MIAMI.- De ese olor a ‘cosas guardadas’ que emiten pinturas y obras de arte, tanto antiguas como muy valiosas, el Cubaocho Museum & Performing Arts Center dio paso a otros aromas, más por necesidad que por otra razón. “Ahora vendo croquetas, masitas de puerco y batidos de mamey para poder sobrevivir”, comentó Roberto Ramos –entre risas y lamentos–, propietario de ese emblemático negocio de la Calle Ocho de Miami.
El imperativo de ‘reinventarse’ de este empresario, que es el mismo de decenas de emprendedores que se han visto obligados a reformar sus servicios o cambiarlos por completo durante el cierre por la pandemia de coronavirus, condujo a Ramos a recurrir a una “vieja licencia de restaurante” para poder reabrir su local después de seis meses fuera de servicio.
“He perdido más de 500.000 dólares”, afirmó el cubano que llegó en balsa a los Estados Unidos en los años 1990 y quien, además de los estragos padecidos por el cierre prolongado de su negocio, enfrenta un litigio con la compañía non profit administradora de la propiedad que subió el valor del alquiler, pasando de 6.000 a 13.000 dólares, “por algo que dice la letra chiquita del lease [contrato]”.
Antes de la pandemia, ese centro cultural y de entretenimiento contaba con 26 empleados. Hoy, según el comerciante, “no llegamos a 10”. Ramos fue el primero que cerró las puertas en la cuadra donde está su establecimiento, cuando apenas comenzaba la pandemia en el mes de marzo. Tanto él como su esposa y varios empleados resultaron contagiados con el virus, pero todos lograron sobrepasarlo, de acuerdo con su testimonio.
“Lleno de deudas hasta el cuello”, según sus propias palabras, el coleccionista de arte y licores comenzó a buscar alternativas. “Recordé que tenía una licencia de restaurante, llamé a Tallahassee, pude reactivarla y me convertí en un restaurantero, o mejor un ‘croquetero’, gracias al [cierre del] alcalde [de Miami-Dade] Carlos Giménez ”.
Ramos cuestiona al edil Giménez. “Él dice que los restaurantes pueden reabrir, pero los museos y bares no. Entonces, quien quiera venir a comprar croquetas en mi negocio, puede venir y creo que así voy a poder sobrevivir”, enfatizó.
Con el fin de mantener el servicio a sus clientes, el negocio ofrece una amplia variedad de platos típicos cubanos, principalmente varios tipos de croquetas, en mesas dispuestas dentro y fuera del local guardando la distancia social exigida por las autoridades sanitarias.
“Si el alcalde dice que son seis pies, yo aquí puse mis mesas a 10 pies de distancia”, dijo Ramos, cuyo establecimiento cuenta con una amplia biblioteca sobre la historia de Cuba, más de 200 obras de arte y una diversidad de rones y whiskies que lo han hecho merecedor de premios internacionales que se pueden apreciar en ese sitio.
Sin embargo, la estrategia utilizada por Ramos para reiniciar labores no le permite cubrir todos los gastos del negocio. En un día, dice, “casi no vendo nada” porque “hay poca gente en la calle, todavía hay pánico”.
Aun así, el negociante asegura que siente una “gran satisfacción” de volver a abrir las puertas de su museo, “que la gente pueda venir y ver pinturas como La Rumba, de Antonio Sánchez Araújo, que vale 4 millones de dólares, o fumarse un tabaco al aire libre”, y comerse unas croquetas con batido de mamey.
De maquillista a vendedora
Luisa Franco by Leo Reinfeld
La maquillista Luisa Franco.
Cortesía Leo Reinfeld
Por otro lado, Luisa Franco es una colombiana que llegó a Estados Unidos hace 22 años. Desde entonces, esta mujer de 55 años había trabajado como maquillista hasta que comenzó la pandemia y las circunstancias cambiaron su vida.
Cosmetóloga de la antigua Escuela Francesa de Belleza, que cerró sus puertas hace algunos años en Bogotá, Franco incursionó en el mundo de la televisión en Miami en cadenas como Telemundo y Univision.
No obstante, con el avance del virus la colombiana quedó sin trabajo y se vio precisada inicialmente a vender comida con su novio, que es de origen peruano. “La gente nos pedía mucho el arroz chaufa y el lomo saltado, que son dos platos peruanos muy exquisitos”, recordó.
Semanas más tarde, cuando la situación por la pandemia se hizo más preocupante, esta madre de tres hijos se dedicó a vender air pods (audífonos) y luego ropa que le sigue suministrado una amiga que tenía un negocio en Los Angeles, que fue cerrado por efectos de la crisis del COVID-19.
“Cuando todo el mundo estaba encerrado en sus casas, yo andaba por la ciudad haciendo las entregas y la gente me pagaba a través de las aplicaciones de teléfonos inteligentes”, dijo.
Con el poco dinero que logró ganar en los días más fuertes de la pandemia, Franco pudo “pagar las facturas” y sobrevivir “sin ninguna clase de lujos”. “No ha sido fácil”, aclaró.
Por estos días, la emprendedora ya está regresando a la actividad del maquillaje de artistas y su situación económica comienza a normalizarse, pero, aseguró, no piensa dejar el comercio de ropa.
“Me gusta ver la cara de felicidad de una persona cuando compra alguna de las prendas que yo vendo y por eso quiero seguir en este negocio”, puntualizó.
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@danielcastrope