miércoles 18  de  marzo 2026
análisis

Lo que pocos se atreven a decir

Un primo de mi madre sufrió un infarto en La Habana. Cuando los médicos se disponían a comenzar la operación, la electricidad se interrumpió

Diario las Américas | YALIL GUERRA
Por YALIL GUERRA

Por estos días vivimos rodeados de una incesante corriente de noticias que, en muchos casos, parecen tener un denominador común: la muerte. Cada teléfono móvil, cada tableta, cada computadora conectada a internet funciona como una ventana abierta hacia el mundo, pero también como un canal permanente por el que desfilan tragedias, guerras, accidentes, violencia y desesperanza. Es como si una sinfonía de fatalidades inundara nuestros dispositivos electrónicos, moldeando poco a poco la forma en que percibimos la realidad.

Aunque no siempre lo notamos, esta exposición constante tiene consecuencias profundas. El ser humano no está diseñado para absorber de manera continua el peso de tantas tragedias ajenas. Con el tiempo, ese bombardeo informativo va generando una ansiedad silenciosa, una suerte de paranoia colectiva que transforma nuestro estado emocional. Las sonrisas se vuelven más escasas, la paciencia más frágil y la mirada hacia el futuro más sombría. No es casualidad que, en medio de sociedades tecnológicamente más conectadas que nunca, también crezcan los niveles de estrés, depresión y desesperanza.

Tal vez por eso vale la pena detenerse y formular una pregunta sencilla: ¿cuándo fue la última vez que nos reímos a carcajadas? No una sonrisa breve o educada, sino esa risa auténtica que ilumina el rostro y libera el espíritu. Para muchos, la respuesta ya no resulta evidente. Vivimos atrapados en una atmósfera de tensión permanente en la que la alegría parece haberse convertido en un lujo ocasional.

Sin embargo, más allá de este clima emocional global, existen realidades concretas que superan cualquier reflexión abstracta. Hace apenas unas horas recibí una noticia familiar que ilustra con crudeza el drama cotidiano que atraviesa Cuba. Un primo de mi madre sufrió un infarto en La Habana. Fue trasladado de urgencia a un hospital y preparado para una intervención quirúrgica inmediata. Pero justo cuando los médicos se disponían a comenzar la operación, la electricidad se interrumpió.

Sin combustible suficiente para mantener el sistema eléctrico funcionando, el hospital no pudo realizar el procedimiento.

En ese instante surgen preguntas difíciles de ignorar. ¿Qué culpa tiene un paciente infartado de que falte petróleo para sostener la red eléctrica de un hospital? ¿Qué responsabilidad tiene un recién nacido en una incubadora de que no llegue combustible para alimentar los generadores que mantienen viva la infraestructura médica?

Son preguntas incómodas, pero necesarias.

Muchos, dentro y fuera de Cuba, desean cambios profundos para el país. Ese anhelo es comprensible y, en muchos casos, justificado. Cuba enfrenta problemas estructurales que requieren transformaciones reales y urgentes. Pero también es necesario decir algo con claridad: nada de lo que hoy ocurre exonera de responsabilidad a las decisiones equivocadas que se han tomado durante décadas dentro de la propia isla.

Durante muchos años se han acumulado errores económicos, decisiones políticas fallidas, estructuras administrativas ineficientes y modelos productivos incapaces de sostener una economía moderna. Negar esa realidad sería tan irresponsable como ignorar el sufrimiento que hoy vive el país. Gran parte de la crisis actual es también el resultado de esas decisiones prolongadas en el tiempo.

Pero reconocer esa responsabilidad interna no justifica otro problema igual de grave: convertir la presión política en un mecanismo que termina afectando directamente la supervivencia de la población.

Existe una línea ética que no debería cruzarse. Presionar políticamente a un gobierno es una cosa; impedir que un hospital tenga electricidad para operar es otra muy distinta. Cuando se restringe el acceso a recursos esenciales como combustible, energía o infraestructura básica, las consecuencias dejan de ser políticas para convertirse en humanas.

En ese punto, el problema ya no es ideológico ni geopolítico: es moral.

Porque cortar el acceso a la energía, paralizar hospitales o impedir que funcionen servicios esenciales no significa únicamente debilitar a un sistema político. Significa colocar a millones de personas en una situación de vulnerabilidad extrema. Significa que los enfermos no pueden ser operados, que los equipos médicos se detienen y que la vida cotidiana comienza a desmoronarse.

Cuando una sociedad pierde el acceso a los elementos básicos que sostienen la vida (electricidad, agua, combustible, atención médica), ya no estamos hablando únicamente de presión política. Estamos hablando del deterioro progresivo de las condiciones mínimas de supervivencia de una población.

La paradoja es evidente. El poder político y el pueblo no son lo mismo. Afectar gravemente la vida cotidiana de la población no garantiza que el poder cambie; lo que sí garantiza es sufrimiento humano.

Por eso el debate sobre el futuro de Cuba exige una reflexión más profunda y honesta. Reconocer los errores internos es imprescindible. Pero también lo es reconocer que ninguna estrategia de presión debería poner en riesgo directo la vida de la gente común.

Porque cuando un hospital se queda sin electricidad en medio de una operación, cuando una incubadora depende de un generador que puede apagarse en cualquier momento, la política deja de ser un debate abstracto.

Y se convierte, literalmente, en una cuestión de vida o muerte.

Yalil Guerra, Ph.D

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