Izar la bandera de los EEUU en La Habana será un hecho a recordar, porque marca un cambio de rumbo en la región: abre una era entre enemigos que ya dicen no serlo y han decidido llamarse “vecinos”. Pero el suceso no ha cambiado nada de lo que esencialmente se esperaba.
Muy a pesar de muchos, y con la aceptación de otros, lo que comenzó como “deshielo” es ya una realidad, y más que allanar nuevos caminos parece haberse “descongelado” absolutamente de un solo lado.
Los miembros de la sociedad civil cubana lo saben, de ahí que hayan decidido reunirse en Puerto Rico, en una especie de “contraataque” ante este nuevo escenario. “Es hora de preparar una postura común”, han dicho, porque ni la oposición interna, ni los mayores representantes en el exilio de la lucha por derrocar a un Gobierno que mantiene preso a todo un país, se han visto representados en este episodio.
Izar una bandera en el lugar de donde fue retirada en 1961 no cambia el orden de cosas. Desde que comenzaron las negociaciones para llegar hasta hoy, la buena voluntad ha quedado solo del lado continental del Estrecho de la Florida. Cuba no ha cedido, y no parece dispuesta a hacerlo. El régimen de los Castro mantiene sus posturas de siempre.
Cuba sigue siendo un estado autoritario, que no respeta las libertades de expresión ni de prensa, que sigue limitando las oportunidades a sus nacionales, mientras las ofrece a los extranjeros, esos que hacen crecer las arcas de los gobernantes.
Los días por venir traerán más y habrá otras repercusiones a esta era de “los nuevos vecinos”, pero lo único que pudiera hacer trascendental a este día será cuando, ya dentro de la isla, el Gobierno al que representa esa bandera que se acaba de izar logre que Cuba funcione como una verdadera democracia. Entonces la era de los nuevos “vecinos” estará dando frutos.