Introducción: Por lo general, se considera que tras lo aparente está lo relevante, lo verdaderamente sustancioso, sea en un hecho o en una hipótesis, en un dato o en una teoría. Sin embargo, no son pocas las ocasiones en que lo aparente es lo real…sólo que algunos operadores ignoran esa realidad. Porque lo aparente está más en el analista que en lo analizado. La información nunca engaña; la aproximación, el enfoque, sí. Las ideologías (políticas o no), los prejuicios (personales o no) son campo abonado para el delirio analítico. También lo son elementos distorsionadores —y peligrosos— como el ego, el narcisismo, el engreimiento, entre otros, que afectan poderosamente a analistas e intelectuales. No obstante, los más perjudicados por esos daños —en verdad irreversibles— son los falsos analistas y los intelectuales falsarios. Falsos y falsarios; no es lo mismo. He aquí la caída del imperio de las ideas. Las más absurdas interpretaciones acerca de la geopolítica o la economía proceden de quienes se postulan como analistas e/o intelectuales…sin serlo realmente. Para alcanzar ese status resultan indispensables condiciones tales como la humildad o el aprendizaje permanente. La capacidad para detectar nuestros propios errores, y subsanarlos, constituye un requisito vertebrador de todo profesional del análisis, del estudio, de la prospectiva. La autocomplacencia —incluso exenta de soberbia— mata intelectualmente a quien la ejercita. De ahí el colapso analítico en el que viven instaladas demasiadas mentes calenturientas, incapaces de comprender la realidad, sea en el ámbito que sea (economía, política, cultura, sociedad, entre otros). Imposible para estos epígonos fúnebres intentar siquiera explicar una realidad que no comprenden y que les desborda. Residentes perpetuos en tanatorios mentales a ideologías radicales, fobias irracionales y prejuicios emocionales para autojustificar sus desatinos. Confunden los deseos políticos de lo que les gustaría que fuese con los hechos de lo que efectivamente acontece. Venden humo, compran tiempo; todo vano, todo banal.
Los actuales diez Estados miembros de la Organización de Cooperación de Shanghai marcan una poderosa línea de actuación; la geopolítica económica tiene aquí un vector de expansión. Cabe añadir la previsible incorporación de más países a esta organización; los numerosos Estados “partners” (varios de ellos ya tienen de facto la condición de asociados) diseñan el mayor mercado del mundo. Se trata de un vínculo básicamente intergubernamental; resulta inviable, en el contexto actual, tentar la posibilidad de cierto grado básico de supranacionalidad entre los países miembros. Ir más allá de una asociación entre Estados soberanos puede serles incluso contraproducente. Tampoco el supuesto de fusión completa entre Rusia y Bielorrusia computaría como un activo en geopolítica en el momento presente. Los dos países hermanos perderían la otra carta con la que actuar en las relaciones internacionales. Por otra parte, en el plano general de la Organización de Shanghai, la conjunción y la coordinación de sinergias económicas, productivas y mercantiles colisionan frontalmente con prioridades nacionales de varios Estados miembros.
La mayoría de los países adheridos a Shanghai no son Estados democráticos. Se trata de un club que, en su presente momentum, plantea menos luces que sombras respecto al futuro. Cualquier democracia por el mero hecho de serlo (aun con sus imperfecciones) es netamente superior al conjunto de regímenes autoritarios o semiautoritarios. Esa prevalencia, por supuesto, no se contempla desde Shanghai; ni está ni se la espera… por ahora. Grave equívoco en tanto la economía siempre acaba necesitando formas moderadas de gobernación institucional e integración social. Al desvincularse de la libertad política de manera draconiana, esta organización pierde una fuente de legitimación in crescendo. Esto es, un grupo de estadistas —incluso de propensión autoritaria— habría habilitado una vía transaccional para alargar las expectativas de mejora a plazos indefinidos… y administrar el poder durante ese etéreo período. Mientras tanto, una tolerancia creciente dentro del país que facilitase el desarrollo social y empresarial, porque sin sociedad civil organizada y sin cultura empresarial productiva, no hay crecimiento económico perdurable. Las dictaduras híbridas (formales e inaplicables Estados de derecho que dan forma jurídica a regímenes vocacionalmente autoritarios) perduran merced a la desvertebración de la sociedad civil y a la debilidad del sector privado.
