciones hepáticas y diabetes.
El costo de las consultas y los estudios representa otra dificultad, incluso para quienes cuentan con cobertura. Para el entrevistado, en Miami “el idioma no es necesariamente un problema”, mientras que la atención puede resultar costosa por los copagos y deducibles, además de las dificultades de quienes carecen de seguro.
“Un porcentaje importante de la población no tiene seguro médico por los costos”, observó, sin ofrecer una cifra.
Ante ese panorama, reconocer las señales de alarma resulta decisivo. El sangrado rectal, la pérdida involuntaria de peso, la dificultad para tragar y el dolor abdominal persistente forman parte de las manifestaciones que deben investigarse.
“Un paciente debe acudir de inmediato a una urgencia cuando se presenta con episodios de vómito con sangre”, alertó. A esa lista sumó el dolor abdominal intenso, especialmente si se acompaña de fiebre o de una coloración amarilla en ojos y piel, así como los vómitos que no ceden y provocan deshidratación.
El cáncer colorrectal en menores de 50 años plantea un desafío particular. Según Kertznus, el aumento se observa especialmente en el recto y el lado izquierdo del colon, aunque las causas aún no están completamente definidas. Entre los factores que se investigan figuran la obesidad, los desórdenes metabólicos, la dieta, el ambiente, el estilo de vida y los cambios en la microbiota.
“En muchos casos pacientes tienen historia de sangrado rectal y por mucho tiempo atribuyen los síntomas a hemorroides y no proceden con una evaluación médica”, advirtió.
La edad de inicio de los estudios preventivos depende del riesgo individual. Para alguien sin síntomas ni antecedentes que eleven esa probabilidad, indicó: “La colonoscopia para pacientes de riesgo promedio se comienza a los 45 años”.
El entrevistado enmarcó esa edad de inicio en las recomendaciones de las sociedades de gastroenterología y cáncer y del Grupo de Trabajo Multisocietario de Estados Unidos sobre Cáncer Colorrectal. Los antecedentes de cáncer en familiares de primer grado o de pólipos avanzados pueden exigir un comienzo más temprano, alrededor de los 40 años o antes, según las circunstancias. Los síndromes hereditarios y las afecciones inflamatorias intestinales, como la colitis ulcerosa, también requieren calendarios específicos.
“La colonoscopia permite diagnosticar lesiones precursoras de cáncer de colon como son los pólipos y resecarlos”, precisó.
El hígado, el estómago y los intestinos forman parte del sistema digestivo.
IMAGEN GENERADA CON IA
Sobre las alternativas basadas en análisis de heces, el experto apuntó que pueden producir resultados falsamente negativos y que no deben sustituir la estrategia indicada en personas con antecedentes de alto riesgo. Si una de esas pruebas resulta positiva, debe completarse la evaluación mediante una colonoscopia.
En el caso del hígado, la acumulación de grasa puede acompañarse de inflamación y fibrosis, es decir, formación de tejido cicatricial. La progresión hasta una cirrosis puede comprometer la función del órgano y causar complicaciones que, en determinados casos, hacen necesario un trasplante.
“La obesidad al igual que la diabetes, la elevación del colesterol son parte de lo que llamamos síndrome metabólico”, detalló. La manifestación hepática de ese contexto, según su explicación, puede incluir “la acumulación de grasa en el hígado y el desarrollo de inflamación y riesgo de cirrosis en el futuro”.
La prevención convive ahora con nuevas posibilidades terapéuticas. “En los últimos años hemos visto un avance importante en el tratamiento de enfermedades digestivas”, destacó.
Uno de los ejemplos es la hepatitis C, para la cual, en sus palabras, existen “medicinas altamente efectivas para eliminar el virus”.
En relación con la inflamación y fibrosis asociadas al hígado graso, presentó el resmetirom y la semaglutida como opciones aprobadas por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) para quienes cumplen criterios clínicos específicos.
