Cuando se estudien las personalidades del desastre cubano, Valdés ocupará un lugar destacado entre las cinco primeras figuras de un proceso cruento y doloroso que ha marcado indeleblemente a la nación cubana.
Antes de la experiencia de la Sierra Maestra, participó con los Castro en el fracasado ataque al cuartel Moncada y en la expedición en la que naufragó el yate Granma. Siendo un hombre de extrema confianza de Fidel Castro, organizó los servicios de inteligencia en la Sierra Maestra, al igual que Manuel Piñeiro en el Segundo Frente Oriental. Además, fue segundo jefe de la Columna 8 Ciro Redondo, que comandó Ernesto Guevara.
Ramiro ocupó posiciones muy importantes en estas décadas de dictadura: miembro del ejecutivo nacional de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), dos veces ministro del Interior, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, miembro del Buró Político, viceministro primero de las FAR, ministro de la Informática y de las Comunicaciones. Estuvo al frente de los sectores de la Construcción y la Industria Básica, junto con otras responsabilidades gubernamentales.
La capacidad de supervivencia de Valdés era impresionante. Fue sacado del Gobierno y de la dirección política; sin embargo, cuando estaba casi olvidado hasta por sus enemigos, resurgió con más poder y control.
De 1961 a 1969 ocupó la posición de ministro del Interior, cargo que retomó en 1978 hasta 1985, siendo reemplazado por orden de Raúl Castro por el viceministro, el general José Abrantes. Este último murió misteriosamente en prisión, condenado por estar supuestamente involucrado en actividades ilegales.
El comandante Jaime Costa, quien fuera amigo de la infancia de Ramiro Valdés, a quien llamaban “Ramirito”, refiere que Valdés estaba al frente de la seguridad de los expedicionarios en México y que, a los pocos días del triunfo de la Revolución, Fidel Castro le asignó las mismas funciones. Contaba Costa que, en abril del 59, especialistas de la KGB que hablaban español ingresaron a Cuba gracias a las gestiones de Valdés.
Afirma Costa que Valdés, al igual que Raúl Castro y otros dirigentes de la Revolución, estuvo involucrado en la muerte de Camilo Cienfuegos y que asistió a Guevara en algunos de los fusilamientos que se produjeron en Santa Clara y La Cabaña. Decía Costa que Guevara y Ramiro siempre hablaban de matar y que fue testigo de una conversación en la que ambos hablaban sobre la necesidad de ejecutar a unos policías del régimen de Fulgencio Batista, ya que eso fortalecería a la Revolución.
Valdés, desde la constitución del Ministerio del Interior, estableció una estrecha colaboración con sus pares del extinto bloque soviético, que duró hasta la caída del Muro de Berlín y, en algunos casos, por varios años más. Documentos archivados en la Stasi, policía política de la RDA, testimonian la estrecha cooperación entre las fuerzas represivas y los suministros de diferentes clases que la entidad represiva germana enviaba a sus homólogos de La Habana. Igual relación existía con la KGB soviética.
Dariel “Benigno” Alarcón, de la tropa de Camilo Cienfuegos y sobreviviente de la expedición a Bolivia de Guevara, conoció a Valdés en la Sierra Maestra cuando era teniente. Recordaba que era muy próximo a Fidel, a quien adulaba constantemente, pero que trataba al resto de la tropa, salvo a quienes tuvieran su misma jerarquía, con despotismo e impertinencias.
Dice que otro aspecto a destacar del carácter de Ramiro era su disposición a juzgar y ejecutar a las personas acusadas de ser delatores o por simples diferencias con el alto mando, pasión que compartía con Ernesto Guevara.
Valdés instituyó en Cuba la vigilancia contra el ciudadano común, pero también contra los altos jerarcas del régimen. No había diplomático, funcionario, empresario o personalidad extranjera que no fuera espiado en la isla. Otro aspecto importante en los predios de Valdés fue el alto nivel de corrupción, siendo “Ramirito” el más corrupto.
Dice Alarcón que Valdés participó directa o indirectamente en muchas de las operaciones que se realizaron en el exterior y que el MININT desarrolló su propio aparato de subversión y espionaje internacional cuando constituyó la Dirección General de Inteligencia (DGI), que competía con el Departamento América que dirigió Manuel Piñeiro Losada.
Entre el Departamento América y la Dirección General de Inteligencia o DGI, que comandaba Valdés, había una gran animosidad, al extremo de que no existía colaboración entre las dependencias. Valdés era del criterio de que, si ya había una oficina a cargo del espionaje internacional, la suya, no era necesario crear otra que cumpliera deberes similares en América, donde también operaba su oficina de espionaje y subversión.
