ZAPORIYIA — Cuando los húmedos muros de cemento del subsuelo, el moho, el frío y semanas sin frutas ni vegetales frescos se hicieron insoportables, algunos en el bunker debajo de la oficina de Elina Tsybulchenko decidieron arriesgarse y asomarse para observar el cielo.

Recorrieron pasillos oscuros, iluminándose con linternas y lámparas abastecidas por baterías de automóviles, hasta llegar a un sector muy apetecido en la planta siderúrgica de Azovstal, sometida a un intenso bombardeo ruso y que es el último bastión de la resistencia ucraniana a la invasión rusa en Mariúpol. Desde allí podían distinguir un pedacito de cielo azul, o grisáceo. Era como ver desde el fondo de un pozo de agua. Para quienes no podían o no se animaban a salir a la superficie, representó algo tan distante como la paz.

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Ver el cielo, no obstante, les dio esperanza. Fue algo que hizo llorar a la hija adulta de Elina, Teyana.

La familia Tsybulchenko fue de las primeras que pudieron salir de la planta siderúrgica en una tensa evacuación negociada por las Naciones Unidas y el Comité Internacional de la Cruz Roja con Rusia, que ahora controla Mariúpol, y Ucrania, que quiere recuperar la ciudad.

Un breve cese al fuego permitió la salida de más de 100 civiles, que llegaron a salvo a Zaporiyia, en el sur de Ucrania.

Allí describieron a la Associated Press los dos meses que pasaron en un verdadero infierno y su fuga.

Evacuación civiles ucranianos-AP
Algunas personas caminan entre los escombros en la planta siderúrgica Azovstal de Mariúpol (Ucrania), en una foto sin fecha suministrada por los militares ucranianos el 1ro de mayo del 2022.

Algunas personas caminan entre los escombros en la planta siderúrgica Azovstal de Mariúpol (Ucrania), en una foto sin fecha suministrada por los militares ucranianos el 1ro de mayo del 2022.

Cientos de civiles y de combatientes ucranianos siguen atrapados en la planta y las fuerzas rusas ya están adentro.

En los primeros días de la invasión rusa, Tsybulchenko, de 54 años, se sintió conmocionada por el bombardeo de su ciudad. Igual que tantos otros residentes que participaron en simulacros de ataques, sabía que el único refugio confiable era la planta siderúrgica. Cuando ella, su esposo Serhii, su hija y su yerno Ihor Trotsak decidieron ir allí, pensaron que permanecerían unos pocos días.

“Ni siquiera llevamos cepillos de dientes”, expresó Elina.

No fueron pocos días. Fueron 60.

Habían llevado sus documentos, tres frazadas, dos perros y alguna fruta que consumieron en la Pascua Ortodoxa. Nunca pensaron que seguirían allí durante ese feriado, tres semanas después de su llegada.

La planta siderúrgica es un enorme complejo con más de 30 secciones que pueden funcionar como búnkers e innumerables túneles, que ocupa 11 kilómetros cuadrados (cuatro millas cuadradas). Cada búnker es un mundo aparte. La gente no se podía comunicar entre sí. El aislamiento en que permanecieron dificulta el cálculo de cuántas personas permanecen allí. Los ucranianos dijeron esta semana que todavía quedan unos pocos cientos de civiles, incluidos más de 20 niños. El viernes se llevaba a cabo otra evacuación.

Las personas que permanecen en la planta enfrentan condiciones muy precarias. Algunos evacuados relataron que vieron cómo algunos de los heridos perdían la vida al escasear, o acabarse, los materiales de primeros auxilios o el agua potable.

“Literalmente, nos podríamos, igual que nuestras chaquetas”, dijo Serhii Kuzmenko, de 31 años. Capataz de la planta, Kuzmenko pudo escapar de su búnker junto con su esposa, su hijo de ocho años y otras cuatro personas. Otras 30 se quedaron en el búnker. “Necesitan nuestra ayuda urgente”, declaró. “Hay que sacarlos de allí”.

Evacuación ucranianos siderúrgica-AP
Personal de la Cruz Roja da instrucciones a Serhii Tsybulchenko (izq) y su yerno Ihor Trotsak a su llegada a Zaporiyia (Ucrania) tras la evacuación de unas 100 personas de una planta siderúrgica de Mariúpol (Ucrania). Foto del 3 de mayo del 2022.