“Estos dos actúan sobre la inflamación y fibrosis hepática”, puntualizó. Su explicación se centró en pacientes con fibrosis moderada y en investigaciones para un posible uso futuro en etapas cirróticas; no en una indicación general para cualquier persona con grasa hepática.
El reflujo también requiere una valoración que distinga las molestias habituales de las señales de alarma. El médico expuso que, cuando estas últimas no están presentes, el manejo inicial puede incluir unas ocho semanas de tratamiento supervisado para reducir la acidez, sin que necesariamente sea indispensable una endoscopia desde el comienzo.
La dificultad para tragar, el sangrado o una historia prolongada del problema, junto con otros factores de riesgo, pueden cambiar esa decisión y motivar estudios para descartar alteraciones como el esófago de Barrett. El sexo masculino y la raza blanca figuran entre los elementos que forman parte de esa evaluación.
“Al usar medicamento sin supervisión puedes estar enmascarando alguna afección más seria que requiere de otras intervenciones y tratamiento”, expresó.
Otra causa de problemas gástricos es Helicobacter pylori. “Es una bacteria que afecta el estómago y es responsable de gastritis”, definió. También la vinculó con las úlceras pépticas y el riesgo de cáncer de estómago.
Su detección puede hacerse mediante una prueba de aliento, un análisis de heces o biopsias obtenidas durante una endoscopia. Los esquemas de antibióticos deben ajustarse a los antecedentes y a la resistencia bacteriana.
“Es sumamente importante comprobar la erradicación del Helicobacter pylori”, insistió. “Siempre debe de ser comprobada su eliminación y no simplemente confiar en la mejoría de los síntomas”.
Distinguir entre un trastorno funcional y uno inflamatorio es igualmente relevante. “El síndrome de colon irritable es un desorden funcional”, aclaró. Sus molestias pueden relacionarse con hipersensibilidad visceral, sin el daño estructural característico de otras afecciones.
En cambio, la colitis ulcerosa compromete el revestimiento del colon, mientras que Crohn puede afectar diferentes segmentos del tubo digestivo, con frecuencia el intestino delgado o el grueso. Asumir que todo se debe al llamado colon irritable puede retrasar la consulta hasta que el cuadro haya progresado.
Para estas enfermedades inflamatorias, los medicamentos biológicos y otras terapias dirigidas han ampliado las opciones de control.
“Su principal ventaja es que permiten controlar la inflamación de forma mucho más específica que los corticoides y, en muchos pacientes, conseguir una remisión sostenida y cicatrización de la mucosa”, sostuvo.
Los riesgos deben discutirse según la alternativa utilizada. Entre ellos enumeró infecciones, reacciones alérgicas, pérdida de eficacia y, con determinados tratamientos, riesgo de algunos cánceres. Aunque, según el especialista, esos riesgos son bajos, deben formar parte de la conversación clínica. Respecto al acceso, reconoció: “Pensaría que el mayor obstáculo es el costo”. Sobre su práctica, aseguró que procura obtener el tratamiento necesario y seguir las recomendaciones de la literatura médica: “Siempre logramos conseguir el medicamento que el paciente requiere y tratarlo con la mejor terapia disponible”.
Los cambios en las evacuaciones tampoco deben minimizarse. “Definitivamente un cambio en el hábito intestinal requiere de evaluación”, recalcó.
El estreñimiento que persiste durante semanas y representa una variación respecto a lo habitual merece revisión, especialmente si se acompaña de sangre en las heces, pérdida de peso, dolor progresivo, náuseas, vómitos o una anemia reciente.
Para la diarrea, el especialista consideró motivos de consulta la persistencia durante dos o tres semanas, las evacuaciones nocturnas, el sangrado, las heces negras o el dolor. El uso reciente de antibióticos, los viajes y los antecedentes familiares de inflamación intestinal son datos relevantes para investigar la causa.