Un protocolo de convergencia en los parámetros básicos de reconocimiento de la estatalidad queda sibilinamente excluido de esta Iniciativa. Un caso paradigmático es Taiwan en su totalidad para la vigente República Popular de China o una parte del territorio de Ucrania para Rusia. En una línea coherente e implacable, la Iniciativa pretende la no intromisión en los asuntos internos de cada Estado miembro por parte de terceros (sean organizaciones gubernamentales o no gubernamentales).
La transversalidad como necesidad
Gobernar es reformar; lo constructivo se impone a la hora de perdurar —en el tiempo, en el poder—. El fomento de la irracionalidad operada desde algunos regímenes políticos de la Organización de Shanghai establece parámetros de inestabilidad a medio plazo, incluso antes. En política, los experimentos se hacen con gaseosa y en cantidades mínimas. La activación de resortes emocionales altamente enervantes ha generado una subcultura política rígida basada en exclusiones y aversiones, que pronto estará fuera de control; ni siquiera el Estado podrá someter esa fuerza salvaje inserta en la mentalidad social. La política fóbica diseminada en los últimos años en varios países de la Organización Shanghai ha creado un magma social propenso a la inestabilidad; una crisis puntual —económica o no— activaría el proceso. Esto augura sacudidas internas y problemas generales. La aparente estabilidad quedará severamente perjudicada. Nadie quiere una situación así; ni allí, ni aquí —estemos donde estemos—. Paradójicamente, sólo expertos occidentales podrían reconducir la situación y solucionar los problemas de conflictividad emergente que van a surgir. Si no se detectan las fuentes tóxicas de esta grave patología, corrigiéndolas, subsanándolas, la crisis irá a peor, con efectos devastadores para el Estado, no sólo el Gobierno.
Resulta urgente acometer acciones reparadoras contra las prácticas de maniqueísmo político, la corrupción esparcida desde los cuadros directivos, la efusión desde el poder de prejuicios emocionales, etc. Todos ellos son mecanismos incitadores para grupos extremistas, dispuestos a pasar a la lucha. Ya el maestro Rudé explicó cómo la muchedumbre toma conciencia de su fuerza destructora y se viste con el uniforme de la violencia. Se ha cometido un número inasumible de errores desde el nivel de asesoramiento a gobernantes en Rusia o China, por ejemplo. Ha llegado el momento de corregir esas máculas operativas al objeto de garantizar una paz social realmente plena y estabilidad política que sostenga la prosperidad de la sociedad civil.
Los indicadores establecen también una probabilidad razonable de estancamiento económico, en base a lo expresado aquí. China y Rusia, entre otros países, necesitan a Occidente. Porque sólo Occidente dispone de la medicina para la enfermedad. Los cambios que deban operarse habrán de aplicarse de manera armónica con la tradición nacional; por supuesto, Occidente no debe imponer su propia estructura institucional ni moral. Se trata de curar una herida específica mediante soluciones técnicas, no políticas. El respeto sincero y la buena educación son una obligación ineludible. Como también lo es atender —en la medida de lo factible— las necesidades de status que las contrapartes puedan tener. Una aproximación entre Occidente y Rusia puede realizarse más por la vía de los pasos concretos que en ampulosas declaraciones institucionales.
En coherencia con lo expuesto, no convienen ahora tratados demasiado ambiciosos, sino más bien negociaciones sectoriales para espacios específicos. La ampulosidad no es el hogar de las soluciones. Vladimir Putin lo ha transmitido así… a través de su lenguaje de hechos. El actual mandatario ruso se comunica mediante símbolos, ideas y hechos, no siempre acompañados de palabras. Si la otra parte comprende lo que está transmitiendo, Putin mantendrá la interlocución en su correspondiente nivel. La comprensión del lenguaje de Putin, como el de otros gobernantes, es una asignatura pendiente en demasiados gobiernos occidentales. Ello limita decisivamente las capacidades y las posibilidades de Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y Australia, junto a los demás aliados occidentales, de interactuar —de manera eficiente— con otras potencias. Los occidentales debemos hacer un ejercicio de humildad para adaptarnos a los lenguajes políticos que nos han sido ajenos.
