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Antes de que concluya este año de sucesos trascendentales, en el 40 aniversario del éxodo de Mariel, Diario Las Américas ofrece un homenaje a quienes llegaron a tierras de libertad durante aquel acontecimiento, que cambió para siempre la percepción del mundo respecto a la realidad de Cuba y sentó una impronta en el devenir del sur de la Florida.
MIAMI.- Tras 40 años de exilio, más de 125.000 cubanos guardan en la memoria las imágenes del día que lograron cruzar las turbulentas aguas del Estrecho de Florida para escapar de la dictadura en Cuba. Muchos de ellos, como el escritor Luis de la Paz, salieron con las manos llenas de ilusiones para crear sin censura y persecución.
Preguntar por qué optar por el exilio, cuando nunca se sabe si habrá regreso, es cuestión ineludible que pone a muchos a pensar.
“Era la mejor opción”, contestó De la Paz. “Las otras dos a mi alcance eran permanecer sumido en un silencio cómplice, atrapado en un estado tiránico controlado por una mafia militar, o enfrentármele abiertamente, sumándome al, en aquel entonces, incipiente movimiento por los derechos humanos y tener un final previsible, ir a parar a la cárcel, para luego, tras un agotador desgaste, tener que tomar el camino del exilio”.
Comenzaba la década de los 1980 y el país vivía aún la gran represión de años anteriores. Desde los fusilamientos, los encarcelamientos, la creación de los denominados campos de trabajo UMAP hasta la censura total, el acoso perenne a quien no apoyara la llamada revolución, la expropiación de bienes y la ‘perdida’ del derecho al regreso si se optaba por salir.
Poco o nada ha cambiado. El control continúa siendo férreo. Y por eso, y más, “admiro a los que han permanecido contra todos los obstáculos, como Martha Beatriz Roque Cabellos”, señaló el escritor, creador de más de 10 publicaciones, entre las que destacan las colecciones de narraciones Salir de casa, Tiempo vencido y Un verano incesante.
Del 15 de abril al 31 de octubre de 1980 el régimen cubano permitió a embarcaciones estadounidenses servir de puente de salida, entre el Puerto del Mariel y Cayo Hueso.
Fueron días duros, de incertidumbre y experiencias estremecedoras, que condujeron a cambios de vida después de haber escapado de la dictadura en la isla.
“Salí de Cuba con 23 años, una edad entre ideal y triste. Podría comenzar de nuevo sin muchas dificultades, pero ya estaba dañado por una política de adoctrinamiento social y sometimiento, un método perfectamente estudiado, someter por el adoctrinamiento”, rememoró De la Paz.
Cruzar las turbulentas aguas del Estrecho de Florida, sin saber qué se avecinaba, salvo la esperanza de tener la potestad de obrar por reflexión y elección.
“La travesía, como toda aventura, estuvo llena de episodios de miedo y angustias. Pero llegué”, sintetizó el escritor, portador de los galardones Premio Museo Cubano de Ensayo, Premio Lydia Cabrera de Periodismo y Accésit al Premio de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza, en España.
“Al llegar a Cayo Hueso”, continuó, “después de 14 horas de navegación en un camaronero con 260 almas abordo, y ver ondear una enorme bandera estadounidense, sentí la libertad ante mí. Era una sensación del triunfo de alguien tras haber sido despojado de toda esperanza”.
“Miami me pareció en aquel entonces el final del camino, pero estaba equivocado, en realidad era el inicio de un largo recorrido, que aún continúa”, resaltó.
Cómo transcurrió la adaptación en una sociedad tan diferente, De La Paz asegura que no tuvo “mayores problemas de adaptación, salvo el idioma, lo demás fluía solo. Todo se trataba de aprender a vivir en democracia, y eso es posible cuando se tiene libertad”.
Tras preguntarle cómo percibe la odisea de Mariel 40 años después, argumentó: “El castrismo llevaba 21 años en el poder. Cuatro décadas después, sigue el mismo régimen, sumando ya 61 años. Ese es el efecto más negativo del paso del tiempo sobre la experiencia cubana. Mis contemporáneos que quedaron en la Isla siguen padeciendo lo que yo dejé allí en 1980, porque lo que se denomina Cuba es un lugar geográfico lleno de escombros y desechos, y eso se le debe exclusivamente al socialismo”.