El malestar después de comer también necesita un diagnóstico. El momento en que aparecen las molestias puede orientar la evaluación de una intolerancia a los lácteos o de problemas relacionados con el gluten, pero no basta para diferenciarlos. Como ejemplo, Kertznus situó las primeras “minutos después de comer algún producto lácteo”, mientras que las asociadas al gluten no necesariamente surgen tan rápido y pueden acompañarse de otras manifestaciones.
“Existen pruebas médicas con el objeto de comprobar y diagnosticar estas afecciones”, comentó.
Eliminar el gluten antes de completar los estudios, según el entrevistado, “puede hacer mucho más difícil llegar al diagnóstico de enfermedad celíaca”, porque los anticuerpos utilizados para identificarla pueden disminuir o resultar negativos.
Las herramientas de diagnóstico e intervención también han evolucionado. En cuanto a las técnicas endoscópicas, abordó su doble utilidad: hoy permiten diagnosticar y resolver mediante procedimientos terapéuticos situaciones que antes podían requerir cirugía.
“La inteligencia artificial es una herramienta que nos ayuda a aumentar la precisión de diagnóstico”, agregó.
Los medicamentos para la diabetes y el control del peso, como semaglutida y tirzepatida, requieren conocer tanto sus beneficios como sus posibles efectos digestivos.
“Estos medicamentos son de gran ayuda hoy en día, pero como todo medicamento existen efectos secundarios asociados a su uso”, añadió.
Entre ellos incluyó náuseas, vómitos, estreñimiento y, en algunos casos, diarrea. Un dolor abdominal intenso que se irradia hacia la espalda requiere atención inmediata, porque puede ser compatible con pancreatitis, una complicación que, según su descripción, “no es una complicación común de estos medicamentos”.
La promoción comercial de probióticos merece una lectura cuidadosa. Para Kertznus, sus indicaciones “son bastante más limitadas de lo que suele promocionarse comercialmente”.
“Además, la evidencia es específica para determinadas cepas o combinaciones, no para ‘probióticos’ como una categoría general”, remarcó.
Entre sus posibles usos, aludió a la reservoritis o pouchitis, la diarrea asociada a antibióticos, la prevención de infección por Clostridioides difficile en determinados contextos, su empleo como complemento en el manejo de Helicobacter pylori y la diarrea infecciosa aguda. La selección depende del cuadro y de la evidencia de cada formulación; los productos no son intercambiables.
La conexión entre cerebro e intestino representa otro elemento de la atención. Según el hepatólogo, “los pacientes con desórdenes funcionales tienen una exacerbación de sus síntomas” en condiciones de estrés y ansiedad. Esa asociación debe considerarse sin sustituir la investigación de otras causas.
Los ajustes de alimentación tampoco implican necesariamente abandonar las costumbres familiares.
“No es necesario abandonar los platos tradicionales para mejorar la salud digestiva. Lo más importante es cómo, cuánto y cuándo comemos”, recomendó.
Su orientación general contempla tres comidas principales y, si se necesitan, una o dos meriendas, evitando comer continuamente durante el día. Para distribuir las porciones, sugirió aproximadamente medio plato de verduras, un cuarto de proteína y otro de arroz, papa, yuca, plátano u otro carbohidrato, con las adaptaciones que requiera cada diagnóstico.
También aconsejó preparaciones al horno, a la plancha, hervidas o guisadas; aumentar gradualmente frutas enteras, verduras, frijoles, lentejas y cereales integrales, acompañados de suficiente agua; y limitar refrescos y jugos azucarados.
En quienes tienen reflujo, planteó evitar cenas muy abundantes y procurar terminar de comer dos o tres horas antes de acostarse. El arroz, los frijoles, las arepas, las carnes y otros alimentos tradicionales pueden mantenerse cuidando las cantidades y la frecuencia.
“La clave no es dejar de comer lo que nos gusta, sino mejorar las porciones, la preparación y el equilibrio del plato”.
Al resumir las prioridades de prevención, concluyó: “Reconocer las señales de alarma, hacerse los estudios preventivos a tiempo y mantener un estilo de vida saludable”.