La transversalidad es la expresión de una excelsa y sofisticada inteligencia política. El grupo de Shanghai ha perdido esa fuente reforzadora, lo cual denota las vulnerabilidades internas de una organización que escasamente podrá garantizar una colaboración leal y completa —ni siquiera entre sí— en situaciones de crisis nacionales. Les une lo negativo, pero no lo positivo. Aquí reside otra debilidad absoluta. No debe sorprender la hostilidad de algunos de sus exponentes hacia la Unión Europea o la NATO, así como contra cualquier otra organización internacional de impronta occidental. Una NATO del Atlántico Sur impulsada por las democracias occidentales comportaría mayor seguridad en Iberoamérica y en otros países emergentes de África. Mediante acuerdos preferentes en una primera y larga fase, por ejemplo, se podría tejer una red que confiriese estabilidad política y económica.
La discontinuidad en geopolítica resta, no suma
El europeísmo como ideal ha dotado de esa estabilidad a la Europa de dos guerras mundiales en la primera mitad del siglo XX; conviene recordarlo. La aversión a la Unión Europea que destilan incluso algunos dirigentes occidentales es un acto más digno del crepúsculo de los dioses. La magnificencia wagneriana no tiene cabida en la Europa del siglo XXI; tampoco más allá. Por supuesto que la UE debe mejorar, erradicando malas prácticas y varias pésimas acciones. La Unión Europea no puede imponer su visión de la vida y del mundo a nadie que no la quiera aceptar. Incluso dentro de las fronteras europeas hay numerosos disidentes de la doctrina oficializada espuriamente por Bruselas. El diálogo, de nuevo, y el entendimiento, siempre. Más, si cabe, en espacios sagrados como la familia y las decisiones personales en materia moral.
El cuestionamiento —sensato, basado en hechos— respecto de medidas adoptadas en Bruselas no puede significar la desaparición y la incapacitación de la organización internacional que ha convertido a Europa en parte de la solución y no en parte del problema. Resulta materialmente imposible una guerra entre Estados miembros de la Unión Europea. Esa hipótesis nos parece disparatada en su propia exposición. He aquí un logro no desdeñable; todo país integrado en la UE queda desactivado como amenaza para los otros Estados miembros. Al contrario, se convierte en aliado a priori. Las desavenencias, incluso los conflictos, dentro de la Unión son los propios de un sistema intergubernamental basado en la tratativa y el acuerdo. Washington necesita a la UE, de lo cual se deriva la modulación discreta de su posición al respecto. La UE es un aliado fundamental de la hermandad occidental. El debilitamiento de Europa acarrea la pérdida —para Estados Unidos y otras potencias— de dividendos estratégicos de primera importancia.
Bajo la égida de la soberanía y la independencia, los países de Shanghai buscan dar continuidad a sus regímenes políticos. El temor a la inestabilidad es una sombra oscura que gravita sobre sus gobernantes. Todo lo que afecte al orden —interior, mayormente— constituye su espada de Damocles. La necesidad de libertades para la sociedad civil emerge de manera fluctuante en todos los casos. La vasta democracia que es la India puede disponer de mejores garantías de seguridad doméstica que sistemas de autoritarismo “blando” o “duro”. La concentración del poder en sólo una fuente dispensadora comporta un riesgo absoluto. Una medida inteligente de la arquitectura institucional en India ha sido la tradicional escala de poderes y contrapoderes, junto a la constelación de gobiernos de diverso rango (territorial, político, entre otros). Esa aparente atomización del poder en realidad no lo es; la diversidad que es la gran nación india se refleja en un pluralismo tangencialmente berliniano.