Personal de la Cruz Roja da instrucciones a Serhii Tsybulchenko (izq) y su yerno Ihor Trotsak a su llegada a Zaporiyia (Ucrania) tras la evacuación de unas 100 personas de una planta siderúrgica de Mariúpol (Ucrania). Foto del 3 de mayo del 2022.

En otro bunker, la familia Tsybulchenko vivía con una cincuentena de personas, incluidos 14 niños de cuatro a 17 años. Sobrevivieron racionando la poca comida que les llevaban los combatientes. Pequeños trozos de carne, avena, galletas saladas, azúcar y agua. La comida no alcanzaba para todos.

El viejo perro de la familia, un cocker spaniel, la pasaba mal. Decidieron que había que sacrificarlo. Le pidieron pastillas para dormir a un soldado, quien les dijo que el animal podría sobrevivir y sufriría más todavía.

“Permítanme que lo mate de un tiro”, les dijo.

Enterraron al animal apresuradamente en medio de las bombas. Cubrieron su tumba con pedazos de metal, pera protegerlo de otros animales hambrientos.

El bunker se estremecía por los bombardeos. “Todas las noches, al acostarnos, nos preguntábamos si estaríamos vivos al día siguiente”, dijo Elina.

Los Tsybulchenko y los demás dormían en bancos, encima de uniformes de empleados de la planta. Hacían sus necesidades en baldes. Cuando los bombardeos eran tan intensos que no podía vaciar los baldes en la superficie, usaban bolsas de plástico. Para pasar el tiempo, la gente jugaba a las cartas o improvisaba juegos de mesa. Alguien talló juguetes de madera con un cuchillo.

Un cuarto del búnker pasó a ser una sala de juegos para los niños. Encontraron marcadores y papeles y realizaron concursos de manualidades. Los niños dibujaban aquello que más ansiaban ver. Algunos dibujaron la naturaleza y el sol. Al acercarse la pascua a fines de abril, dibujaron huevos de Pascua y conejitos.

Los dibujos fueron colocados en paredes que sudaban por la humedad. El olor a moho impregnaba la ropa y las frazadas. La única forma de mantener algo seco era usándolo.

Tras la evacuación, y luego de darse su primer baño como la gente en meses, los Tsybulchenkos todavía tenían miedo de seguir oliendo a moho.

Trataron de almacenar agua de la lluvia, pero seguían usando desinfectantes para limpiarse ellos y los platos, al punto de que Elina tuvo una reacción alérgica en las manos. En los primeros días, ella fue a su oficina y llevó una loción, desodorante y algunos objetos personales que tenía allí. Llegó un momento en el que resultó demasiado peligroso aventurarse al piso superior. La mitad del edificio, incluida su oficina, se derrumbó por los bombardeos.

Una y otra vez durante dos meses, la gente oía hablar de que se preparaban evacuaciones en Mariúpol, que luego no se daban. Cuando se informó que se había negociado una a través de las Naciones Unidas, muchos se mostraron escépticos. Pero empezó la planificación y se tuvo que decidir quiénes se irían primero. Algunos dijeron que los Tsybulchenko tenían que irse porque Elina tenía una pierna en mal estado, cada vez más morada. “Pero hay niños pequeños que deberían irse”, señaló ella. Otros insistieron. Se pensó que la evacuación duraría varios días y que saldrían todos, incluidos los combatientes. Algunos se mostraron renuentes a salir en la primera tanda. Querían ver si todo salía bien.

Una niña que se quedó, Violeta, dibujó una flor, un corazón y escribió “buena suerte” con un marcador en el brazo de Elina. La gente del búnker había abreviado el nombre de la pequeña y le decía Leta, que quiere decir “rayo de sol”.

Los ocupantes del búnker acordaron reunirse a celebrar en un café de Zaporiyia cuando todos hubiesen sido evacuados.

“Nos sentimos mal”, le dijeron los Tsybulchenko a los demás al salir a la superficie.

“No se preocupen”, les respondieron. “Nosotros vamos después”.

FUENTE: Con información de AP

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