“Al país, igual que aquel chivo del corral de la infancia, se le soltó el amarre y corría sin rumbo; quienes debían sujetar el mecate se dedicaron a regatear su largo, olvidando que chivo que se devuelve, se esnuca”.
Y mientras este ciudadano salvaba vidas a riesgo de perder la suya, el entorno se llenaba de una mezquindad insufrible. A la zona del desastre no llegaron camiones de auxilio, ni rescatistas del Estado; llegaron los uniformados a acordonar la ruina, no para proteger, sino para desatar la rapiña
“Al país, igual que aquel chivo del corral de la infancia, se le soltó el amarre y corría sin rumbo; quienes debían sujetar el mecate se dedicaron a regatear su largo, olvidando que chivo que se devuelve, se esnuca”.
El estruendo de la tierra no avisa. Es un rugido sordo que sube desde las entrañas de lo desconocido, y, en cuestión de segundos, desordena la geografía y las vidas de quienes no tienen más escudo que su propio desamparo. Pero en Venezuela, el verdadero sismo ya había ocurrido mucho antes de que las placas tectónicas decidieran agitarse aquel 24 de junio. Las grietas ya estaban allí, invisibles, profundas, carcomiendo de manera constante los cimientos de una nación que se sostenía apenas por la inercia de la espiritualidad, la costumbre, la resignación y la fatiga.
Cuando el espeso polvo comenzó a levantarse sobre las ruinas del terremoto, la imagen que se grabó a lágrimas y fuego en el alma colectiva no fue la de las edificaciones fracturadas ni la de los discursos llenos de lamentos hipócritas, prefabricados y distantes. Fue una estampa infinitamente más poderosa, poética y desgarradora: una niña que emergía libre de los escombros y, contra toda lógica del dolor, de la asfixia y de la muerte, sonreía; sí, sonreía. Esa sonrisa, limpia, nítida y brillante en medio del hollín, no era un gesto de simple ingenuidad infantil; era el milagro de la vida, abriéndose paso a tropezones entre la devastación, un destello de dignidad indomable que se negaba a ser sepultado por el concreto, el olvido y la desidia.
Ante la tragedia y la ausencia absoluta de equipos del Estado, la salvación del vecindario no vino de un despliegue oficial, sino del heroísmo inmenso de un hombre común bautizado como “el topo humano”, quien con las uñas partidas, respirando polvo asfixiante y desafiando la muerte en cada réplica, se metió pecho a tierra por las ranuras del concreto colapsado para rescatar, una a una, a más de cincuenta personas con sus propias manos. Paradójicamente, repitiendo la lógica perversa del régimen, convirtió su heroísmo en delito, y luego del declarar a la prensa la verdad de la catástrofe, solicitando la ayuda oficial que nunca llegaba, la dictadura lo metió tres días preso, sin justificación alguna.
Y mientras este ciudadano salvaba vidas a riesgo de perder la suya, el entorno se llenaba de una mezquindad insufrible. A la zona del desastre no llegaron camiones de auxilio, ni rescatistas del Estado; llegaron los uniformados a acordonar la ruina, no para proteger, sino para desatar la rapiña. Sin escrúpulos, bajo la mirada atónita de los sobrevivientes, se dedicaron a proteger fajos de dinero, robar enseres entre los escombros y lucrarse descaradamente de la tragedia, cobrando peajes e incautando lo poco que la tierra no se había tragado.
Fue allí, entre el saqueo oficial y el polvo, donde se emerge la figura de una mujer de pueblo. Una señora a medio vestir, con el rostro cubierto de hollín, la mirada encendida y la voz templada por el dolor de tener a los suyos bajo los bloques, se enfrentó cara a cara a los fusiles y al pillaje del uniformado. Sin más escudo que su propio pecho y su dignidad de madre, los increpó con una rabia sagrada: “Quítense el uniforme, les queda grande, ¡a mí no me van a impedir sacar a mis hijos! ¡Ustedes no cuidan vidas, nos asesinaron y ahora vinieron a robarse lo que nos queda!”. Un grito desgarrador y profundo que hizo retroceder a los saqueadores con bayonetas, encarnando el rugido de toda una sociedad que luchaba por no dejarse enterrar viva por la desidia y la delincuencia uniformada.
El contraste brutal entre la sonrisa de esa niña, la hazaña del topo encarcelado, el coraje de esa madre y el pillaje de los guardias, es donde encaja nuestra parodia criolla: la del chivo, el mecate; echando mano a recodos de nuestra memoria, que muchos recuerdan como la ley del corral, la cual describe al chivo como un animal testarudo, andador e impulsivo, que si se deja suelto jala pal monte, buscando saciar su propio apetito individual sin importarle el sembradío ajeno, el esfuerzo del agricultor, ni la suerte del rebaño; y para contenerlo y hacerlo provechoso, hace falta un mecate fuerte, trenzado con rigor y atado a una estaca firme clavada en tierra buena. Ese mecate representa la ley, la estructura institucional, la contraloría social y el deber de protección del Estado.
Pero en Venezuela, el chivo del poder absoluto, de la opacidad y del pragmatismo transaccional lleva décadas corriendo suelto, engordando a costa de la desolación nacional, y los encargados de sostener el mecate distraídos en el reparto de parcelas de influencia, en el confort sin disimulo y en el beneficio mezquino de la cohabitación, dejando que la cuerda se pudriera por el desuso y la intemperie.
Las casas muertas de nuestra gente no se desplomaron por la fuerza natural de las ondas sismológicas; colapsaron porque el mecate de las normas de construcción, de la planificación urbana, de la salud pública y de la seguridad civil se desintegraron hace muchísimo tiempo en manos de la corrupción. El chivo de la indolencia se comió el cemento, el hierro y las oportunidades de prevención, dejando desprotegidos a los más vulnerables, mientras las cúpulas del oficialismo y la dirigencia condescendiente acordaban en cómodas oficinas sobre cuotas de poder y licencias energéticas.