Las dictaduras híbridas —todas ellas, en grado correspondiente a su maquiavelismo— se fundamentan en una lectura manipulada y manipuladora de la libertad positiva. A mayor centralización del poder, mayores riesgos. Las pugnas internas quedan incentivadas en ese modelo de un solo núcleo omnisciente de potestas. Un golpe de Estado “blando” pero certero, una conspiración única, y el líder vigente quedaría desposeído de su primacía. He aquí otra nueva fuente de potencial inestabilidad —y no sólo institucional— en dictaduras híbridas.
Un punto débil en los regímenes de poder concentrado viene dado por su incapacidad de reacción ante una súbita crisis interna de naturaleza perturbadora. Por ejemplo, esa sería la situación de producirse una afrenta pública a dogmas de la teología ideológica imperante o una reacción militar de protesta contra supuestos o reales agravios. Lo mismo cabe decir si la dictadura híbrida no pudiese continuar suministrando alguno (no hace falta que sean demasiados) de los dividendos básicos que se aportaban hasta entonces. Orden, alimentación, estabilidad institucional, seguridad en las fronteras o calidad de los servicios públicos (en especial, sanidad, transporte, educación), entre otros factores, constituyen el primer termómetro de medición para los ciudadanos. Antes de las revueltas, antes de las revoluciones, se produjeron hundimientos de precios en los productos para los vendedores, subidas espectaculares de precios para los compradores, pérdidas patrimoniales, carestía de alimentos, falta de provisión de bienes básicos y un largo itinerario de mermas que erosionaban una vida decente entre personas que habían llegado al límite.
Un reformismo gradualista
Mientras la economía funcione razonablemente y la teología ideológica continúe disponiendo de un número mayor de creyentes que de “agnósticos”, la dictadura híbrida podrá seguir comprando tiempo. Porque se encuentran en un alquiler, no en una propiedad. La rescisión del contrato de arrendamiento puede llegar en el momento más inesperado. La existencia de movimientos democráticos de base popular es un aviso a navegantes. Lo inteligente sería dirigir una liberalización de las estructuras políticas; lo prudente sería habilitar un sistema de amortiguación que permita la transición hacia un régimen más tolerante y abierto. El gradualismo es el camino de los sabios.
La concesión de libertades económicas, en grado variable, nunca satisfará el cumplimiento de la plena autonomía personal. La libertad no es un don restrictiva y graciosamente otorgado, en tanto se trata de un todo inherente a la persona, a cada persona. Para que florezca de manera creciente y ordenada la prosperidad de las familias, el crecimiento empresarial, la creación de tejido productivo, debe haber también libertad política, no sólo económica. Es cuestión de tiempo que China tendrá que afrontar el desafío aristotélico que ha generado su inmenso desarrollo: la conformación de una mesocracia que exige su lugar al sol. Y no sólo China.
Hoy por hoy, la aplicación de una renovada geopolítica económica que hacen China y sus Estados allegados queda de manifiesto en la colonización progresiva de espacios de alto valor económico; a medio y largo plazo, allegados a un bloque de poder que necesita expandirse. La conquista del sector financiero, por citar un caso, es un resorte derivado de esa adaptación elástica de doctrina proveniente de inteligencia económica sobre la nueva geopolítica del poder. Entre los objetivos, aparece la necesidad de aislar a Estados Unidos, reconvirtiéndolo en una potencia individual, ensimismada en sí misma, decayendo así el inextricable apoyo de los aliados naturales. La NATO y otras organizaciones occidentales quedarían reducidas a carcasas medianamente operativas.
Por otro lado, la preeminencia en segmentos económicos decisivos haría de China un socio insoslayable. La generación de dependencia hacia China es un mecanismo sinuosamente cultivado en las últimas décadas. Una de las derivadas de la nueva geopolítica económica es provocar un renovado aislacionismo en Estados Unidos. Esto es: que Washington quede inerme de apoyo por parte de organizaciones y coaliciones masivas de países aliados. El talento de los dirigentes chinos es digno de encomio (por lo bien concebido desde Oriente) y estudio (por lo mal comprendido en Occidente). Sin embargo, aun habiendo sido impolutamente diseñado ese plan, su implementación ofrece anomalías. De ahí la permanencia de un efecto nocivo para la propia economía china: la creación de esas dependencias impacta pesadamente sobre sus propias capacidades internas. China no puede mantener semejante esfuerzo de manera indefinida en el tiempo. Su actual apoyo a la Rusia de Putin tiene un coste enorme en estabilidad futura; más grave es la hipoteca para el porvenir que se ha contraído para financiar el avance en África, Iberoamérica y otros puntos estratégicos, de conformidad con la geopolítica económica china.