Es importante destacar que quien fuera viceprimer ministro del gobierno de Cuba y miembro del Buró Político fue uno de los principales brazos ejecutores de la subversión castrista en el hemisferio. Las incursiones de los sicarios de la revolución cubana en Venezuela, Bolivia, Colombia y el resto de los países del continente contaron con la asesoría de Valdés.
Dice Dariel Alarcón que los documentos falsificados con los que operaban los subversivos en el hemisferio se confeccionaban en las oficinas del ministro Valdés. De allí salían los pasaportes o cualquier otro tipo de identificación que requiriesen los espías o sediciosos. Agrega que eran oficiales bajo el mando de Valdés los que entrenaban a los insurrectos militarmente y en aspectos de espionaje y seguridad, añadiendo que los cuadros insurrectos, entre los que se contaban chilenos, venezolanos, peruanos, brasileños y argentinos, entre otros, eran preparados para soportar los más duros interrogatorios en caso de ser capturados.
A las pocas semanas del triunfo de la insurrección y después de haber ejercido como jefe militar de la provincia de Las Villas, Ramiro Valdés asumió la dirección del Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER), una fuerza policial que se especializó en reprimir brutalmente a las organizaciones clandestinas y guerrilleras que confrontaron al nuevo régimen desde el propio año 1959.
El “Departamento”, como se conoció, fue una especie de embrión de lo que sería la Seguridad del Estado, un organismo que ha encarcelado a más de medio millón de hombres y mujeres, ejecutado aproximadamente a seis mil personas y cuenta con cientos de desaparecidos. A excepción de Valeriano Weyler, ningún otro individuo en la historia de Cuba ha sido responsable directo de tantos actos de maldad y crímenes como “Ramirito”.
El comandante de la Sierra Maestra, Huber Matos, coincidió con Alarcón en que Ramiro tenía la triste fama de ser represivo, aun antes del triunfo de la insurrección. También compartían la opinión de que Valdés era muy dependiente de Fidel y Ernesto Guevara. Matos cuenta que, durante su arresto en Camagüey, Valdés le apuntaba con una pistola constantemente y fue quien lo condujo a la capital.
Por años, Ramiro Valdés, por estar al frente de la policía política, fue más temido que Raúl Castro. La participación de sus hombres como instructores, interrogadores y combatientes en la lucha contra quienes se enfrentaban al totalitarismo le confirió una triste popularidad.
Las redadas, condenas y ejecuciones estaban a cargo de los “Ramiritos”, como los calificaba Dariel Alarcón. Por otra parte, señalaba Ricardo Bofill, viejos comunistas con un historial de violencia y asesinatos, como Isidoro Malmierca y Osvaldo Sánchez, se incorporaron al MININT a través de Valdés y le entregaron toda la información sobre actividades políticas de ciudadanos de interés que había acumulado el Partido Socialista Popular durante años.
Para Carlos Franqui, Ramiro Valdés, por su incultura y vocación por la represión, fue el hombre que escogió Fidel como jefe de las fuerzas policiacas que fueron transformadas en aparato de seguridad nacional. Valdés aplicó las instrucciones que los agentes de la KGB en Cuba, los ya referidos Osvaldo Sánchez e Isidoro Malmierca, le impartieron, con la asistencia de los agentes hispanos soviéticos que en ese mismo año 59 había enviado Moscú a La Habana.
Los agentes de Ramiro actuaron con plena impunidad y desconociendo los más elementales derechos ciudadanos. Ejecutaban redadas de miles de personas sin que mediara actuación judicial. Se calcula que en los días de Playa Girón fueron arrestadas y confinadas en campos deportivos, escuelas y clubes sociales más de 250.000 personas. Las cárceles que existían en esa época no pasaban de diez y estaban abarrotadas.
Durante los meses finales de 1960 y hasta 1975, Ramiro Valdés dispuso el desplazamiento forzoso de miles de campesinos de diferentes zonas rurales de Cuba, particularmente de la región montañosa del Escambray.
Estas personas fueron trasladadas contra su voluntad a cientos de kilómetros de sus lugares de nacimiento, separadas de la mayor parte de sus familiares, generándose así los tristemente célebres “pueblos cautivos”.
La Seguridad del Estado o G-2, que dirigió Valdés, tenía licencia para arrestar y matar, condenar sin juicios y fusilar sin pruebas.
No faltaron masacres como la de “La Ceiba”, en el Escambray, donde fueron ejecutados con una ametralladora calibre 30 diecinueve hombres. Para el ministro y sus discípulos, la convicción de que un indiciado era culpable hacía posible cualquier condena.
