MIAMI.- Cuando el régimen de La Habana quiere ponerse a la altura moral de los Estados Unidos, sabe buscarse la vida. Así lo demostró Raúl Castro el pasado 17 de diciembre cuando se apresuró a salir por televisión simultáneamente con el presidente Obama para anunciar el cambio de rumbo en las relaciones entre EEUU y Cuba.
Sin embargo ayer, cuando desde Washington se anunciaron el paquete de medidas que facilitarán el flujo de viajes entre los dos países, las remesas, los accesos a la tecnología y también las exportaciones de equipos agrícolas, de construcción, piezas para reparar autos…
Lo irónico del asunto es que, en esta ocasión, la dictadura cubana decidió no darle publicidad internamente al anuncio de Washington y, según cuenta en su crónica desde La Habana Iván García para DIARIO LAS AMÉRICAS, casi nadie pudo conocer los detalles de lo anunciado con tanto bombo y platillo por Obama y Castro.
Mientras algunos privilegiados accedían a la información a través de internet o la televisión por cable de algún conocido, la mayoría permanecía ignorante como tanto le gusta al castrismo desde su llegada al poder.
En definitiva, desde la Casa Blanca se corre para dinamizar la relación y obtener resultados de la decisión individual y no consensuada del Presidente, mientras en La Habana se mantienen atrapados en el tiempo.
No parece que Raúl Castro esté muy interesado en avanzar en las reformas económicas y por supuesto se niega a hacer el más mínimo guiño político que abra la esperanza a que Cuba sea próximamente una democracia o que al menos se relaje la represión y se avance mínimamente en el respeto a los derechos humanos. Como en el cuento, Obama es la hormiga que trabaja mientras la cigarra Castro se dedica a cantar y a disfrutar de su nuevo engaño que garantiza su supervivencia.