Los designios de geopolítica económica aplicados por los gobernantes chinos —inducidos por sus teóricos gurús geopolíticos— conducen a una crisis ya inevitable. Shanghai avanza, en la vertiente de dictaduras híbridas, hacia un callejón sin salida. A Rusia le conviene diversificar su economía y su política exterior lo antes posible. Lo mismo cabe decir para los otros Estados miembros de la Organización de Cooperación. Resulta significativo que la democracia que es la India tenga mejores perspectivas de futuro, para sorpresa de no pocos expertos. La India dispone de una diversificación de calidad para sus exportaciones, con una capacidad tecnológica en aumento que da sustento a sus industrias (no para exhibir imagen de poder). Menos es más. El ahorro y la inversión como motores del cambio que perdura, para bien.
Conclusión
El enconamiento de las relaciones entre Europa y Estados Unidos, o de Estados Unidos con Canadá, únicamente beneficia a los adversarios de Estados Unidos, Europa y Canadá. Lo mismo cabe decir respecto a la pérdida de liderazgo en organizaciones ubicadas en otras regiones estratégicas para Washington. Iberoamérica es una realidad lacerante en ese aspecto. La emergencia de maximalismos abiertamente antidemocráticos y, sobre todo, la percepción de inacción por parte de las fuerzas democráticas han consolidado dictaduras híbridas más allá de lo previsible y lo deseable. La problemática de los susodichos regímenes autoritarios es que refutan su naturaleza real y mienten a la sociedad hasta el último aliento político. La construcción de una teología ideológica es la base de su poder. Dogmas, pecados y castigos forman parte del glosario penitencial de ese tipo de cleptocracia represiva. El discurso formal reivindica de manera asertiva la libertad, “su” libertad. Porque desde semejante teología pagana y dictatorial sólo los acólitos disponen de unos determinados —por acotados— derechos políticos. El pueblo funcional y reconocido está integrado por los creyentes más irredentos e incluso fanáticos. El resto de ciudadanos… no lo son. La politización hierática de la sociedad produce víctimas por doquier. Las primeras tres víctimas son la justicia, la verdad y el honor.
El concepto paleoconservador de acuerdos de país a país, en detrimento expreso de coaliciones y organizaciones, tiene sus límites en el conflictivo statu quo internacional. Los escenarios previsibles recomiendan a Estados Unidos la reconstrucción de alianzas estables y firmes con socios fiables; se impone el reforzamiento de la NATO y ello debe hacerse de manera equitativa por parte de todos los Estados miembros. No debe repetirse la situación histórica de agravio comparativo entre quien más contribuía a la defensa común frente a los que menos lo hacían. La libertad tiene un precio que todos los socios deben sufragar. El egoísmo no es una categoría ni diplomática ni política. La seguridad de unos es la de todos. Los negocios, las empresas, las familias, las clases medias, necesitan estabilidad y tranquilidad; en Occidente y en Oriente. Ese es un espacio de acuerdo amplio con intereses compartidos. Quizá haya llegado el momento de potenciar al máximo la formulación de Kissinger acerca de los incentivos para la moderación. La economía, en esa coyuntura, puede ser un vector de conciliación entre las potencias occidentales, China, Rusia y todos aquellos Estados que deseen sumarse a un porvenir de prosperidad y no de inestabilidad. Jean Monnet y Robert Schuman ya marcaron el camino; paso a paso. Se trata de sumar, preservando —siempre y en todo lugar— la justicia, la verdad y el honor. No se puede humillar a un país, aun cuando se crea tener motivos para ello. Los tabús atávicos no son circunstancia —Ortega y Gasset dixit—. Justicia, verdad y honor.
Publicado en el Miami Strategic Intelligence Institute (MSI²).