Hace unos días, el presidente de Taiwán, Lai Ching-te, realizó una visita oficial al reino de Eswatini, su aliado en África, Eswatini lo recibió con todos los honores, este acto ceremonial sería normal entre dos países aliados, pero las dificultades que enfrentaron para realizarlo fueron enormes, y más en la agenda internacional de Taiwán. Fue un capítulo revelador del orden mundial que China comunista pretende imponer: un sistema en el que los países no sólo deben reconocer sus intereses, comprar sus productos y no molestarlos, sino obedecer sus vetos; y aceptar su censura; no sólo repetir la totalitaria fórmula de “una sola China”, sino convertirla en una regla de sumisión diplomática global.
El viaje del presidente Lai a Eswatini, realizado finalmente el 2 de mayo de 2026, debe leerse en ese contexto. Taiwán tuvo que romper un cerco aéreo. La ruta original fue bloqueada después de que los países ubicados en el océano Índico Seychelles, Mauricio y Madagascar cancelaran permisos de sobrevuelo o aterrizaje, siendo claramente la ruta más directa entre Taiwán y África. La explicación es sencilla: presión política de China. Pekín, como acostumbra, negó o disfrazó el fondo del asunto, pero el patrón es demasiado conocido. Cuando se trata de Taiwán, la diplomacia china amenaza con castigos y condiciona sus relaciones.
El episodio es muy grave porque convierte el espacio aéreo internacional en un arma política del autócrata Xi Jingpin. Estamos ante el uso de instrumentos técnicos: permisos de vuelo, escalas, tránsito aéreo, para impedir que un mandatario democráticamente electo viaje a un país que lo reconoce oficialmente. China intentó hacer con el espacio aéreo lo que lleva décadas haciendo con organismos internacionales, universidades, empresas, editoriales, aerolíneas y gobiernos: bloquear a Taiwán con la fuerza del miedo.
La visita, por eso, tuvo que manejarse con sigilo. No fue anunciada con la normalidad que tendría cualquier gira oficial entre dos Estados aliados. Primero hubo una participación remota de Lai en actividades vinculadas con Eswatini. Después, Taipéi recibió a una delegación del reino africano. Finalmente, cuando el presidente taiwanés logró aterrizar, el anuncio se hizo ya con el hecho consumado. La discreción fue una necesidad frente al sabotaje diplomático de Pekín.
Eswatini ocupa un lugar singular en esta batalla. Es el único país africano que mantiene relaciones diplomáticas formales con Taiwán. La decisión de mantener el reconocimiento a la democracia taiwanesa lo ha convertido en blanco de la presión china. Pekín ha usado durante años su poder económico y chantajes para reducir el número de aliados oficiales diplomáticos de Taipéi, especialmente en África, América Latina y el Pacífico. Su estrategia es conocida: promesas de inversión, créditos, infraestructura, acceso comercial y, cuando eso no basta, represalias. El mensaje es brutalmente simple: quien reconozca a Taiwán pagará un costo.
La exclusión de Eswatini de ciertos beneficios comerciales chinos para países africanos ilustra esa lógica de castigo. No se trata de cooperación internacional, sino de obediencia comprada. China presenta sus vínculos con África como una relación Sur-Sur, solidaria y respetuosa de la soberanía. Pero cuando un Estado africano decide ejercer precisamente esa soberanía y mantener relaciones con Taiwán, Pekín responde con presión, aislamiento y sanción económica. La retórica anticolonial china se derrumba cuando aparece su verdadero rostro: una potencia autoritaria que exige vasallaje, y se convierte en la nueva potencia colonial en África.
Ahora, bien, después de las dificultades, los resultados de la visita tampoco fueron menores. El presidente Lai fue recibido por el rey Mswati III, participó en actos oficiales, presenció la firma de acuerdos y revisó proyectos de cooperación bilateral, entre ellos iniciativas vinculadas con infraestructura, reservas estratégicas e innovación industrial. Taiwán: sigue teniendo aliados, sigue teniendo agenda internacional y sigue siendo capaz de construir cooperación pese al acoso comunista chino. Para Eswatini, la visita fue una afirmación de autonomía. Para China, una derrota que evidencia su verdadera naturaleza.
La reacción de Pekín confirmó su disgusto. Burócratas chinos calificaron la visita como una provocación o una farsa, y recurrieron incluso al insulto personal contra Lai. Ese lenguaje no es accidental. Forma parte del repertorio propagandístico del Partido Comunista Chino: deshumanizar al adversario, negar su legitimidad, reducir toda expresión de soberanía taiwanesa a una conspiración separatista. Pero hay un hecho que la propaganda no puede borrar: Taiwán es una democracia funcional, con elecciones competitivas, alternancia política, prensa libre y una sociedad civil vibrante. China, en cambio, es una dictadura de partido único que encarcela disidentes, invade Tíbet, censura internet, aplasta libertades en Hong Kong y amenaza militarmente a una isla libre y soberana.
La parte más dura de esta historia está en las democracias que callan, se esconden o calculan. Según reportes periodísticos, algunos países europeos como Alemania, habrían rechazado o evitado facilitar escalas o tránsito al presidente taiwanés para no irritar a China. De confirmarse plenamente, sería un ejemplo más de la cobardía diplomática con la que ciertas democracias tratan al régimen comunista chino: discursos solemnes sobre derechos humanos en los foros, pero cobardía mercantil cuando Pekín levanta la ceja.
Esa complicidad no siempre es explícita. A veces basta con negar una sala, cancelar una escala, retirar una bandera, cambiar el nombre de una oficina, censurar una conferencia universitaria o pedir a una empresa que no llame “país” a Taiwán. Es la complicidad burocrática del miedo. Es el acomodo servil de democracias libres ante una dictadura que sabido cómo disciplinar al mundo libre sin disparar un solo tiro: acceso al mercado, amenazas regulatorias, boicots, presión diplomática y chantaje reputacional.
Lo ocurrido en Eswatini expone, por un lado, una democracia asediada que busca ratificar su existencia en el sistema internacional. Del otro, una potencia autoritaria que pretende decidir quién puede hablar, viajar, comerciar, existir y ser reconocido. Con la complicidad de demasiados gobiernos democráticos que prefieren administrar la ambigüedad antes que defender principios.
La visita de Lai dejó una imagen muy poderosa: China intentó cerrar el cielo y no pudo. Taiwán llegó y Eswatini recibió. La alianza resistió. Es importante que el mundo sepa como el régimen chino teme a que Taiwán actúe como lo que es, una nación libre frente a una dictadura que no tolera la libertad ajena.
René F. Bolio
Presidente de la Comisión Mexicana de Derechos Humanos