Detrás del colapso físico de edificios, templos y escuelas, se esconde una ruina mucho más silenciosa, persistente y difícil de reconstruir: la quiebra espiritual de la sociedad. Lo
que el terremoto ha puesto en flagrante evidencia, es la total, profunda e irreversible pérdida de confianza del ciudadano común en todo aquello y en todos aquellos que alguna vez prometieron protegerlo.
Esta dimensión de la profunda fractura de confianza se manifiesta de forma devastadora cuando el ciudadano comprende que el mecate se rompió. Por un lado, se impone la orfandad institucional de una población que aprendió, a fuerza de golpes y abandono, que el Estado dejó de ser garante de la seguridad para transformarse en un ente extractor, de opacidad, represión y saqueo. A lo que se suma el cinismo de un liderazgo que despierta sospecha y distancia en la gente, al ver cómo de una y otra acera se enfrasca en conveniencias diplomáticas y cuotas burocráticas mientras el país se hunde y la población sufre.
Ante la constante felonía, el encarcelamiento de los verdaderos héroes y la desidia, el ciudadano común opta por replegarse h hacia un escepticismo de supervivencia radical donde desconfiar de toda promesa se convierte en la única forma de no volver a quebrarse el alma. Este vacío de fe pública abona el terreno para la resignación y la anomia, a veces sin tomar conciencia de que la confianza destruida no se repara con discursos, sino con hechos que expongan la presencia real, ética y efectiva de la solidaridad y la justicia en la tragedia cotidiana.
Pero si adentro el mecate institucional se rompió por completo por la desidia del poder, desde afuera emergió una cuerda de dimensiones globales. La tragedia del terremoto no se quedó encerrada en las fronteras físicas de Venezuela; sacudió con idéntica fuerza el alma de la diáspora y millones de venezolanos esparcidos por el mundo, que cargan a diario con la melancolía del destierro, reaccionaron de inmediato con un solo corazón. En galpones, parroquias de exiliados y plazas de ciudades lejanas, los de afuera se movilizaron para recolectar medicinas, ropa y alimentos. Esta inmensa corriente de ayuda no fue un simple acto de beneficencia; fue una declaración de amor a la patria y un pacto de solidaridad, de hermandad inquebrantable.
Y los de afuera, de manera crucial, compartieron la misma pérdida de confianza hacia las estructuras de adentro. Sabían muy bien que la ayuda enviada corría el riesgo de ser bloqueada, confiscada o desviada por la burocracia insensible del régimen o por la ineficacia de una dirigencia desconectada. Por eso, el esfuerzo de la diáspora se organizó al margen del régimen, buscando canales directos, de iglesia a iglesia, de vecino a vecino, tejiendo una red de confianza paralela basada únicamente en el afecto y la decencia compartida. Ese puente demuestra que el exilio no es un desgarro definitivo, sino una extensión activa de la misma lucha por la dignidad. Quienes empacaban cajas de ayuda en Miami, Madrid o Bogotá sostenían, a la distancia, el mismo mecate que la gente en la barriada jalaba con sus manos ensangrentadas entre los escombros para salvar una vida.
La lección fundamental que nos deja el polvo del terremoto, la sonrisa de la niña, el coraje de la madre, el sacrificio del topo encarcelado y la movilización conmovida de la diáspora
es que el tiempo de las vacilaciones y de los repliegues tácticos se ha agotado por completo. Atrás quedó la peligrosa y dañina costumbre de dar un paso al frente para luego retroceder ante la primera ráfaga de viento, buscando acomodo bajo el pretexto del "realismo político y la cohabitación”, porque la sabiduría de nuestra tierra es implacable: “chivo que se devuelve se esnuca”.
No se puede negociar la dignidad de esa niña que sonríe con valentía, ni el sacrificio de la diáspora que se desvive por enviar alivio desde el extranjero mientras carga con las consecuencias de un futuro fracturado. No se puede usar la tragedia del pueblo como una ficha de cambio para obtener prebendas o reconocimientos estériles en mesas de diálogo que solo sirven para darle más mecate al opresor.
La sociedad civil, tanto la que resiste adentro como la que apoya con fervor desde afuera, no puede seguir actuando como el pastor temeroso que suelta el mecate cuando el animal jala fuerte; su rol es polarizar con la barbarie, marcar una distancia ética infranqueable y ofrecer un proyecto de país donde la vida humana y la decencia vuelvan a ser el centro indiscutible de la acción pública y la política. brinda la clave de nuestra reconstrucción cívica.
Recuperar la confianza perdida no será tarea de un día ni obra de un nuevo caudillo mesiánico. La confianza se reconstruirá con paciencia y desde abajo, imitando el mecate humano que unió a los vecinos del terremoto con los exiliados del mundo entero: uniendo nuestras fuerzas individuales en una red descentralizada, transparente, ética y firme, capaz de sujetar de una vez por todas al poder y ponerlo al servicio de la vida y de la dignidad.
Es hora de clavar de nuevo la estaca de la decencia y el rigor en el suelo de la patria. El polvo del sismo eventualmente se asentará, pero la exigencia de un Estado responsable, de líderes que no abandonen y de una vida digna debe permanecer tan firme como la roca que resiste la tormenta. La sonrisa de esa niña y el amor infatigable de nuestra diáspora nos obligan a no rendirnos; su mirada nos exige que sostengamos el mecate con manos firmes y el corazón bien plantado en la tierra. www.venamerica.org.
Por Nelson Oxford Belisario*
*Presidente de VenAmérica
