MIAMI. - El vuelo 11 de American Airlines impacta a las 8:46 am la torre norte del World Trade Center, en Nueva York. Édgar Galvis estaba recién llegado a Miami. Cuando las primeras imágenes aparecieron en televisión, su teléfono no paraba de sonar. La orden: irse con un equipo integrado por otras tres personas a cubrir la noticia. Hoy, 20 años más tarde, este productor de televisión colombiano se puede contar como una de los miles de víctimas del más mortífero ataque en contra de los Estados Unidos.

Su vida no corrió peligro en ningún instante. Estuvo durante 17 días en el área de prensa asignado a unas cuatro cuadras del lugar de la tragedia, y en otros lugares de la ciudad, bajo estrictas medidas de seguridad y una serie de precauciones para preservar la integridad de los representantes de los medios de comunicación. Sin embargo, el humo y el polvo que se esparció en un amplio radio de acción lo hizo enfermar, a tal punto que dos décadas después del suceso, asegura, padece una “tos crónica” y se volvió “alérgico al humo”.

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Rumbo a NY

Tres horas después de que el primer avión se estrelló contra una de las edificaciones, Galvis, junto a una periodista, un camarógrafo y una cuarta persona cercana a la comunicadora se lanzaron a la “aventura” de recorrer gran parte del este del país para llegar hasta Manhattan. Dieciocho largas horas de viaje.

En ese momento, el colombiano nacido en Bucaramanga, cerca de la frontera con Venezuela, tenía 32 años. Completaba casi un año en Miami y venía de trabajar con la periodista Claudia Gurisatti, en su programa La Noche. Laboraba con el canal de televisión colombiano RCN, que por esos días acababa de establecer un “buró de noticias” en el sur de la Florida.

“El día anterior había estado cubriendo un proceso en corte con el narcotraficante colombiano Fabio Ochoa. Ese día me cayó mucha lluvia y al día siguiente amanecí un poco enfermo”, recordó.

Aunque los integrantes del equipo noticioso que se moviliza a bordo de un vehículo tipo van para cubrir la noticia más impactante de las últimas décadas en Estados Unidos y el mundo, habían alcanzado a ver las primeras imágenes, exceptuando a Galvis que definía algunos asuntos del viaje, todos desconocían la verdadera magnitud de lo sucedido.

“Alquilamos el carro ya que no había vuelos por las restricciones aéreas que se impusieron de inmediato. Un viaje a una ciudad que no conocíamos, no existía Google Maps, íbamos con un mapa de papel que tocó comprar en el camino”, dijo.

Su única fuente de información era la radio. Tampoco existían los teléfonos inteligentes. A la altura de North Carolina se toparon con una “gran cantidad de camiones que transportaban soldados”. Entonces, pensaron lo peor. “Se viene una guerra”, comentaron. Poco después fueron detenidos por la Policía. La razón: exceso de velocidad. “Yo iba manejando; el oficial me puso un warning ticket y nos dejó ir. Un gran susto”, rememoró.

En ese momento, los cuatro ocupantes se dieron cuenta de que no llevaban lo principal para diferenciarse de los demás vehículos. Uno de los cuatro, Galvis no recuerda quién, elaboró en papel un distintivo de “prensa” para ponerlo en lugar visible. De esa manera, podrían tener acceso al área de periodistas.

Descubriendo la tragedia

Las cuatro personas se habían turnado la conducción del vehículo. Galvis se esforzaba por coordinar el viaje con la ayuda decidida de sus compañeros de correría. Recibía el dinero que les enviaban desde Colombia a través de Western Union. La periodista logró concretar la reserva en un hotel que le recomendaron desde Colombia.

Cuando llegaron a Nueva York, lo primero que vieron a la distancia fue una cortina de humo que salía de la zona de los atentados. “Nos fuimos directo para el lugar, llegamos en horas de la mañana leyendo el mapa, adivinando dónde era el sitio”, indicó.

La mayoría de las entradas a Manhattan estaban cerradas. Solo veían “tapones vehiculares por todas partes”. La Policía guiaba a la prensa y a los rescatistas por una sola vía. De un momento a otro, contó, “la gente nos empezó a aplaudir cuando estábamos llegando, nos dieron guantes, pensaban que éramos socorristas”.

