sábado 21  de  febrero 2026
ANÁLISIS

Albita Rodríguez: quizás el último vestigio de la música guajira en el exilio

Albita canta desde un lugar que no tiene geografía, pero que mantiene el aroma, el color y el pulso de la Cuba profunda

Diario las Américas | YALIL GUERRA
Por YALIL GUERRA

La voz peculiar y resonante de Albita Rodríguez es, para muchos de nosotros, un territorio emocional. En ella se escucha la memoria de un país, la persistencia de una cultura que ha debido reinventarse lejos de sus raíces, pero que se niega a desaparecer. Albita es una de las artistas que mejor han logrado sostener esa llama: una figura en la que convergen la tradición campesina cubana, la creatividad urbana y la fuerza inquebrantable de quien canta para no olvidar. Su música es, en esencia, un puente vivo entre la Cuba del ayer y la diáspora del presente.

Albita no solo es heredera del linaje musical de Mima y Pipo, sus célebres padres y guardianes de la auténtica música guajira cubana. Ella es la continuidad y, al mismo tiempo, la renovación de ese legado. Desde muy pequeña absorbió los tonos, giros melódicos y ritmos que dan forma a esa expresión campesina tan profundamente enraizada en el alma de la isla. Pero Albita no se limitó a recibir esa herencia: la transformó, la expandió, la llevó a escenarios inimaginables, convirtiéndose en una de las voces más singulares y universales de la música cubana contemporánea.

Tuve el inmenso honor de colaborar con ella en diferentes etapas de su carrera, un privilegio que marcó mi propio desarrollo artístico. Recuerdo con especial afecto el año 2001, cuando trabajábamos en su disco “Hecho a mano”. Albita confió plenamente su proyecto en mis manos y en mi visión musical: participé como guitarrista, tresero, pianista, bajista acústico y, además, como ingeniero de grabación del álbum completo.

Esa experiencia me enseñó que, más allá de su enorme talento, Albita posee una valentía creativa admirable. No solo deja que otros entren en su universo musical; les abre la puerta con generosidad, invitándolos a aportar, a dialogar, a transformar el sonido junto a ella.

En otras ocasiones nuestras vidas artísticas volvieron a cruzarse, especialmente durante sus viajes a Los Ángeles. Allí tuve el privilegio de acompañarla como bajista y director musical, organizando y dirigiendo la orquesta que la respaldaba en cada presentación. Trabajar con Albita es sentir que el escenario se convierte en un espacio sagrado: ella exige excelencia, pero también inspira a alcanzarla. Su energía en los ensayos, su claridad interpretativa y su intuición para dirigir una banda desde la voz y la guitarra crean una atmósfera de concentración absoluta y entusiasmo compartido.

Una característica que siempre he admirado en Albita es su capacidad para reinventarse sin perder su esencia. Esta artista incansable no se conforma con repetir fórmulas; siempre está explorando nuevas sonoridades, nuevas combinaciones instrumentales, nuevas maneras de decir y cantar. Y aun así, cuando entona esos primeros compases tan suyos, queda claro que no hay otra voz igual. Su poesía, su melodía y su musicalidad tienen un efecto contagioso, una fuerza que atrapa incluso a quienes la escuchan por primera vez.

En sus presentaciones, cuando se adueña del escenario con esos movimientos de guaguancó que ella ejecuta con una elegancia natural e inconfundible, uno comprende que está frente a una artista que no imita a nadie y que, a su vez, nadie podrá imitar jamás.

La experiencia de verla cantar en vivo es un viaje emocional. Cuando su voz se eleva acompañada por su guitarra, la audiencia se recoge en un silencio reverente. No es un silencio forzado: es el silencio que nace cuando el público reconoce que está ante un instante irrepetible. Entonces, lo que ocurre es casi ritual. Los asistentes beben de la fuente de sus tradiciones, se dejan envolver por esa mezcla de nostalgia y celebración, de raíz y modernidad que define su arte.

Albita canta desde un lugar que no tiene geografía, pero que mantiene el aroma, el color y el pulso de la Cuba profunda.

Y es que, aunque viva en el exilio, Albita lleva a Cuba consigo. La carga en la voz, en la memoria, en el gesto rítmico, en cada palabra que pronuncia cuando se sube al escenario. Su música es una forma de resistencia cultural, una manera de afirmar que la tradición no se extingue cuando un pueblo se dispersa por el mundo. Por el contrario, se transforma, se vuelve urgente, se convierte en símbolo y refugio.

En un tiempo de cambios acelerados, en un panorama musical dominado por modas efímeras, Albita continúa representando una verdad firme, un pedazo auténtico de la música guajira y cubana que ha logrado sobrevivir gracias a artistas como ella. Su obra conecta a múltiples generaciones, tanto dentro como fuera de Cuba, porque habla de lo esencial: la tierra, la memoria, el amor, la alegría y el dolor del exilio.

Por todo esto, me atrevo a afirmar que Albita Rodríguez es quizá el último vestigio vivo de la música guajira en el exilio, no porque sea la única, sino porque es la que ha logrado mantener su luz encendida con una fuerza que traspasa fronteras. Ella es guardiana y visionaria, raíz y vuelo, tradición y renovación.

Brava, Albita.

Por mantener con dignidad una música que forma parte de nuestra identidad colectiva.

Por cantar desde el alma, incluso cuando el alma está lejos de casa.

Y que su voz resuene en nuestra isla nuevamente.

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