Si alguien pudo albergar alguna duda de quién realmente lleva las riendas en Cuba, las recientes noticias de que el longevo dictador Raúl Castro preside la comisión que redactará una nueva Constitución en la isla deben ser suficientes para despejar esa incógnita.

En su triste papel de gobernante títere, el designado “presidente” Miguel Díaz-Canel fue el mensajero de las “malas nuevas” para los cubanos durante una sesión de la siempre unánime Asamblea Nacional, que a su vez nombró a la comisión encargada de reformar la Carta Magna de 1976.

La farsa tiene demasiadas costuras. El texto que surja, avisan, no implicará cambios en el sistema político de partido único imperante en la isla y, sorpresa, considerará como pilares inamovibles la irrevocabilidad del sistema socialista, la unidad nacional y el papel del Partido Comunista como “vanguardia organizada y fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado".

En otras palabras, una puesta en escena para aparentar cambios.

En la calle, los cubanos de a pie son lapidarios en su evaluación del amago de Constituyente y la función del nuevo gobernante que, como marioneta, se mueve a los tirones de los cordeles que sigue controlando el anciano general:

“El nuevo presidente siempre está reunido. Todos los días se reúne con alguien. No resuelve nada ni dice cuándo piensan solucionar algo. Pobre 'Canelo' (mote que le han puesto Díaz-Canel), sentado con tremenda cara de miedo, aparentando administrar el país. El hombre es un cero a la izquierda”.

Tampoco esperan mucho de la futura Constitución:

“Es la primera vez que veo que crean una Constituyente sin antes haber realizado un referéndum popular. Eso es un ‘cocinado’. No participan diversas tendencias de la sociedad como los trabajadores privados, las cooperativas no agropecuarias y personas que apuestan por reformas más profundas que puedan sacar el país del atolladero en que se encuentra. Esos 33 diputados son simples ventrílocuos”.

En realidad, afirma la nota que publica DIARIO LAS AMÉRICAS desde La Habana, si en la nueva Constitución no se recogen las aspiraciones de un segmento de cubanos, no se aceptan diferentes modos de pensar ni tendencias políticas distintas y no se estipulan mayores espacios de libertad ciudadana, el engendro jurídico que salga de ahí no se diferenciará mucho de la encartonada Constitución de 1976.

Cambiar, como dijimos al principio, para que no cambie nada.

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