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MIAMI.- Veinticinco años atrás, el lunes 24 de agosto de 1992, un enorme huracán desató su furia sobre Miami-Dade. Una aplanadora llamada Andrew, con vientos de 165 millas por hora, unos 265 kmh, arrasó la zona sur del condado floridano, destruyó 28.000 viviendas, dañó a 107.000 más y causó la muerte a 15 personas, así como heridas a cientos y dejó tras su destructor paso al menos a 180.000 sin techo.

El centro de la ciudad también fue embestido, aunque con vientos menores de 115 millas por hora, 185 kmh, y en unos minutos el Gran Miami pasó de ser una urbe del llamado primer mundo a otra del quinto, sumida en el caos de la supervivencia, sin electricidad, ni agua ni comida, en medio de un agotador verano de agosto.

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La espera

Los meteorólogos advirtieron de la probabilidad de que el huracán pasara por Miami. Una fuerte zona de alta presión, ubicada encima del archipiélago de Bahamas, forzaba al gran ciclón a seguir una ruta recta hacia la creciente ciudad estadounidense.

“Entonces, muchos [miamenses] desestimaban los pronósticos de ciclones y optaban por seguir sus vidas”, señaló el meteorólogo Bryan Norcross, que en aquel tiempo anunciaba el parte del tiempo en el canal 4, en esos días NBC.

En aquella época, muchos jóvenes optaban por celebrar la “anunciada” llegada de un huracán y preparaban fiestas, cervezas en mano, como si se tratara de un buen recibimiento.

“Prácticamente se burlaban”, mencionó el meteorólogo, durante la presentación del video Hurricane Andrew, as it happened, (el huracán Andrew, tal como sucedió), hace 25 años.

Pero tras el paso destructor de Andrew las cosas cambiaron: se le presta atención a los partes de meteorología y nadie se atreve a celebrar un hurricane party.

De hecho, el día anterior a la devastadora llegada de Andrew, el domingo 23 de agosto, el Sol resplandecía en Miami, como es habitual, y el cielo mostraba un color azul intenso pero claro, sin la presencia de nubes que anticiparan la tormenta por venir.

“Recuerdo que muchos fueron a la playa, otros optaron a última hora por ir a los supermercados a comprar comida y agua, o a las ferreterías a buscar tablas de madera para resguardar sus casas”, recordó Sandra, vecina de la zona de Cutler Ridge, donde el huracán azotó horas después.

La suerte estaba echada. Andrew estaba a la vuelta de la esquina y se preparaba, con toda su furia, para azotar al Gran Miami.

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Últimos minutos

Durante el transcurso de la tarde del domingo, Andrew continuaba transitando, en dirección a Miami, mientras seguía el curso que le dictaba la centrífuga de alta presión que permanecía sobre las Bahamas.

Sandra llamó por teléfono a sus padres, que vivían en una zona cercana a Coral Gables, y les expuso que no se sentía segura en su casa, y ellos rápidamente respondieron, sin pensar un segundo, en acogerla, junto a su esposo, un sobrino que les visitaba de Nueva York y sus dos gatos.

“La noche transcurrió en torno a la mesa del comedor”, rememoró Sandra. Entonces, no existían los teléfonos celulares ni internet y todos dependíamos de los informes en la radio o la televisión”, recordó.

huracan andrew Miami
El ojo del huracán Andrew tocó tierra a las 5 a.m. del lunes 24 de agosto de 1992.
El ojo del huracán Andrew tocó tierra a las 5 a.m. del lunes 24 de agosto de 1992.

La noche, la larga noche, no parecía tener fin. Entretanto, un interminable silencio parecía anunciar el catastrófico paso de lo que más tarde llamarían The Big One, el gran huracán.

Pasadas las 12 de la noche, la electricidad, ese gran invento que intentó y propuso Thomas Edison, a finales del siglo XIX, que tantos beneficios trajeron a la civilización, desapareció.