Había mucho humo, polvo por doquier. “Todo lo que el mundo había visto en vivo, nosotros no lo habíamos visto porque estábamos viajando. Yo no vi a la gente lanzándose por las ventanas. Era de lo que más se hablaba. Por eso, encontramos una ciudad sola, vacía, triste”, señaló el productor audiovisual.

Sentía fiebre y tenía mucha tos. Alguien se le acercó a ofrecerle entrar a la “Zona Cero” con una cámara escondida. No accedió. Por ese entonces solo tenía visa de periodista (Tipo I). Cree que “si me hubieran agarrado allá haciendo eso, me expulsaban del país. Todo estaba en alerta máxima”.

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Édgar Galvis (der.), junto al productor Omar Baron en Nueva York.

Édgar Galvis (der.), junto al productor Omar Baron en Nueva York.

Historias de dolor

Galvis y el equipo de noticias con el que empezaba a adquirir mayor experiencia comenzaron a realizar contactos y a buscar información de interés periodístico. La meta era descubrir historias de colombianos víctimas del desastre. Grababan y se iban hasta un lugar a enviar material vía satélite. En aquellos días no existían otras herramientas para la transmisión de imágenes en tiempo real, como el LiveU.

El primer caso que se dispusieron a cubrir fue el de un bombero colombiano que había resultado herido. La periodista y el camarógrafo trataron de ingresar al hospital donde se encontraba el rescatista, pero se lo impidieron. Galvis preguntó por el bombero, dijo que quería subir a su habitación y lo dejaron pasar sin ponerle ningún tipo de trabas.

Según su relato, “encontré a la esposa en una sala de espera y le pregunté si nos podía hablar. Un hombre que estaba a su lado se levantó y preguntó quién era yo. Me mostró una placa de la Policía. Me dijo que no podía estar ahí. Unos guardias me agarraron y me metieron a un cuarto para investigar qué hacía en ese lugar”.

Acto seguido, dijo, “unos cinco policías estuvieron revisando, uno a uno, todos los papeles que llevaba en la mochila. Yo había pagado los peajes, la gasolina, el hospedaje y eso pudo servir de prueba. No pudimos enviar material a Colombia, yo tenía las llaves del carro, todos esperaban por mí abajo. Finalmente, tampoco pudimos entrevistar ni al bombero ni a su esposa. Los policías me dijeron que si me volvían a ver en el hospital me arrestaban. Eso fue el primer día en NY”.

Después se enteraron de la historia de un invidente que se salvó gracias a su perro. “Le dijeron que se quedara esperando arriba, que ya iban a rescatarlo y él no hizo caso a los encargados de la seguridad. Bajó por las escaleras con su perro y sobrevivió por no hacer caso”, relató.

Galvis indicó que los días en Nueva York fueron “muy convulsionados”. Recuerda a “muchos familiares” de las víctimas de los atentados en el “muro de los desaparecidos”. Era la primera vez que veía a tanta gente “muy, pero muy triste” colocando flores, fotos y otros elementos en recordación de los suyos.

Tampoco olvida el sepelio de varios bomberos de ascendencia irlandesa y el “sonido triste” de las gaitas que hacían más lúgubre el ambiente neoyorkino.

Malestares crónicos

Dos días antes de cumplirse 20 años del ataque de Al Qaeda, Galvis recibió a DIARIO LAS AMÉRICAS en el lobby del edificio donde reside en el sector miamense de Brickell. Su esposa, la periodista de NTN24 Paola Serna, estaba a su lado. La comunicadora colombiana es quien ha tenido que lidiar con los “malestares crónicos” de su esposo.

“Algunas veces vamos a un BBQ [barbacoa] y, solo con el humo, Édgar termina en cama por más de una semana. La tos que le cae es intensa, parece ahogarse”, narró Serna.

Galvis nunca ha preguntado a su médico la causa de estos males. Asume que “la mezcla de la lluvia del día antes de salir de viaje y después todo el humo y el polvo que inhalé en Nueva York, puede ser lo que me haya afectado”.

Después de esa dura experiencia que sigue embargando de dolor a todo un país, lo único que tiene claro este colombiano risueño y de caracter afable es que “a veces quisiera borrar todo lo que vi en una ciudad que parecía un enorme cementerio” y, en cuanto a él, poder llevar una vida lo más normal posible, sin tener que alejarse incluso de personas que fuman a su alrededor para no enfermarse.

dcastrope@diariolasamericas.com
@danielcastrope

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