@navarroadris

>Érase una vez una joven de 35 años llamada Elena que soñaba con encontrar un buen hombre que la hiciera feliz. Sin embargo, y como si de un imán se tratara, solo atraía seres que le generaban sufrimiento. Su último novio la dejó sin demasiadas explicaciones tras dos años y medio juntos, después de muchos dolores de cabeza, mentiras y desconfianzas mutuas. “Lo peor es que fue el quien me dejo a mí, con todo lo que le aguante. ¿Cómo puede llegar a este punto?’, se lamentaba.

La respuesta es fácil: porque siempre queda la esperanza de que todo pueda cambiar. Por el contrario, y por mucho que uno trate de engañarse, sabemos perfectamente cuando una relación sirve o no sirve. Así de claro. Es más, tratar de empujar una relación sin el apoyo del otro resulta un boleto directo al precipicio.

¿Quién no ha tenido en un momento de su vida una relación tóxica? Y al decir tóxica me refiero a aquellas que afectan tu salud mental y emocional, las que en lugar de generarte alegría y estabilidad te ocasionan estrés y una sensación de bipolaridad, donde tan pronto tocas el cielo como al momento desembarcas en el infierno.

Una de las características principales de este tipo de relaciones, ya sea durante noviazgos o matrimonios, es que el afectado/a justifica su situación con explicaciones que ni él mismo se cree. Es consciente de las señales de alarma, pero prefiere optar por no verlas, aunque para el resto de los mortales sean más que obvias.

“Se vive atrapado en una especie de dependencia emocional donde uno busca al otro como si se tratara de un narcótico salvador, algo muy difícil de evitar por más que te advierta la gente. Es un anhelo que llega a ser tan adictivo como una droga”, relataba Elena sobre su experiencia.

En estas relaciones tóxicas se engloban las abusivas, las de maltrato físico o verbal, aquellas donde existe la infidelidad, las vengativas, posesivas y manipuladoras. También las relaciones confusas donde no sabes a dónde vas, y por supuesto, las de la indiferencia, en las que uno se siente pintado en la pared, atrapado en una soledad impuesta.

Eso fue precisamente lo que enfrentó Marta. Se casó, según me explicaba, con un fantasma que jamás veía pues siempre estaba en su oficina. El individuo en cuestión a primera hora iba al gimnasio y de ahí al trabajo hasta caer la noche. Vamos, que no compartían ni desayuno, ni comida ni cenas. “Siempre me quedaba dormida en el sofá del salón esperándolo, no teníamos intimidad y los fines de semana entre la computadora, el golf, tenis y fútbol televisado no había manera de atraer su atención. Tras muchos años de soledad y tristeza entendí que no me quería y caí en manos de otro. Ahora soy feliz”.

Otra de las características de este tipo de relaciones es que el sexo suele ser una bomba de relojería con el que parece solucionarse todo. Eso sí, de manera momentánea, porque el problema amanece de nuevo al día siguiente.

“Cada vez que lo dejaba me suplicaba que volviera con él. Eran idas y venidas constantes con regresos muy apasionados. Me sentía en una especie de montaña rusa donde no sabía que podía venir. Al final llegue a pensar que solo estaba con él por el sexo”, comentaba Elena sobre su historia.

Realmente, ¿es esto amor o más bien obsesión? Enamorare es sentir seguridad, felicidad y compañía. Obsesionarse, por el contrario, ocasiona tristeza, cansancio, desgaste e impotencia. Si bien las relaciones perfectas no existen, es importante estar con alguien que te haga feliz y te aporte alegría, especialmente al principio ya que los problemas, como en la vida misma, vendrán después.

La buena noticia de todo esto es que si uno quiere y se lo propone puede salir victorioso de una relación tóxica. El primer paso es aceptar el problema y tratarlo con gente de confianza para que te apoye. En otras palabras, liberar la carga. Entender que TU SIEMPRE TIENES Y HAS TENIDO EL CONTROL PARA DECIR BASTA y eso es justo lo que hizo Elena.

Bloquéalo de tus redes sociales, pide que no te digan nada de su vida y sobre todo aprende para el siguiente. Un buen ejercicio es centrarte no en lo que quieres, sino en lo que NO quieres de una relación porque es muy común repetir patrones de conducta y caer en el mismo tipo de relaciones una y otra vez. Si aun así te cuesta salir de este círculo vicioso quizás sea momento de buscar ayuda profesional.

Recuerda que el hombre es un animal de costumbres y que más vale acostumbrase a lo bueno que a lo malo y como suelen decir en estos casos: “Agua que no vas a beber, déjala correr”¨. Y yo añado: ¡Y que esa agua, se la beba otra!

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