Mientras tanto, el viento, el abominable fuerte viento de cientos y tantas millas por hora, comenzaba a arremeter contra árboles, tendido eléctricos, casas y edificios.

Al otro lado de la ciudad, unas 20 millas al sur, donde Sandra tenía su casa y donde el temible ojo del huracán echó sus mayores garras, la gente vivió los peores momentos de sus vidas.

Unos buscaron refugio en los baños, los closets, o simplemente pidieron clemencia a los dioses ante tanta angustia. Un sonido aterrador, el de la destrucción, anunciaba el paso insostenible de la devastación.

Minutos después

Amaneció y el Sol volvió a resplandecer, como si fuera un día cualquiera. Pero debajo de los rayos de luz el Gran Miami trataba de lucir su otrora esplendor en medio de una aterradora imagen de destrucción. La gran ciudad, que aún crecía a la sombra de las grandes inmigraciones y muchos ya la llamaban Puerta de las Américas, parecía una zona de guerra.

Sandra corrió a su casa, acompañada de su esposo y hermano, para ver “lo que habría sucedido” y encontró, previamente advertida por lo que divisó en el camino, que del hogar, que tanto cuidó y atendió con sus manos, “apenas quedaban las paredes y medio techo por caer al suelo”.

En pocas horas, la Guardia Nacional y el entonces presidente George Bush acudieron a las zonas más devastadas para aplacar la situación y llamar a la concordia, la esperada camaradería, la paciencia, ante un desastre natural de esta índole.

Se habilitaron tiendas de campaña, comida y agua para sobrevivir pero la gente, desesperada, ante tanta destrucción, pedía la reconstrucción.

huracan andrew Miami
El huracán dejó tras su destructor paso al menos a 180.000 personas sin techo.
El huracán dejó tras su destructor paso al menos a 180.000 personas sin techo.

“Recuerdo largas filas de personas, desesperadas, que aguardaban por un trozo de hielo para mantener fresca la comida que tenían a mano”, aludió Sandra.

Entonces no importaba cuánto dinero se tenía en el banco ni el monto disponible en las tarjetas de crédito. Los oportunos cajeros automáticos no funcionaban, ni las gasolineras proveían gasolina por la falta de fluido eléctrico.

Las madres y los padres, desesperados, buscaban qué darle de comer a sus hijos, mientras los enfermos aguardaban por el bocado, un vaso de leche fresca, que hijos o amigos lograban llevarles a casa.

La situación empeoró y las autoridades implantaron un toque de queda en ciertas zonas para evitar el robo y el saqueo de supermercados y tiendas, que ante la falta de electricidad quedaron vulnerables al acecho de malhechores.

Largas semanas y meses de espera siguieron el desastre, mientras las aseguradoras de inmuebles disponían del personal para atender a quienes, puntualmente, cada mes, habrían pagado sus pólizas de seguro.

“Fueron largos días de espera. Tuvimos la suerte de quedarnos en casa de mis padres pero muchos tuvieron que esperar días o semanas en casas de campaña o a medias en sus casas medio destruidas”, rememoró Sandra.

Las cientos de miles de reclamaciones provocaron la bancarrota de algunas aseguradoras y la cancelación de miles de pólizas, lo que condujo al alza del precio de los seguros y la salida de la mayoría de las compañías del entonces insostenible mercado de la Florida.

Reconstrucción

Dos, cinco, diez años después, la imagen del sur de Miami renació y con ella, toda la ciudad. La campaña We will rebuild, (reconstruiremos) cumplió su meta con la ayuda de voluntarios, los gobiernos y las aseguradoras. Hoy bastaría transitar por US-1, visitar Kendall, Homestead y las barriadas aledañas para darse cuenta que la reconstrucción no sólo devolvió hogares, sino que mejoró el nivel de vida con la afluencia de centros comerciales, escuelas y otras amenidades.