Y su efecto en Miami: “El mayor aporte de los cubanos del Mariel es el legado de una comunidad próspera y creativa”.
Muchas voces autorizadas aseguran que hubo una inyección sociocultural en Miami, ajena tal vez a la tendencia convencional que existía en la ciudad; que ayudó a su evolución y a ponerla en el mapa internacional.
“El cambio no lo trazó el marielito como individuo, sino la sociedad que lo acogió y le abrió las puertas”, manifestó.
En efecto, salvo la consecuencia negativa que produjo la presencia de un numero de malhechores, que fueron añadidos por las autoridades cubanas para desacreditar a quienes ‘se iban’; hubo un lento proceso de fusión entre cubanos de diferentes generaciones y apreciaciones.
Entonces, “la relación entre cubanos de las dos orillas, forzosamente separados por dos décadas por la tiranía castrista, fue el causante del explosivo choque de dos maneras de ser y percibir lo cubano”, argumentó De la Paz.
De hecho, “quienes ya estaban en el exilio sentían nostalgia por lo que habían dejado; los que llegamos, sentíamos odio” por todo el pesar vivido en la isla.
Luego resumió: “Sin embargo, ese encuentro dio paso a una afinidad en la que los recién llegados tuvimos acceso a quienes nos precedieron en el destierro, y poco a poco, los nuevos exiliados dejábamos nuestra impronta”.
Unos lograron encaminar sus vidas en los negocios, otros en las esferas profesionales o académicas, las artes plásticas, el teatro y el diario vivir. Los malhechores fueron a parar a las cárceles o terminaron disciplinándose.
“El efecto más palpable culturalmente es que los artistas del Mariel, por ejemplo los escritores, han aportado a la literatura cubana, desde el exilio, más de un centenar de títulos”, subrayó.
Luis de la Paz (La Habana, 1956). Premio Museo Cubano de Ensayo, Premio Lydia Cabrera de Periodismo y accésit al Premio Luys Santamarina-Ciudad de Cieza, Murcia, España. Escritor y periodista residente en Miami. Abandonó la Isla durante el Éxodo del Mariel, en 1980. Ha publicado los libros Un verano incesante (Ediciones Universal, 1996), El otro lado (Ediciones Universal, 1999), Tiempo vencido (Editorial Silueta, 2009), Salir de casa (Alexandria Library, 2015), De espacios y sombras (PR-Ediciones, Madrid, 2915), Of Space and Shadows (Ediciones La Gota de Agua, 2019), Imperfecciones del Horizonte (Editorial El Ateje, 2020) y Del lado de la memoria (Editorial Hypermedia, 2018). Además, Reinaldo Arenas aunque anochezca (Ediciones Universal, 2001), una recopilación de textos y documentos sobre el escritor Reinaldo Arenas, Teatro cubano de Miami (Editorial Silueta, 2010), colección de siete obras de dramaturgos residentes en Miami, Cuentistas del Pen (Alexandria Library, 2011), recopilación de 22 relatos de cuentistas miembros del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio, Soltando sorbos de vida: entrevistas Cuba en el exilio (1998-2013), publicada por Ediciones Universal, en el 2017 y La floresta interminable: poetas de Miami (Editorial ArtesMiami, 2019), con textos poéticos de 34 autores latinoamericanos residentes en Miami. Un cuento suyo es recogido en Cuentos desde Miami (Poliedro, 2004), y en Palabras para un joven suicida (Editorial Silueta, 2006). Es también autor de los monólogos Feliz cumpleaños, mamá y El Laundry, representados en el IX y XI Festival Latinoamericano del Monólogo de Miami (2010 y 2012). Conduce el evento cultural Viernes de Tertulia, en el Miami Hispanic Cultural Arts Center de Miami. Fue columnista de Diario Las Américas (1996-2013). En la actualidad escribe para El Nuevo Herald en Miami.
