Por Orlando López-Selva

En estos días ha estado la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-Wen en los Estados Unidos. Está de paso.

La señora Tsai visitará en el Caribe a cuatro de los aliados que su país mantiene, a pesar de las presiones económico-diplomáticas de Beijing: San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, Santa Lucía, Haití.

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El viaje es imperativo para la acosada diplomacia de Taipéi. Y, también, un acto de necesaria temeridad de la mandataria.

¿Y qué debería significar para Washington?

Mi punto: Estados Unidos no debería solo predicar simpatías y firmar leyes de acercamiento con sus verdaderos amigos, y; paralelamente, congraciarse con los poderosos, solo para no irritarlos. Que China Continental reaccione airada ante la visita-en-tránsito de la señora Tsai, es un desafío para la Casa Blanca. No se está recibiendo a una estadista indeseable o paria. Se está recibiendo a una amiga-aliada. Y, aunque no haya agenda oficial para este caso, Washington debe descartar ambigüedades.

Está claro, el viaje de la señora Tsai es de marcada importancia en estos momentos cuando la diplomacia de Taiwán pasa por una crisis profunda de pérdida de aliados (¡tristemente, todos latinoamericanos!): Costa Rica, Panamá, República Dominicana, El Salvador. ¿Ello implica dar pasos para poner a prueba a su mayor aliado y protector: Estados Unidos?

Esta visita tiene dos percepciones: Washington sabe que acoger a la adversaria de Beijing es un acto inamistoso (por no decir de provocación) de Estados Unidos; pero, también, nadie tiene porque decirle a quién debe o no recibir.

En la diplomacia todo debe ser cuidadoso. Los actores de ese mundillo no se creen importantes; se venden como valiosos. Y, como tales, todos sufren de híper-sensibilidad cutánea.

La señora Tsai debe acercarse a algunos aliados. Esa es parte de sus prioritarios deberes internacionales. Su agenda diplomática es muy costosa, delicada y sutil. Pero, en estos actos, dichos y omisiones de las relaciones con otros Estados, sucede igual que con la prédica cristiana: los evangelizadores deben buscar y mantener contacto con sus prosélitos. Sino, lo que se desatiende, se va.

China Continental es muy poderosa. Todos los sabemos. Es la segunda economía planetaria (14 trillones de USD); tiene un ejército que, por su número de soldados (3.4 millones), es el primero del orbe; y es un imperio tecnológico. Y, últimamente, ha estado mostrando los colmillos y el fuego de su diplomacia de dragón en crecimiento.

En Beijing ya no sienten que deban pedirle permiso a nadie para dar un paso. Xi Jin-ping ha estado actuando recelosamente, en cuanto a sus pretensiones, y su espacio territorial y marítimo.

Es cierto, desde 2017 Washington le ha estado vendiendo armas, en cuatro ocasiones a Taiwán. $2,223 millones en esta última; incluye: 108 tanques Abrams M1A2T, 250 misiles tierra-aire Stinger.

Pero, militarmente, China es diez veces mayor que Taiwán. Y lamentablemente, la vocación soberana y el independentismo de los gobiernos democráticos de Taiwán ―KMT y PDP― no ha encontrado total aceptación entre las grandes potencias occidentales. ¡Injusta negligencia!

¿Por qué?

A nivel global, los principios del derecho internacional son vistos con buenos ojos por casi todos los 196 Estados adscritos al sistema de las Naciones Unidas. Pero el verdadero poder internacional yace en la voluntad y las acciones que tomen los estados más grandes. Y si bien estos son 5, solamente: Estados Unidos, Rusia y China son las híper-potencias. Ello significa: éstas no le tienen que pedir permiso a nadie para hacer lo que les dé la gana.

¿Hasta dónde Washington podrá mantener su palabra y encarar abiertamente a cualquiera que intente atropellar a Taiwán? ¿Cómo la reacción que Beijing adopte ante el tránsito de la señora Tsai por territorio norteamericano, podría tornar más tensas las relaciones de Taiwán y China?

Ciertamente, predomina una realidad: China Continental es un monstruo. Y solo los líderes norteamericanos pueden salir al frente a dar la cara por la patria de Chian Kai-Chek ―el gran líder nacionalista chino, a quienes los Estados Unidos apoyaran en los años 40 y 50, y le ayudaran a construir una república democrática en la isla de Formosa. O en “el portaaviones insumergible”, como le llamara Douglas McArthur, a Taiwán.

¿Cuáles va a ser las consecuencias?

Taiwán hace lo que debe; China Continental lo que se le permite. ¿Y los Estados Unidos…?

¿Mantendrá Washington una posición ambigua ante sus aliados o, se decantará por quienes, realmente, estén en primera línea para enfrentar los rugidos y zarpazos del desafiante gran dragón?

No debe haber más agendas ambiguas.

FUENTE: Por Orlando López-Selva

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