Ramiro creó campos de concentración en todo el país: “La Sierrita”, “Arroyo Blanco”, “El Condado” y muchos más. Estas instalaciones fueron establecidas en zonas rurales y quienes más las sufrieron fueron los campesinos.
Fue quien aplicó las órdenes de Fidel Castro de destituir y encarcelar a los dirigentes sindicales que, en su mayoría, habían sido miembros destacados del Movimiento 26 de Julio. Fue uno de los artífices, junto con Ernesto Guevara, de la llamada “Operación de las Tres P”, en la que fueron arrestados y enviados a campos de trabajos forzados, sin que mediara proceso judicial, pederastas, prostitutas, proxenetas y cualquier otro individuo considerado ajeno al proceso revolucionario.
Años más tarde, colaboró estrechamente con el Ministerio de las Fuerzas Armadas para poner en funcionamiento las sádicas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), una de las pocas ocasiones en las que Raúl Castro y Valdés superaron sus supuestas diferencias y trabajaron juntos.
Esta dependencia era la encargada de investigar, determinar y controlar el lugar de residencia, trabajo o estudios de todos aquellos individuos considerados “CR”, o sea, contrarrevolucionarios. Posteriormente, las Fuerzas Armadas llamaban al individuo al servicio y lo situaban en el lugar que más les convenía. Además, ostentaba el poder de confinar a hombres y mujeres en sitios insalubres por el tiempo que decidiera el investigador encargado del caso.
Bajo la dirección de Valdés se introdujeron en los interrogatorios torturas muy sofisticadas. La aplicación del pentotal sódico (conocido como el suero de la verdad), cambios de temperatura, aislamiento prolongado y métodos psicológicos muy agresivos para desestabilizar al preso, entre ellos el electroshock; pero también se continuaron aplicando golpizas brutales. Numerosos presos recluidos en el hospital de Topes de Collantes, transformado en cárcel, fueron atados y lanzados desde helicópteros a una laguna situada cerca del antiguo centro hospitalario. Estas torturas también se realizaron en otros lagos y pantanos de la isla.
Otro detalle del carácter de Ramiro Valdés que destaca Manuel de Beunza es su sadismo. Dice que gustaba visitar las prisiones, en particular las menos conocidas, como unas que estaban a disposición exclusiva del Departamento Técnico de Investigaciones, en las que el detenido podía estar siete u ocho meses sin ser presentado ante autoridad judicial.
Estas visitas las disfrutaba y las comentaba como si fuera una hazaña tener hombres encerrados sin derecho a juicio. Otra particularidad de Valdés es que le gustaba que le temieran; le satisfacía que se sintieran atemorizados ante su sola presencia.
Las condiciones carcelarias bajo la dirección de Valdés no solo eran difíciles, sino que podían generar un genocidio si en el país se producía alguna circunstancia que pusiera en peligro la permanencia del régimen. El ejemplo más contundente fue colocar en los túneles de las cuatro circulares y el comedor del Reclusorio Nacional para Varones de Isla de Pinos miles de libras de TNT, con la orden de detonar los explosivos si se producía una sublevación o un ataque del exterior. Durante más de veinte meses, cinco mil presos políticos durmieron sobre un virtual colchón de explosivos.
Ramiro fue destituido dos veces del Ministerio del Interior. La segunda ocasión tuvo que dejar el cargo por decisión de Raúl Castro, que, en su condición de segundo secretario del Partido Comunista de Cuba, tenía autoridad para decidirlo, siempre y cuando la medida contara con el respaldo de su hermano.
Valdés fue el asesor estrella del castrismo en la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Sus conocimientos sobre prácticas represivas eran invaluables.
Los funcionarios del MININT y los agentes del G-2, Seguridad del Estado, han sido una élite dentro del régimen. Disfrutan de prerrogativas y privilegios de los que jerarcas de otras estructuras gubernamentales no disponen. Un oficial de esos cuerpos era mucho más importante que su par de las Fuerzas Armadas. Por otra parte, la condición de sacerdotes del totalitarismo les permitía intimidar, detener y eliminar a cualquier hereje sin mayores consecuencias, y ese es el verdadero poder en un régimen como el castrismo, poder que Ramiro detentó hasta su muerte.
Conclusión
Con la desaparición de Valdés termina una de las figuras más longevas y temidas del castrismo, pero permanece intacto el legado institucional de represión que ayudó a construir y que aún define buena parte del sistema cubano.
Autor
Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.
Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com