Tal vez ni el más exigente vecino de la zona podría señalar hoy un lugar que no fue reconstruido. Pero el costo fue alto, muy alto, no solo en vidas y millones de dólares, sino también en la paciencia y el monto del dolor que supuso perderlo todo en apenas unos minutos.

Imágenes

El Museo de Historia de Miami dedica estos días una exposición de fotografías que recoge el paso del devastador huracán, bajo el nombre Hurricane Andrew: 25 Years Later, o huracán Andrew: 25 años después.

"Fue un evento que transformó el sur de la Florida. Cambió la cara de Miami", declaró Jorge Zamanillo, director del History Miami Museum, a la agencia de noticias EFE.

A la exhibición el museo suma semáforos caídos, vallas publicitarias y otros artefactos de todo tipo, entre los que no podían faltar los radios de transistores que fueron los héroes de las comunicaciones aquellos días.

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Los vientos sostenidos de Andrew alcanzaron las 165 millas por hora, unos 265 kilómetros por hora.
Los vientos sostenidos de Andrew alcanzaron las 165 millas por hora, unos 265 kilómetros por hora.

En una de las pantallas que cuelgan del techo se observan imágenes de archivo, en las que se ve al meteorólogo Norcross pronosticando la catástrofe.

El afamado experto, que hoy trabaja para el Weather Channel, presentará su libro My Hurricane Andrew Story, o mi historia del huracán Andrew, en el Adrienne Arsht Center, el martes 29, a la 7 p.m.

Actualidad

Hoy el grupo asegurador Swiss Re asevera que Miami podría sufrir un desastre aún mayor, a pesar de las severas normativas de seguridad en la construcción que fueron implementadas.

La importante firma reaseguradora, con sede central en Suiza y portadora de un extenso portafolio internacional, realizó un estudio, que ha publicado en su sitio web bajo el nombre Hurricane Andrew: The 20 miles that saved Miami, o Huracán Andrew: las 20 millas que salvaron a Miami, en base a la fórmula del crecimiento poblacional y el aumento del valor de la propiedad, y se plantea las preguntas ¿Cuál sería hoy el impacto de Andrew? y ¿Qué hubiera sucedido si ese huracán hubiese tocado tierra en el centro de Miami?

En esos días el condado Miami-Dade tenía un millón menos de habitantes y la proliferación de rascacielos no había comenzado.

“Andrew ocasionó más de 26.500 millones de dólares en pérdidas materiales, de los que sólo 15.500 millones fueron asumidos por las aseguradoras”, mencionó el informe.

Hoy la población supera los 3,3 millones de habitantes, lo que representa un aumento superior al 35%, así como un incremento de valores, que en muchos casos supera el 400% respecto al año 1992.

“El mismo huracán hoy causaría una pérdida estimada entre 80.000 y 100.000 millones de dólares, de los que sólo 50.000 o 60.000 millones serían asumidos por las aseguradoras”, lo que dejaría en manos del erario público (contribuyentes y gobiernos) los gastos restantes.

Y si ese huracán tocara tierra en el centro de Miami los daños serían aún mayores, entre 100.000 y 300.000 millones de dólares, con sólo 180.000 millones asumidos por las aseguradoras.

“El huracán Andrew produjo grandes pérdidas en el sur de la Florida, y es una latente preocupación que una tormenta como Andrew vuelva a golpear esta zona”, comentó la especialista en valoraciones y coautora del estudio Marla Schwartz.

“La cuestión no es si habrá otra tormenta como esta en el sur de la Florida, sino cuándo vendrá”, concluyó.

El último huracán en azotar Miami fue Wilma en octubre de 2005, con vientos de hasta 120 mph, o 193 kmh, lo que produjo 35 muertes directas, además de 26 indirectas, y pérdidas materiales por 20.600 millones de dólares, además de la paralización de la economía local, incluyendo aeropuertos y puertos.

La ciudad sufrió un prolongado apagón, aunque menor al que ocasionó Andrew, así como un toque de queda por ocho días para evitar los saqueos y robos que se produjeron tras el paso del huracán.

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