La imagen de un opositor, sin importar como se llame, con la camisa ensangrentada y la cara cubierta de vendas tras haber recibido una golpiza que obligó a someterlo luego a una cirugía, no miente. No puede negarse esa evidencia. Definitivamente el régimen de los Castro se anotó una más en su ya larga carrera de atropellos.
Y no es que el agredido fuese Antonio Rodiles, director del proyecto independiente Estado de Sats. Es que ese tipo de comportamiento es despreciable sin importar la cédula de identidad de la víctima o la “legalidad” del victimario. Pero cobra otro matiz cuando se descubre que en la jornada en que sucedió el incidente, algunos reportes de prensa hablan de 80 personas detenidas y, en varios casos, de forma violenta.
¿No es acaso contraproducente este tipo de comportamiento en un país que enfrenta un proceso de “apertura” hacia su “enemigo histórico”? ¿Estas acciones no se contraponen al espíritu que vive hoy Latinoamérica con la visita del Papa a Ecuador, Bolivia y Paraguay? ¿No habrá desde la isla gestos de “buena voluntad” más allá del deseo de aprovechar lo que desde el “capitalismo salvaje” se les pueda ofrecer?
Cuba sigue siendo, más que una isla, un mundo único y diferente del resto, un espacio donde no hay, ni se permitirán desde el poder, titulares para reportar los abusos que se cometen a diario contra los que, sencillamente, deciden pensar de otra manera. Y lo más lamentable es que la reapertura de las embajadas, los augurios de inversión futura o la anunciada visita del Papa para este año, no parecen ser argumentos suficientes para pensar que, desde el régimen, pueda comenzar a gestarse un cambio. Lo que el mundo espera de Cuba, definitivamente, parece estar necesitando otro tipo de catalizador.