Por ORLANDO LÓPEZ-SELVA
Especial

Mientras estuve de visita en Taiwán no se me ocurrió encender el radio para escuchar la música propia que hacen. ¿Qué escucharán los jóvenes en ese país?

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Mi pantalla de TV llenaba por momentos mi soledad hotelera. Veía a Taiwán y todo lo taiwanés a través de la lengua de Milton, Keats, Stevenson –este último, tal vez, el escritor anglo-parlante, que más disfrutaba, y con cuya literatura de viajes, lo exótico o las tierras distantes–, me sentía plenamente identificado. Obviamente, el inglés de Milton no era el inglés de la TV. Nope. Era un inglés llano, simple, práctico; un idioma de consonantes, oraciones cortas y de una monótona tonalidad.

Martes, 7 mayo, 2019. El desayuno variado, cosmopolita del Okura Prestige, imantaba a docenas de clientes de varios países. Predominaban los imperturbables comensales japoneses que escogían huevos duros cortados por la mitad, café negro, y pequeños caldos: tallarines, pescado y tofú. ¿Quotidienne petite-déjeuner japonais?

Acompañé mi comida leyendo el único diario que comprendía: el New York Times, con más platillos, por una cuestión táctica. Saldríamos de Taipéi sin saber cuánto estaríamos de viaje –primero en tren de alta velocidad y después en autobús– para visitar algunas fincas que eran modelos de producción floral.

Los periodistas que escribían sobre Asia (este NYT era editado con alto contenido de temas orientales, en Hong Kong) eran, según deduje, escritores de India, Israel o Turquía. Pocos columnistas chinos o japoneses. ¿Por qué?

Simplista. ¿Solo unos pocos lo saben todo? ¿Los nativos no pueden ir más allá de lo propio? ¡Óptica miope!

Bajé al vestíbulo. Víctor estaba ya ahí. Hablamos de varios temas. Él estaba preocupado –con ese esmero que padecen los protocolarios diplomáticos– por si los contenidos de la agenda nos estaban gustando. Respondí que sí. Pero también teníamos otros intereses. Y uno de ellos –Alejandra, la simpática periodista argentina–, lo planteó directamente: “Queremos visitar un templo budista”. “Bien –dijo Víctor–. “Vamos a hacer tiempo para ello mañana, cuando regresemos de Taichung”.

Todos hicimos el check-out. No dormiríamos ahí esa noche. Abordamos el autobús que nos condujo a la estación de trenes. Un edificio imponente de perfil arquitectónico chino.

Irina tenía los boletos. El tren tardaría 88 minutos en llegar a Chiayí, nuestro destino, ciudad al centro de Taiwán.

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Estación de trenes en Taiwán.
Estación de trenes en Taiwán.

El tren #615 iba lleno. Y ya traía pasajeros que había recogido en la primera estación del extremo norte de la isla. Su periplo terminaba casi hacia el extremo sur. Era un tren trans-insular.

Siempre he amado viajar. (¡Es el tiempo vivido más fascinante y extraordinario!). ¿Será porque, de pequeños, mi padre nos acostumbró a hacerlo: en menor escala, en Centroamérica o dentro del país? ¿O por mi deleite por los mapas de lejanas tierras? ¿O la influencia que en mí tuvieron Verne, Salgari, –de nuevo– Stevenson y Defoe, que inventó un personaje que ha sido mi héroe: el Robinson Crusoe, el precursor de Bear Grylls?

El tren era impecable, moderno. En cada vagón había una pantalla que ponía, en mandarín e inglés, los nombres de las estaciones o su aproximación. Vino a mi mente la canción del italiano Toto Cotugno: “La vita come il treno va…”

Los pasajeros dormían o iban conectados por sus auriculares a sus celulares súper inteligentes o a sus computadoras.

Todo viaje es emocionante. Cuando el tren partió, comenzó a mostrarnos, todavía, paisaje urbano. Taipéi se nos desvelaba extenso y más allá de su downtown; seguían los edificios, las torres de apartamentos, otra vez el río (¿O tal vez era otro río o un afluente?). Por la alta velocidad, se sucedían fugaces perfiles de fábricas, edificios de mediana altura. Y al entrar a un túnel, nos tragaban las montañas por sus gigantescas bocas oscuras. Montañas o colinas de tupidas cabelleras verdes, húmedas, impenetrables. Algo de bruma. Una carretera corría paralela. Allá más lejos, las plumas de humo de industrias que contaminaban el aire. Llovía y escampaba. La luz era húmeda y nueva. El día fresco. El aire como ensimismado en su porción de atmósfera agitada. De vez en cuando una casa vieja, como de finca –o pequeña estancia solariega, como dirían los argentinos–. Y a la par, un estanque o pequeñas parcelas de diferentes tonos verdes, cortadas como con toque geométrico. Con mis ojos trataba de equipararlo todo a pequeños campos de arroz. (Por instantes se me vino la letra de la canción de Sting: “In the fields of barley”).

Todo lo que viene a nosotros, aunque no tenga un nombre siempre va a permanecer en ese álbum de fotografías que los seres humanos llevamos a todas partes y asociamos por formas, fechas, personas, colores, lugares, tiempos.

¿Cómo perciben los poetas o lo pintores, si son artistas de diferentes medios y con pupilas más sensibles y esponjosas? ¿Cómo encajan todos estos recuerdos con el acopio de olores y sabores?

Estábamos yendo más allá del Taipéi de presurosas y ordenadas avenidas. Quedaron atrás las motos, los buses llenos de pasajeros ajustados por horarios.

Nosotros éramos visitantes con ojos menos reposados que buscan queriendo sorprenderse con un paisaje o con un acontecimiento repentino que nos atrape. El oficio periodístico buscar ser explorador, testigo y relator veraz.

Taiwán está encaminado a ser un modelo asiático para el resto del mundo. Es un país pequeño. Pero, ¿acaso no lo son así Inglaterra, Israel, Japón? Lo admirable yace en el esfuerzo, la superación del obstáculo, el arrancar con menos.

No me sorprende que Estados Unidos, Rusia, China, Brasil sean potencias. Era de esperarse… Pero países como Taiwán: pequeños, acosados, casi aislados, son dignos ejemplos.

Desde luego, la bondad, laboriosidad y creatividad de su pueblo son sorprendentes – ¡güelfos y gibelinos lo atestiguan!–. Esta no es una Cuba enfrentada a un Estados Unidos. No. Nunca. Esta tierra pequeña bien puede jactarse de ser un país libre, democrático, desarrollado, sin rencores. Acá ha habido presidentes electos que cuando terminan su período, se van a su casa. No es una dictadura de mandamases impuestos.

El interés nacional de Taiwán yace en no ser nunca colonia de los dictadores de Beijing.

Continuará…

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