El béisbol, en tanto que deporte de estadísticas, cuenta su historia a través de los numeritos. Es por eso que muchos de sus fanáticos son obsesos seguidores de las cifras que los ídolos van alcanzando durante su carrera y es a través de cada guarismo como se establece la magnitud de las hazañas.
Bajo el principio de la evolución, según el cual cada especie se fortalece con el tiempo, el béisbol mejora y se convierte en un deporte mucho más refinado. No sólo sus atletas son mejores (es temerario, pero no crea jamás que Stan Musial pudo ser superior a, por ejemplo Ken Griffey o lo que será Bryce Harper) sino que el juego como tal es más rápido y más sofisticado. Difícilmente los Yankees de Nueva York de 1927, con su formación de toleteros poderosos, tendrían suficiente capacidad para llevarse por delante a un conjunto como los Cachorros de Chicago, con atletas preparados y motivados, con una vida muy sana y con especialistas para cumplir funciones diferentes, tanto a la defensa como a la ofensiva y con el pitcheo.
La introducción vale para explicar que, a pesar de toda esta especialización, los relevistas no son considerados parte de esa élite del juego. Hace poco Francisco Rodríguez se convirtió en el relevista más joven que llega a 400 salvados (lo fue también en llegar a 100, 200 y 300). Si hiciéramos la comparación con algún bateador que llevara un paso similar, digamos, en cuanto a los jonrones y la marca suprema, en poder del cuestionado Barry Bonds, ya se le estaría construyendo el nicho en Cooperstown.
Tal vez todo se deba a la vara con la que se mide, que cada vez se pone más alta. Tany Pérez, por ejemplo, está en el Salón de la Fama con 379 jonrones y 1.652 carreras empujadas. Carlos Delgado, con menos campañas y menos turnos, disparó 473 vuelacercas y dejó 1.512 remolcadas a su cuenta y no pudo pasar de la primera elección para la inmortalidad. Los argumentos para dejar a este último afuera son, paradójicamente, los esbozados en el segundo párrafo de este texto, todo bajo la excusa del bateador designado. Revise usted la carrera de Fred McGriff, otro con las puertas cerradas, y asómbrese más.
Volviendo a Francisco Rodríguez, su paso para ir por el mismo sendero de los peloteros ilustres que están marginados. No sólo es el benjamín del grupo de los que tienen 400 rescates, sino que forma parte de una élite conformada nada más por seis lanzadores, a saber, Mariano Rivera (652), Trevor Hoffman (601), Lee Smith (478), John Franco (424) y Billy Wagner (422). Nótese que del grupo, paradójicamente, ninguno está en el Salón de la Fama. Rivera es alguien a quien se le señala como la quintaesencia de los cerradores y parece tener su puesto seguro, lo mismo que Hoffman, quien debería ingresar en los próximos comicios. Del resto no se puede apostar mucho.
Luego de tantas vueltas alrededor de Rodríguez y sus circunstancias, no es descabellado pensar que si alguien conversa con el venezolano acerca de su futuro, debe recomendarle añadir más salvados a su cuenta, quizás hasta llegar y pasar los 500, para comenzar a pensar en un ticket. K-Rod tiene 34 años y mucha salud, y ha sabido mutar, de un pitcher con recta endemoniada y slider cortante, a uno que perdió velocidad pero que ahora cuenta con cuatro envíos, algo poco usual entre los cerradores, que no deben variar su plan de trabajo en un juego, sólo porque ve a los bateadores una vez por noche.
Rodríguez no está entre los inmortales y le falta mucho camino. Tiene la marca de más rescates en una campaña (62 en el 2008) y va por buen camino, al menos dentro del terreno, para ser considerado. Pero como la vara está más alta, requiere más esfuerzo para llegar a la meta.