No soy la persona ideal para hacer esta valoración, pero los más indicados duermen el sueño eterno, el único que supera la pasividad de los sepulcros: el largo bostezo de la apatía y la desmotivación.

Estoy corriendo el riesgo de la cercanía, pero escribo con independencia. Debo decir que el fenómeno de público, que ha generado en nuestra comunidad, el show de Alex Otaola, resulta inédito, para quienes permanecemos incrédulos y laboriosos frente a las redes sociales.

Cuando algo funciona sobre manera, la primera señal es el efecto espejo, ese que genera copias de varios formatos y colores, pero que quieren conducirse por el mismo camino aunque se les torne estrecho.

La gente quiere clonar el éxito de los demás, lo que ven y sienten que también pueden hacer subestimando muchas veces el potencial ajeno y sobrevalorando el propio.

Y claro está, todos no pueden ser Alex Otaola, de hecho nadie lo es. Aunque no hay mucho de sabiduría en la soberbia, cada persona es un mundo, y en el caso de Otaola, el suyo es el de la intensidad, la furia, el escándalo. Esa es su única zona de confort, pero lo que la gente no sabe es que el confort no le interesa.

El actor, presentador y comediante, vive las 24 horas del día su vida con la misma intensidad con que lo vemos en su show. Su vida es un reality en tiempo real del cual sólo alcanza a compartir apenas 2 horas de lunes a viernes. Es como si fuera una Kardashian pero sin marido afroamericano y rapero, hermanas operadas o padre transgénero. Una auténtica versión tropical sin afeites, ahora con barba hirsuta.

Visto desde este ángulo, la gente debería entender que es imposible entrar en la horma de sus zapatos a no ser que se esté diagnosticado de la misma enfermedad.

He estado muy cerca de Otaola en varias etapas de trabajo, y desde mi perspectiva, que es diametralmente opuesta a la suya, he sido uno de sus entusiastas colaboradores. Somos gente cercana. Pero como no veo el interés de rendirle consideración a su mérito tengo que tomar la justicia en mis manos.

Sé de primera mano de sus excesos, de sus caprichos y encarnes, los he vivido y aplacado en carne propia, pero también sé que esta práctica en su caso no tiene remedio. No hay medicamento que cure su afán enloquecedor de ser mesa de centro y chispa que encienda todas las explosiones.

Quizás por eso me gustaría que sus esforzados competidores decidan ser ellos para que puedan seguir adelante. Ya entendimos que la imitación es la mejor forma de rendirle culto al talento, pero hagan pausa y traten de ser ustedes, tracen su propio camino.

Ahora es el punto en el que los aludidos quisieran ser nombrados, pero el simple hecho de hacer mención de un acto mediocre es reconocer su existencia. Y la mediocridad tiene derecho a sobrevivir pero no a legitimarse. De quien escribe no esperen semejante lisonja.

La lechuga que faltaba en el sándwich era la de los políticos. A las puertas de las campañas hasta los congresistas quieren sentarse en la silla roja en la que casi siempre terminas descuartizado. Es como una cura a sangre fría, en la que un tribunal sin justicia ni ley te dice horrores y errores.

Y lo escribo con entereza. Los villanos de esta película son quienes desde sus perfiles, unas veces simulados y otras muchas reales, insultan pasmosamente a todo el que pase por la silla eléctrica que para Facebook ha creado el actor y comediante.

El esplendor de su show llega en una era en la que el enfado y el miedo son protagonistas de la vida en los cinco continentes. La gente suele estar indignada por todo y contra todos, y lo peor: se puede decir cualquier cosa, y que pase como real, porque la gente ya no cree en los hechos.

Cada vez que comienza Otaola de lunes a viernes por Facebook, la gente que ya no confía en nadie, siente firmemente que “si nadie hace nada por ellos, por qué deben creer ellos en nadie”. Y así de golpe, lo más liviano, pueril e intrascendente puede ser el plato fuerte en la era de la civilización del espectáculo. Por arte de magia, una actitud inconsciente se vuelve un acto comunicativo, una válvula de escape, en la que se impone mientras tanto saber disfrutar sin morir en el intento.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

Deja tu comentario

Se está leyendo

Lo último

Encuesta

¿Cree que la actuación de la Comunidad Internacional en el caso venezolano ha sido acertada?

Sí, no se le puede pedir más
Sí, pero falta aumentar la presión contra la dictadura
No, ha sido insuficiente
No, no debe meterse en los asuntos de los venezolanos
ver resultados

Las Más Leídas